Publicado: 10/02/2026 UTC Ciudad Por: Valeria Azerrat

Carnaval Porteño 2026: entre el regreso a los barrios y la permanencia en el espacio público

A 158 años de su origen, la celebración contará con 19 corsos en distintos barrios de la Ciudad.
Carnaval Porteño 2026: entre el regreso a los barrios y la permanencia en el espacio público
Valeria Azerrat
carnaval porteño

El Carnaval Porteño vuelve a ocupar el calendario cultural de febrero, pero la celebración de sus 158 años llega atravesada por una nueva disputa entre el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y el movimiento que reúne a un centenar de murgas.

A pocos días del inicio formal de los festejos, el clima que rodea a una de las tradiciones populares más antiguas de la Ciudad combina anuncios oficiales, reclamos del sector y un debate de fondo sobre el uso del espacio público y el lugar de la cultura popular en el entramado urbano.

Según informó el Gobierno porteño, el carnaval 2026 se desarrollará desde el sábado 7 de febrero hasta el domingo 1 de marzo, con un circuito de 19 corsos distribuidos en distintos barrios. Las actividades están previstas en espacios diversos como plazas, avenidas, parques, clubes de barrio y polideportivos, con celebraciones en Agronomía, Boedo, Caballito, Colegiales, La Boca, La Paternal, Liniers, Mataderos, Palermo, Parque Chacabuco, Pompeya, Saavedra, San Telmo, Villa del Parque, Villa Devoto, Villa Lugano, Villa Pueyrredón, Villa Real y Villa Urquiza.

Sin embargo, desde las murgas advirtieron que, detrás de ese mapa oficial, se esconde una reducción efectiva del carnaval callejero, tanto en cantidad de noches como en presencia territorial. Señalaron que las habilitaciones llegaron tarde y de manera fragmentada, dificultando la organización de una fiesta que requiere meses de trabajo previo, ensayos, confección de vestuario y coordinación logística.

También, dijeron que hubo incertidumbre sobre cuántas noches podría realizar cada agrupación, sumada a la reducción de corsos históricos, lo que configuró un escenario que, aseguraron, complicó seriamente el desarrollo del carnaval.

El Carnaval porteño tiene raíces que se remontan al siglo XVIII y se consolidó, década tras década, como una de las fiestas más importantes y emblemáticas de la cultura popular de Buenos Aires.

Cada febrero, la celebración se transforma en un espacio de encuentro entre vecinos, donde las murgas y agrupaciones artísticas son protagonistas. Durante las noches de carnaval, las formaciones son evaluadas por sus canciones, sus despliegues escénicos, la formación, los trajes, las coreografías, los ritmos y la cantidad de artistas en escena, en un sistema que combina competencia, identidad barrial y expresión colectiva.

Desde el Gobierno de la Ciudad, en tanto, defendieron el nuevo esquema como parte de una política de reestructuración que viene implementándose desde hace tres años. Según la versión oficial, este año habrá menos días de celebración, nuevas franjas horarias más acotadas y una reducción significativa de los cortes de calles, con el objetivo de “ordenar” el carnaval y compatibilizar la fiesta con la movilidad y la vida cotidiana de la Ciudad.

En datos concretos, los festejos se reducen a 10 días, concentrando la mayor actividad en el fin de semana largo de Carnaval. La nueva franja horaria comenzará más temprano y finalizará una hora antes los sábados y domingos, en comparación con 2025, cuando las actividades se extendían hasta las 2 de la madrugada.

Los cortes de avenidas principales pasarán de 10 el año pasado a cuatro este año, lo que implica una reducción del 60%, y se suman espacios cerrados como clubes de barrio y polideportivos. Además, este año habrá 19 corsos en toda la Ciudad, frente a los 32 que funcionaron en 2023, y un máximo de cuatro corsos simultáneos en la vía pública, cuando hace dos años se permitían hasta 20.

En ese marco, el Ejecutivo porteño también anunció que, por segundo año consecutivo, la gran fiesta de cierre del carnaval se realizará en el Autódromo Oscar y Juan Gálvez, en el sur de la Ciudad. Allí se concentrarán dos noches de desfiles y espectáculos musicales, con la participación de murgas barriales y referentes de la música popular, en un predio que, según el Gobierno, ofrece mejores condiciones de seguridad y logística.

El jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri, sostiene desde el inicio de su gestión que ordenar las calles es una de las prioridades centrales. En esa línea, el nuevo formato del carnaval es presentado como el resultado de un diálogo con la Comisión de Carnaval y las agrupaciones murgueras, orientado a mejorar la convivencia urbana. No obstante, desde las agrupaciones cuestionaron esa versión

El trasfondo del conflicto se apoya también en un marco legal que reconoce y protege la actividad. La ordenanza 52.039 de 1997 garantizó los ensayos y actuaciones de las murgas en el espacio público, mientras que la ley sancionada en 2004 estableció la organización de las agrupaciones artísticas, el sistema de evaluación y el apoyo a los corsos barriales.

Pese a ese reconocimiento, los directores de murgas consideraron que hoy el carnaval porteño enfrenta nuevas tensiones: la reducción de corsos, las restricciones espaciales y el avance de políticas que priorizan el orden urbano por sobre la tradición cultural.

Uno de los puntos centrales del debate es el corrimiento progresivo de los corsos de la vía pública hacia espacios cerrados o semicerrados. En barrios donde históricamente el carnaval se desarrolló sobre avenidas y calles principales, este año los festejos fueron trasladados a parques, clubes o predios delimitados.

Para las murgas, esta estrategia no es neutral: implica limitar el carácter abierto, popular y espontáneo del carnaval, y facilita futuras restricciones. “Sacar el corso de la calle es el primer paso para achicarlo”, alertaron.

A esta política se suma el uso de denuncias vecinales, muchas de ellas anónimas, como argumento para justificar recortes y traslados. Desde las agrupaciones señalaron que estas denuncias funcionan como una herramienta de disciplinamiento cultural, en un contexto urbano atravesado por la densificación, los cambios en la convivencia barrial y la creciente judicialización del espacio público.

Lejos de tratarse de conflictos aislados, afirmaron que se construye un relato que estigmatiza al carnaval y lo presenta como un problema, en lugar de reconocerlo como un patrimonio cultural vivo.

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