Encuesta: qué pide la sociedad del próximo presidente
Una encuesta nacional realizada por La Sastrería (Timerman-Malagoli) y Trespuntozero, en el marco del estudio “Qué tienen los argentinos en la cabeza 2026”, relevó el perfil que los argentinos esperan del próximo presidente, combinando rasgos de personalidad, trayectoria y posicionamiento ideológico.
Al momento de definir la principal característica que debería tener el próximo mandatario, en una pregunta abierta, la honestidad y la transparencia se impusieron con claridad: 31,9% de los consultados la mencionó en primer lugar. Muy por detrás aparece la empatía y la cercanía con la gente (14,8%), seguida por la capacidad e inteligencia (7,6%). Un 6,6% mencionó espontáneamente a Javier Milei como parámetro de comparación, mientras que la firmeza y la fortaleza sumó 6,2%. El resto de las menciones se repartió entre atributos como el respeto y la tolerancia (3,7%), el nacionalismo y el patriotismo (3,1%), la estabilidad mental (2,7%) y la identificación peronista (2,3%), entre otras respuestas minoritarias.
El corte por voto en las elecciones generales de 2023 muestra matices. Entre quienes votaron a Sergio Massa, la honestidad también encabeza el ranking (34,2%), seguida por la empatía (18,5%). Entre los votantes de Javier Milei, la honestidad lidera igualmente (34,5%), pero en segundo lugar aparece el propio presidente como referencia (19,7%), un dato que no se repite en ningún otro segmento. Entre quienes eligieron a Patricia Bullrich, la honestidad concentra el 34,3% y la capacidad e inteligencia se ubica en el segundo escalón, con 10,8%.
En cuanto al género del próximo presidente, la mayoría de los encuestados se inclinó por un hombre: 63,3% frente a 32,6% que prefiere una mujer, mientras que un 4,2% no sabe. Respecto de la edad, la preferencia se concentró ampliamente en el rango de 40 a 59 años (65,3%), seguida por los mayores de 60 (27,9%) y, muy lejos, por los menores de 40 (5,4%).
Sobre la vida personal del mandatario, más de la mitad de los consultados (54,5%) no manifestó una preferencia clara, aunque entre quienes sí la tienen predomina la opción de que sea una persona casada (35,8%) por sobre soltera (9,8%). Un patrón similar se observa en torno a la paternidad: el 49,7% no sabe, el 40,2% prefiere que tenga hijos y el 10,1% que no los tenga.
La fuerte señal que dejó la encuesta para el panorama político también se ve en el temperamento. El 85,5% aseguró que le importaría que el próximo presidente tuviera equilibrio emocional, frente a un 14,5% que respondió que no. En sintonía con esto, a la hora de gobernar, la mayoría se inclina por un liderazgo racional antes que emocional: 58,4% eligió “más cabeza” frente a 35,3% que prefirió “más corazón”. En el estilo de conducción, la sociedad aparece dividida casi en partes iguales entre quienes prefieren un perfil dialoguista y conciliador (48%) y quienes se inclinan por uno firme y confrontativo (47,3%).
Respecto de la trayectoria, un 49,9% prefiere que el próximo presidente provenga de la política, mientras que un 29,1% preferiría lo contrario y un 21% no tiene una posición formada. En el plano ideológico, al consultar si preferirían un perfil conservador o progresista, se impone la segunda opción con 43,9% frente a 32,5%, con un 23,6% que no sabe. Sin embargo, al preguntar directamente por izquierda o derecha, la balanza se invierte: 41,7% se inclina por la derecha y 31,3% por la izquierda, con un 27% de indecisos.
En el plano de la gestión, el estudio relevó también prioridades en comercio exterior, economía y producción. Los encuestados se muestran divididos entre orientar el desarrollo comercial hacia China (38,1%) o hacia Estados Unidos (33,8%), con un 28,1% que no sabe. En materia económica, la prioridad se inclina claramente hacia el crecimiento (59,9%) por sobre la distribución (35,7%). En el plano productivo, la industria se consolida como la actividad que debería priorizarse (53,3%), seguida por la minería, el gas y el petróleo (20,2%) y el campo (16,2%).
Finalmente, sobre la corrupción, el estudio planteó un dilema entre dos escenarios: “que se sepa con certeza que no es corrupto aunque no tenga un plan de lucha contra la corrupción” o “que no se sepa con certeza si es corrupto, pero que tenga un plan de lucha contra la corrupción”. Los resultados quedaron prácticamente empatados: 38,5% eligió la primera opción y 37,5% la segunda, mientras que un 24% no supo qué responder.