Peligro de muerte en el Elefante Blanco
Pasaron Pablo Trapero y su mirada clasemediera, escandalizada ante tanta muerte y cocina o tanta cocina y muerte, que para esa visión es casi lo mismo. Y, con ellos, se extinguió el foco que la sociedad (¿la sociedad?) y los medios de comunicación habían posado sobre lo que en un futuro promisorio hubiese sido el hospital más grande de Latinoamérica, ideado por Alfredo Palacios e impulsado por Juan Domingo Perón, pero que hoy es un asentamiento que crece cotidianamente a pasos agigantados. La metáfora es poco feliz pero de fuerte raigambre real. Es que hablamos, claro, del Elefante Blanco.
En junio de este año Noticias Urbanas hizo una extensa recorrida junto a los vecinos de dicho asentamiento para mostrar, en carne viva, de primera mano, lo que ni la tele ni el cine ofrecieron, esto es, el maridaje entre la miseria, el hacinamiento y la desidia. Y la cosa siguió igual. Tiempo más tarde, al promediar agosto, este mismo medio dio a conocer la muerte de un niño de 11 años producida por su caída en el hueco de un ascensor que nunca existió. Ni existirá. Como el hospital.
Ahora, con material exclusivo, NU pone de manifiesto las condiciones en que se encuentra la terraza del segundo piso de lo que los vecinos de Ciudad Oculta ?en rigor, Villa 15?, que bordea lo que técnicamente es el Elefante Blanco, llaman ?hospitalito?.
Se trata de una inmensa rajadura que atraviesa, precisamente, la terraza en su parte superior, horizontalmente y de punta a punta, cuyo surco, según los habitantes del Elefante, se ensancha cada día un poco más. Así, la enorme fisura representa una amenaza flagrante de muerte y desolación, ya que si esa parte de la construcción se cayera, lo haría por encima de varias casas, varias familias: varias vidas. Tal es el caso de Jaqueline, que tiene 5 hijos pequeños y trabaja en uno de los tantos comedores del barrio, a quien NU no pudo encontrar para registrar su testimonio. La misma mala suerte correrían, por caso, las familias de Elisa y de Amada, que sueltan ?reja de por medio?casi sin mirarse pero entendiéndose a la perfección: ?Tenemos miedo?.
Ya lo contó este medio: la historia del Elefante Blanco, sobre Luis Piedrabuena altura avenida Eva Perón, en Villa Lugano, es la historia de la convivencia forzada entre familias de clase trabajadora, personas que cayeron en desgracia y los delincuentes de siempre, los que atentan contra la propiedad y también contra el cuerpo ajeno, muchas veces esquivando tiros y todas las veces sorteando todo lo que se pueda trampas de ratas, murciélagos y virus desconocidos. La historia del Elefante Blanco es una historia que araña las dos décadas de existencia decadente.
Desde los pisos superiores de la mole puede verse, además de la basura a lo Juanito Laguna, esa naturaleza que opera como la desafortunada escenografía de una locación crónica, la historia de la relocalización trunca: solo 24 casas, que aún parecen de estreno, fueron entregadas por la fundación Sueños Compartidos de la Asociación Madres de Plaza de Mayo. El resto, jamás llegó. El resto es historia.
Es historia porque ni el Gobierno nacional ni el encabezado por Mauricio Macri en la Ciudad, donde se asienta, justamente, el edificio devenido en espacio habitacional, parecen hacerse demasiado cargo del asunto. Es que el Elefante Blanco, esas cien familias, esas más de 500 personas, como tantos otros asentamientos emblemáticos de Buenos Aires, es una papa, ¡ay!, que pela, es una pelota que no dobla: es la fea con la que no se baila ni por humanidad. Mientras, los habitantes del asentamiento, aquellos que estudian y trabajan, que le dan carnadura al lugar común de la gente que quiere salir adelante, siguen apechugándola tras lo peor: lo peor en Elefante Blanco puede ser el invierno. Porque Elefante Blanco es un submundo en el que las casillas que se erigen en su interior, como esqueletos de juguete, tienen las luces prendidas por más que sean las once de la mañana de un día despejado y conocen al dedillo la maldad full time de la humedad todoterreno, al modo de una extraña vertiente. Noticias Urbanas presenció varias reuniones que los vecinos, entre ellos Liliana Soria, ya entrevistada por este medio, mantuvieron con funcionarios de los ministerios de Desarrollo Social y Seguridad de Nación. Las propuestas, siguiendo la lógica de la política del parche, no conforman a los habitantes del Elefante. Por eso no son noticia.
Este medio volvió al lugar y lo recorrió durante tres días de llovizna pero también de tormenta, ante el llamado de los vecinos, que alertó sobre una posible ?nueva? fatalidad. ?Nos dimos cuenta de la rajadura, que está cada vez más grande, después del último temporal, el de Semana Santa. Había empezado como algo chiquito pero la verdad es que el tamaño que tiene ahora asusta?, describe Elisa, una vecina de 31 años quien, junto a su marido y sus pequeños dos hijos, vive inmediatamente debajo de la terraza de la construcción. A la casa de Elisa la separa poco más de un metro de distancia del frente de la vivienda de Amada, quien habita hace diez años en el Elefante, también con su marido y sus nenes. Dice Amada: ?Cuando llueve se sienten muchas vibraciones y también cuando sopla apenas un viento?. ¿Las autoridades? Bien, gracias. Solo un puntero, conocido en el barrio como Pocho, el presidente, les dio a estas mujeres y a aquellos que, ante la amenaza, lo llamaron, un par de chapas para que, parche sobre parche, reforzaran los techos. Lamentablemente, Noticias Urbanas no pudo dar con este hombre.
Elisa, además, es el ejemplo de lo que les pasa a muchas familias del lugar: el peligro dentro del peligro, en una suerte de milhojas de la desgracia. Dice Elisa: ?Dentro de mi casa hay varias rajaduras que aparecieron este año y se van haciendo más grandes, como las de afuera?. Y acerca de la fisura mayor, cuenta: ?Sobre mi techo yo siento las piedritas que caen desde la rajadura de la terraza. Se sienten clarito, a toda hora?. Y habla sobre un potencial drama que desconoce el grueso de la población del asentamiento, mientras se corre el pelo de la cara: ?Los días de tormenta me voy. Esto es como una película de terror, que no se sabe cuándo va a pasar lo peor pero se sabe que va a pasar?. Una película de terror, sí, que ni los más placenteros sueños de Micky Vainilla pudieron delinear.
Fotografías: Nicolas Savine (para NU)