Una poesía con nariz roja
Una, que es ella, cae de repente en la sala. Se limpia, se levanta y empieza a contar su historia en su lengua natal. Es una refugiada de Povnia, un país que ha desaparecido. Así nos enteramos de su relación con Vladimir y Popov, que estaban con ella cuando todo ocurrió. Y siempre es ella, Una, que es Lila Monti, en el centro de la escena, a la que llena de manera brillante. Completísima en todas las expresiones que aborda (canta, baila y actúa con naturalidad y calidad), Monti toma un tema serio como la desaparición de un país (Povnia), y Una, sobreviviente del mismo, lo pone en juego desde un lado que, como espectadores, nos lleva tanto a la sonrisa como a la reflexión. Más aún teniendo en cuenta lo ocurrido, hace poquito, en Fukushima, con lo cual se vuelve a establecer un marco aún más rico de resignificación, disparando la obra a diversos confines.
La interrelación entre el humor y el drama es armónica, sin caer en golpes bajos ni efectistas, con escenas profundas y sentidas. La puesta es ágil y dinámica en su desarrollo. No decae nunca y varía en la creación de climas y universos a los que llevará a los presentes de la mano. Justamente, la interacción con el público es exacta y lo incluye en la obra, ya sea para compartir su necesidad de comunicación, su catarsis o comer pan. Porque Una abarca todas las expresiones y sentimientos del ser humano, con esa vuelta de tuerca que sólo un clown le puede dar: cuando parece que termina, vuelve con nuevas situaciones y un mejor desarrollo. Todo, en el marco de la utilización de pocos (y exactos) elementos que van conformando el particular mundo de una payasa que hizo emocionar, reír y pensar en un lapso rico e imaginativo. La iluminación guía con sapiencia los devenires de una puesta disfrutable desde el principio hasta el fin.
Lila Monti creó Povnia, un espectáculo para disfrutarlo más de una vez y redescubrir, en cada ocasión, nuevos matices.