Marcelo Savignone: El hombre de la máscara
Vivo surge de la necesidad de seguir investigando y profundizando la improvisación. Las máscaras balinesas que uso son un mecanismo espontáneo para tal fin. Cuento con mi formación como actor, con las influencias de (Jacques) Lecoq y el uso de máscaras y, por otro lado, la improvisación. Este fue un momento de decir: ?¿Cómo combino mi desarrollo como actor e improvisador para llevarlo a un estadio poético mayor??. Mi relación con las máscaras balinesas empezó cuando vino a un festival en la Argentina Andrés Pérez Arraya, y dio un seminario al respecto. Ahí fue la primera vez que me coloqué una de esas máscaras. Fue extraordinario lo que me ocurrió como actor. Así que me fui a Bali a buscarlas y encontré a un artesano que me las talló. Ese viaje lo hice en 2001, justo cuando se cayó el país. Pero tenía los pasajes en la mano. Era ahorrarme unos mangos o invertirlos en mi formación.
Cada máscara está bien entrenada, y en cada función percibo a cual le convendría entrar según cómo está el público. Lo importante para mí es el espacio de creación colectiva.
Vamos por un lado poético pero sin caer en el camino llano y efectista de un chiste. Las consignas que surgen del público hacen que las máscaras funcionen en mundos diferentes y digan cosas muy locas. Pero hay un soporte poético. Cada máscara tiene su nombre y un desarrollo formal en sí: una voz, una dinámica de movimiento, un tono en el cuerpo y también su contramáscara, que es lo que más varía y no se ve, como un tinte más psicológico. Para que una máscara funcione, debe estar la contramáscara latente porque si no sería un trabajo muy plano. La contramáscara deja ver un lado ambiguo, en el cual radica la poética.
Impasse 1: Tiene cada máscara en su bolsita, dentro de un estuche. Las saca para las fotos. Apenas se coloca una, Marcelo toma las características de ésta para moverse y posar, mimetizándose en el acto.
Hacer Suerte fue extraordinario para mí. Allí basé todo mi trabajo de creación, y su consolidación fue un quiebre para mí. Cada tanto quiero volver a hacerla. Ahora estoy ideando un trabajo que podría ser la continuación de Suerte. Se va llamar Mierda y ya tiene sala y todo. Ya está en mi cabeza y ahora está empezando a estar en mi cuerpo. Con Suerte llegué a un límite con el lenguaje. Vivo, a su vez, surge como una necesidad de proponerme otra cosa y pertenece al ámbito de la creación espontánea; en cambio, Suerte tiene más que ver con la dramaturgia. Es como mi otro camino. Mierda va a ser el paso siguiente, con una dramaturgia establecida de repetición y manteniendo la dinámica.
Todos mis espectáculos están interrelacionados con la música. De hecho, empecé como músico. Tenía una banda, con guitarra y todo, pero después me dediqué a la percusión porque interactuaba más con el cuerpo y ya hacía acrobacia. De ahí pasé al violonchelo pero no pude dedicarme más.
Tuve que elegir un poco entre la música y la actuación. La música siempre es un elemento fundamental. Muchas veces pensé mis actuaciones como una danza en acción. Tanto En sincro como Vivo, y también un poco Suerte, tienen una atmósfera de recital, con la música y eso. Me interesa mucho la atmósfera del rock y su convocatoria, que no le pasa al teatro. O que le pasó en algún momento, con De la Guarda o en los 80 con el Clu del Claun. Tuvo movidas rock pero no ahora, y yo vengo de ese lugar.
Impasse 2: Con la excelente Suerte, En sincro y tantas otras puestas, Marcelo logró un prestigio importante dentro del teatro y la actuación en general. Ahora, en otro rol, también participa en Hamlet.
Es cierto que somos pocos los actores que hacemos unipersonal. El unipersonal parte como una necesidad, un deseo y también una posibilidad. Es decir, es muy difícil instalar disciplina cuando no hay mucho dinero para bancar a los grupos. El unipersonal es la forma de ensayar diariamente y profundizar un año de trabajo. Me permite encontrarme conmigo mismo. Se me ha generado esa posibilidad a partir de un impedimento. Igual me gusta trabajar en grupo, como en Hamlet o en La cocina. Al respecto, Hamlet está bárbaro, con la dirección de Manolo (Manuel Iedvabni), muy diferente a lo que venía trabajando, o como haría yo Hamlet. Estoy también dirigiendo a los cómicos. Es un gran desafío.
Personalmente, tengo una tendencia más al humor, pero haciendo mi personaje puedo manifestar otras inquietudes.
Me cuesta ver dónde está ubicado el teatro ahora. Creo que está en un momento de cambio pero que eso todavía no se ve. Esto es mundial y el artista no deja de reflejar lo que ocurre, más allá de querer, o no, contar lo que pasa. Siempre se está contando lo que pasa y lo que trasciende. Estamos en una etapa de cambios. Puede ser que el teatro se esté mordiendo un poco la cola. En la plástica o la danza investigan más. Se rompen más las reglas. Al teatro le cuesta romper las reglas, y esto lo digo en el buen sentido. La ruptura por la ruptura en sí no tiene mucho sentido. El cubismo de Picasso llega como una consecuencia de haber comprendido muchas cosas. La danza lo tuvo en su momento pero le está faltando eso al teatro, la conciencia de querer cambiar para mejorar y no por el cambio en sí.