Del Ejército de Lula a la inteligencia colectiva: cómo construir una nueva mayoría
La experiencia brasileña demuestra que es posible disputar el poder de los algoritmos. Pero el desafío de construir una alternativa política exige algo más ambicioso: utilizar la inteligencia artificial para transformar millones de voces dispersas en un proyecto colectivo.
La reciente victoria de Lula en Brasil dejó una enseñanza que merece ser analizada con atención en la Argentina.
Después de perder la primera vuelta frente a Flávio Bolsonaro, el presidente brasileño consiguió revertir el resultado en apenas tres semanas. Entre los protagonistas de esa remontada apareció una experiencia inédita de organización política digital: el llamado Ejército de Lula.
Impulsado por el diputado André Janones, un canal de WhatsApp reunió a casi once millones de seguidores que recibían instrucciones para actuar coordinadamente en las redes sociales. Compartir videos, instalar temas de conversación, producir contenidos, impulsar publicaciones y amplificar mensajes formaban parte de las tareas cotidianas de una militancia que aprendió a disputar la atención pública en el terreno de los algoritmos.
La experiencia representa algo más que una campaña digital exitosa. Demuestra que las plataformas pueden convertirse en espacios de organización colectiva y que la participación de millones de personas puede adquirir una capacidad de intervención que antes estaba reservada a las grandes estructuras políticas y mediáticas.
Pero también plantea una pregunta fundamental: ¿alcanza con aprender a utilizar los algoritmos para construir una alternativa política?
Los ingenieros del caos
En su libro Los ingenieros del caos, Giuliano da Empoli describe una transformación profunda de la política contemporánea. Los estrategas que contribuyeron al ascenso de diversos movimientos populistas comprendieron que las plataformas digitales habían modificado las reglas de la competencia política.
Su fórmula puede resumirse en tres palabras: ira más algoritmo.
El mecanismo no consiste simplemente en inventar problemas o fabricar indignación. La materia prima es una frustración social que existe realmente: el deterioro de las condiciones de vida, la pérdida de expectativas, la desconfianza hacia las instituciones y la sensación de que las decisiones importantes se toman cada vez más lejos de los ciudadanos.
Los ingenieros del caos descubrieron cómo transformar esos sentimientos en una fuerza de movilización política. Los algoritmos permiten identificar controversias, amplificar emociones y conectar a personas que comparten determinados temores o resentimientos.
En este ecosistema, la confrontación puede convertirse en una forma particularmente eficaz de conseguir atención. La complejidad pierde espacio frente a las explicaciones simples, mientras que el adversario deja de ser alguien con quien discutir para convertirse en un enemigo al que combatir.
La política termina adaptándose a la lógica de las plataformas: el éxito se mide en interacciones, visualizaciones y capacidad para dominar la conversación.
El problema es que *ganar la disputa por la atención no equivale necesariamente a construir una respuesta a los problemas de la sociedad*.
La enseñanza de Lula y sus límites
La estrategia de Janones resulta interesante porque consiguió movilizar a ciudadanos comunes para disputar un espacio de comunicación que el bolsonarismo había aprovechado durante años.
Pero hay una contradicción que no debería pasar inadvertida. La experiencia adoptó una organización vertical, un lenguaje militar y una dinámica de instrucciones centralizadas. Millones de personas participaban, aunque fundamentalmente para amplificar contenidos y ejecutar acciones definidas por una conducción.
Es una forma de inteligencia distribuida aplicada a la comunicación, pero todavía no constituye un verdadero proceso de inteligencia colectiva.
La diferencia es sustancial
Una multitud puede compartir millones de veces un mismo mensaje sin haber participado en su elaboración. Puede conseguir que una consigna se vuelva tendencia sin haber discutido las ideas que la sostienen. Puede contribuir a ganar una elección sin haber construido un programa para gobernar. Y allí aparece el desafío argentino.
Si la construcción de una alternativa se limita a encontrar mejores comunicadores, producir contenidos más atractivos o replicar las tácticas de quienes dominan las redes, seguirá disputando una competencia organizada alrededor de la indignación y la confrontación.
La pregunta más interesante no es cómo conseguir que millones de personas repitan un mensaje, sino *cómo lograr que millones de personas participen en la construcción de una idea compartida de futuro*.
La inteligencia artificial como herramienta de construcción política
La inteligencia artificial abre una posibilidad que hasta hace poco resultaba difícil de imaginar: desarrollar procesos de participación capaces de escuchar, organizar y poner en relación las ideas, las necesidades y las propuestas de grandes cantidades de ciudadanos.
Imaginemos una plataforma abierta donde personas de distintas provincias, barrios, generaciones y sectores sociales puedan expresar qué problemas enfrentan y qué soluciones consideran necesarias.
La inteligencia artificial podría ayudar a sistematizar esas conversaciones, identificar preocupaciones comunes, reconocer diferencias y vincular propuestas que hoy permanecen aisladas.
Podría facilitar el acceso a información pública, comparar alternativas, traducir documentos complejos a un lenguaje comprensible y ayudar a transformar demandas en propuestas concretas de políticas públicas.
Pero su función más importante sería permitir que las personas descubran qué tienen en común, incluso cuando piensan distinto.
No se trata de reemplazar la deliberación humana por decisiones automatizadas. Tampoco de utilizar datos personales para perfeccionar técnicas de manipulación electoral.
Se trata de construir una infraestructura de participación democrática, transparente y abierta, donde la tecnología permita ampliar la capacidad colectiva de comprender problemas y elaborar soluciones.
Existen antecedentes que permiten pensar seriamente en esta posibilidad. En Taiwán, iniciativas como vTaiwan y la plataforma Pol.is han utilizado herramientas de deliberación digital para identificar puntos de acuerdo entre grupos con posiciones diferentes. Más recientemente, la OCDE documentó decenas de experiencias internacionales que exploran el uso de inteligencia artificial para mejorar la participación ciudadana.
Estas herramientas no resuelven por sí solas los problemas de representación, desigualdad o confianza. Requieren garantías de privacidad, transparencia, inclusión y supervisión humana. Pero muestran que el diseño tecnológico también puede orientarse a encontrar acuerdos, en lugar de limitarse a amplificar los conflictos.
De la indignación al proyecto colectivo
La construcción de una nueva mayoría política no puede depender exclusivamente de una identidad partidaria, del carisma de un dirigente o de la capacidad de articular un rechazo al adversario.
Necesita ofrecer una perspectiva de futuro suficientemente amplia como para reunir experiencias, intereses y aspiraciones diferentes.
Y ese proyecto difícilmente pueda surgir únicamente de documentos elaborados por especialistas o acuerdos entre dirigentes.
Los problemas que atraviesan nuestra sociedad son demasiado complejos para ser comprendidos desde una sola mirada. La transformación del trabajo, la educación, la salud, la producción y las ciudades exige incorporar conocimientos que están distribuidos en toda la sociedad.
En las universidades, en las empresas, en las organizaciones sociales, en los sindicatos, en los barrios y en las experiencias cotidianas de millones de ciudadanos existe una enorme inteligencia que los mecanismos tradicionales de representación apenas consiguen aprovechar.
La inteligencia artificial puede contribuir a conectar esos conocimientos y convertirlos en una capacidad compartida para imaginar soluciones. Pero para que eso suceda debe existir una voluntad política de escuchar, deliberar y compartir la construcción de las decisiones.
Una mayoría no es simplemente una suma de descontentos. Es la posibilidad de reconocerse en un futuro común.* Esa es la diferencia entre organizar una campaña y construir un proyecto político.
Después del algoritmo
La experiencia de Brasil enseña que las redes pueden ser mucho más que espacios de propaganda. También pueden organizar a millones de personas alrededor de una acción compartida.
Pero la verdadera innovación política consistiría en ir un paso más allá.
Si los ingenieros del caos aprendieron a utilizar la tecnología para transformar la fragmentación social en una herramienta de poder, el desafío de esta nueva etapa es explorar cómo utilizarla para reconstruir vínculos, producir conocimiento compartido y fortalecer la capacidad de acción colectiva.
La inteligencia artificial puede convertirse en una nueva herramienta de manipulación o en una infraestructura para ampliar la participación democrática. La diferencia no estará solamente en los algoritmos, sino en las instituciones, los valores y los objetivos que orienten su utilización.
Brasil mostró cómo organizar digitalmente a millones de personas para disputar una elección.
El desafío argentino es pensar cómo organizar la inteligencia de millones de personas para construir un proyecto de país.
Porque el futuro de la política no debería consistir solamente en encontrar nuevas formas de conquistar la atención de los ciudadanos, sino en recuperar su capacidad de construirlo colectivamente.