Una noche a pura emoción
Entrega. Lo que hace a un verdadero artista. Lo que hizo de Liza Minnelli una leyenda. Lo que la actriz y cantante derrochó en el show que el miércoles pasado dio en el Teatro Gran Rex, en la única presentación de su visita a Buenos Aires.
El recital, que duró cerca de dos horas, se dividió en dos partes. En la primera, Minnelli desgranó una serie de standars que fueron creciendo en intensidad hasta agitar la cuerda más profunda del alma del espectador, y en donde no faltaron los festejadísimos "Our love, here I'll stay", "Maybe this time", "Cabaret" y una arrolladora versión de "My own best friend", de la comedia musical Chicago.
La banda de doce músicos, dirigida por el histórico baterista William Lavorgna y con Billy Stritch -ex novio de la diva- al piano, la acompañó con solvencia.
En la segunda etapa del recital y tras un largo intervalo, Liza -tal como había adelantado en la conferencia de prensa que dio el último martes- se dedicó a rendirle homenaje a la compositora Kay Thompson, su madrina, fallecida en 1998. El show remitió entonces a la estética de las películas de su papá, el director de cine Vincente Minnelli, y su mamá, la cantante y actriz Judy Garland. Acompañada por cuatro bailarines-cantantes, lookeados al estilo del viejo Hollywood, Liza se divirtió con coreografías inteligentemente adaptadas a su condición física actual. También, entre tema y tema, contó varias anécdotas, mientras uno de sus bailarines hacía de traductor.
Después de sus numerosos altibajos de salud y a los 61 años, es cierto que Liza ya no se mueve como antes. Pero sabe hacerlo en el momento justo y con sólo insinuar un gesto puede crear una infinidad de atmósferas. Y aunque su voz -que aún mantiene poderosa- también arrastra algunas secuelas de su agitada vida, sus performances ganaron en intensidad. Porque la clave de Liza, en realidad, no está en la voz misma, sino en la interpretación, llena de matices, dobleces, recovecos y explosiones.
En el final, nuevamente sola frente al micrófono, la protagonista de "Cabaret" arremetió de manera impecable con "World goes round" y volvió a dialogar con el público. Alguien le pidió "Over the rainbow", la canción-emblema de la mítica Garland, y ella, inteligentemente, se negó, alegando que no se podía igualar la primera versión. Después, culminó el show con uno de sus propios emblemas, el infaltable "New York, New York" al que, paradójicamente, le faltó un poco de pimienta en el remate. Un potente bis a capella ("I'll be seeing you") arrancó los aplausos finales, que se prolongaron durante varios minutos y obligaron a correr el telón más de una vez para que la cantante saliera a saludar, visiblemente emocionada.
Entrega, decíamos. Y comunión también, con el público despidiéndola de pie y ovacionándola. Después de ver a Liza y tomándola como parámetro, este periodista se excusa de nombrar a las figuras del jet set local que poblaron el teatro y buscaron acaparar los flashes, ya que, salvo contadas excepciones, fueron una muestra cabal de subdesarrollo.