Nada es casual, ni ocurre porque sí. El Día de la Soberanía de las Islas Malvinas fue conmemorado en distintas partes del país. Más allá de Leopoldo Fortunato Galtieri, más allá de Alexander Haig o de Margareth Thatcher, en aquella guerra y en todas las acciones relacionadas con el territorio irredento existieron héroes, traidores y cipayos, como en toda gesta que se precie.
Porque no todo comenzó con una guerra formal, como la que se lanzó el dos de abril de 1982. Mucho antes, el 28 de septiembre de 1966, 18 jóvenes que no llegaban a los 30 años secuestraron un avión Douglas DC4 de Aerolíneas Argentinas y volaron hasta Malvinas, llevando a bordo, además de a un grupo de asustados pasajeros, al gobernador de facto de las islas -el contraalmirante José María Guzmán-, que luego, abjurando de su apócrifo cargo, se negó a cantar el himno con los muchachos peronistas e incluso los llamó “bandidos y delincuentes”.
Cóndores en las Islas Malvinas
Corría el mes de septiembre de 1966. El 28 de junio, un golpe de estado diseñado en Washington y gerenciado por el general Juan Carlos Onganía terminaba de derrocar al presidente radical Arturo Umberto Illia, que había ganado las elecciones tres años antes, gracias a la proscripción del peronismo.
Todo comenzó entonces con un plan ideado por el militante metalúrgico y periodista Dardo Cabo y la dramaturga María Cristina Verrier, hija de César, juez y funcionario del presidente Arturo Frondizi y sobrina de Roberto, exministro de Hacienda de la Revolución Fusiladora, que derrocó a Perón el 16 de septiembre de 1955. Era sencillo: subir al avión, encañonar al piloto, cruzar el Mar Argentino hasta Puerto Stanley y denominarlo Puerto Rivero.
Onganía había decretado en esos días que la Argentina vivía un “tiempo económico”, tras el cual se sucederían el “tiempo social” y, al final, algún lejano día, el “tiempo político”. Los radicales hervían. Hacía tres meses, Illia había sido desalojado de la Casa Rosada con un pelotón de la Guardia de Infantería de la Policía Federal. La CGT, entretanto, se disponía a lanzar un Plan de Lucha que se demoraba. Vandor frecuentaba el palacio de gobierno y Onganía les cedería en 1970 a los sindicatos el manejo de las obras sociales, que Perón jamás les cedió.
En el marco de esta convulsionada Argentina, los conjurados denominaron Operativo Cóndor a su proyecto. En principio, iban a poner en marcha la operación hacia fines del año 1966, pero la visita del príncipe consorte británico Felipe de Edimburgo, que llegó al país en los primeros días de septiembre para presidir una reunión de la Federación Ecuestre Mundial los obligó a adelantar la fecha.
A las 0:34 del 28 de septiembre partió del Aeroparque el Douglas DC4 “Teniente Benjamín Matienzo”, de Aerolíneas Argentinas, llevando a bordo a 42 pasajeros, entre los que se contaban, además de Dardo Cabo y Cristina Verrier, Fernando Aguirre, empleado (20 años), Ricardo Ahe, empleado (20), Pedro Bernardini, obrero metalúrgico (28), Juan Bovo, obrero metalúrgico (21), Luis Caprara, estudiante de ingeniería (20), Andrés Castillo, empleado de la Caja de Ahorro (23), Víctor Chazarreta, obrero metalúrgico (32), Alejandro Giovenco Romero (21), Norberto Karasiewicz, obrero metalúrgico (20), Fernando Lisardo, empleado (20), Edelmiro Jesús Ramón Navarro, empleado (27), Aldo Ramírez, estudiante (18), Juan Carlos Rodríguez, empleado (31), Edgardo Salcedo, estudiante (24), Ramón Sánchez, obrero (20) y Pedro Tursi, empleado (29).
Cuando el avión volaba sobre Puerto San Julián, a las 6.05 de la mañana, Cabo y Giovenco, los jefes del operativo, llegaron hasta la cabina y le ordenaron al piloto Ernesto Fernández García que tomara rumbo a Malvinas. Éste intentó hacerse del distraído, alegando que no conocía la ruta, pero Giovenco le ordenó que tomara el “rumbo uno, cero, cinco” y le entregó la carta de navegación para llegar a las islas.
Entretanto, el guardaespaldas de Guzmán amagó desenfundar un arma, pero alguno de los conjurados se le adelantó y lo convenció de que no era una buena idea. El contraalmirante, por su parte, se entregó a un prudente mutismo.
Con el pasaje viajaba también, invitado por Cabo y Giovenco, el director del diario Crónica, Héctor Ricardo García, que había fingido no conocerlos para evitar represalias al regresar a territorio continental, ya que el avión nunca salió de la Argentina.
A las 8:42, el avión sobrevoló Puerto Rivero y aterrizó en una pista de carreras cuadreras, ya que en la isla no había aeropuerto. Los jóvenes peronistas bajaron con sogas a tierra y plantaron en la isla usurpada la bandera de nuestra Patria. Munidos de armas cortas, secuestraron al joven jefe de policía y a un chileno que trabajaba en la aldea. Luego, fueron rodeados por algunas decenas de hombres armados e inclusive por cuatro militares de las fuerzas especiales, que habían sido enviados poco tiempo antes por el Foreign Office para impedir que los argentinos osaran poner un pie en la tierra usurpada. Se sabe que la usurpación en el juego que los ingleses mejor juegan.
En la tensa situación que sobrevino, los comandos permitieron bajar a todos los pasajeros, que fueron alojados en las casas de los isleños. Después de 36 horas de tensas negociaciones, el sacerdote católico holandés Rodolfo Roel convenció a los jóvenes de que entregaran las armas -éstos exigieron que las recibiera Fernández García, el capitán de la aeronave argentina, no los ingleses- y todos ellos fueron alojados en la iglesia. Antes de salir del perímetro que habían armado alrededor del avión, los comandos cantaron el himno formados alrededor de una de las banderas y rezaron un Padrenuestro. No hubo ceremonia de rendición, como pretendían los ingleses. En cambio, el capitán de Aerolíneas recibió las armas y el vicealmirante Guzmán, las banderas.
Un día después, todos los argentinos fueron embarcados en el buque Bahía Buen Suceso, de la Armada Argentina, que los trajo de regreso al continente. Fueron juzgados en Ushuaia, adonde se los condenó por privación ilegítima de la libertad, portación de arma de guerra, asociación ilícita, piratería y robo en descampado.
Dardo Cabo, Alejandro Giovenco y Juan Carlos Rodríguez, que tenían antecedentes por condenas anteriores, estuvieron tres años en prisión. Los otros 15 estuvieron encarcelados nueve meses.
Entretanto, el dictador…
No todos son iguales en Argentina. Mientras los jóvenes se jugaban el cuerpo por la Patria, el dictador Juan Carlos Onganía, entre sonrisas melifluas, lujos inmerecidos y palacetes ostentosos, se subía a su caballo y jugaba al polo en el Hurlingham Club con el príncipe consorte, Felipe de Edimburgo.
El presidente amnésico
En su lenguaje abstruso, el presidente de la Nación eligió homenajear a la guerra que desencadenó la dictadura, lo que en sí no es extraño. El problema es que reconoció la posesión de los ingleses de una parte del territorio nacional. La Nación es la suma del Pueblo, el Territorio y el Estado. La Patria es todos ellos: Nación, Pueblo, Territorio y Estado.
Si la autoridad política máxima de un país entrega, aunque sea verbalmente, parte del Territorio nacional a un estado extranjero, se convierte en un “sipahi”, o un “spahi”. Así se denominaba a los soldados de caballería que galopaban en favor de las potencias extranjeras. En Argentina se les llama “cipayos”, que es una derivación de ese vocablo persa. Los “cipayos” pelearon en la India con los ingleses y contra sus compatriotas, en África lo hicieron en favor de los franceses y los portugueses. Siempre, traicionando a sus connacionales.
El presidente Javier Milei, antes de dejarnos un posteo en la red de su “amigo” Elon, que mostraba el tema de Queen, “Friends Will be friends” en honor a su otro “amigo” Donald, encabezó un acto por Malvinas, en el aniversario del dos de abril.
Incomprensiblemente, Milei leyó un discurso en el que dijo que “si de soberanía sobre las Malvinas se trata, nosotros siempre dejamos claro que el voto más importante de todos es el que se hace con los pies. Anhelamos que los malvinenses decidan algún día votarnos con los pies a nosotros. Por eso buscamos hacer de Argentina una potencia tal que ellos prefieran ser argentinos y que ni siquiera haga falta la disuasión o el convencimiento para lograrlo”.
En ese mundo irreal en el que vive, el presidente sigue asombrando por su simpleza. Hay quienes dicen que ese desparpajo es su principal capital político. El problema va a llegar cuando todos se den cuenta. Ese día algunos van a lamentarlo eternamente.