Publicado: 23/12/2005 UTC General Por: Redacción NU

Vicente Verdú: Segunda parte de su polémico planteo

En su último libro, el ensayista español Vicente Verdú, disecciona las tendencias de la cultura contemporánea, atacando sin defender a toda una generación que ha descartado las producciones post-pop como pura basura industrial
Vicente Verdú: Segunda parte de su polémico planteo
Redacción NU
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Hoy no se aprende mediante largos discursos, sino por instantáneas que el cerebro se encargará de asociar. El saber -debe saberse- ha dejado de basarse en un ejercicio esforzado o premioso para nutrirse de partículas cazadas a gran velocidad, sea en el viaje lejano o en los panoramas de las ciudades, las pantallas de los grandes edificios, los Xbox 360. Ser sabio equivale hoy a contar con un amplio punto de vista a partir del cual se dirime y se elige el bien sobre un plano.

La nueva estrategia comercial dicta a la vez que el almacenamiento ha caducado. Los almacenes de Zara ya no existen: el almacén son sus mismos distribuidores y clientes. Ahora el fin no es almacenar objetos o conocimientos, basta con mantener la red. En cuanto a la posesión de cultura, la cosa es conectarse. El antiguo mundo poseía un puñado de cerebros grandes, "maestros pensadores" donde se concentraba el saber.

Ahora, como en los muchos contagios de la época, la información se expande en todas las direcciones, ocupando extensas superficies a la manera de una sinapsis. La cultura
pierde profundidad en beneficio de la trama vasta y compleja. Pero, también, lo más profundo del cerebro es la corteza.

"Extraña postura la que valora ciegamente la profundidad a expensas de la superficie, y que quiere que superficial signifique no una dilatada dimensión, sino sólo falta de calado", decía Gilles Deleuze en Lógica del sentido. Y por eso el sentido del humor es tan importante en nuestros días, y no se concibe un comunicador que no practique esa complicidad superficial.

La tragedia requiere alguna profundidad, pero nuestro tiempo, enemigo de lo trágico, incompatible con lo histórico, es eminentemente presencial y superficial. Ni profundamente religioso, ni agresivamente ateo, la partida se decide en un campo deslizante como las pantallas de todos los juegos.

La cultura-culta tenía en la cabeza una sociedad atestada del saber elitista, pero la sociedad actual sólo puede moverse sin cargas ni nudos trascendentes. Esta cultura sin culto, sin bibliografía, apenas pesa, y la liviandad de su memoria (histórica, erudita, inventarial) es consecuente con su gran velocidad y complejidad desplegada en superficie. Nuestros antepasados debían memorizar la Iliada o la Eneida si querían meditar sobre ellas, pero hoy la memoria está ligada a Internet. ¿Un mundo sin equipaje?

Los ilustrados odian esta ligereza, pero a su vez, son odiados por sus descendientes. Porque así como en el complejo de Edipo el hijo es siempre quien mata al padre, las generaciones actuales entre los 25 y los 35 años (la generación X) son víctimas de los nacidos tras la II
Guerra Mundial, quienes han venido a asesinar la voz del hijo, a agostar sus iniciativas vacilantes, a dirigir sediciosamente sus conocimientos y a ejercer, sin tregua, una autoridad de mequetrefes.

Durante todo el siglo XX, la nueva generación siempre fue más rica que la anterior, pero la racha terminó a la altura de los jóvenes adultos de ahora. Jóvenes resentidos contra la precariedad del empleo, desengañados políticamente y necesitados, como nunca antes, de las consolas, el porno, la droga y el home-cinema. ¿Deplorable calidad? La pregunta es impertinente.

A una baja calidad de trabajo correspondería naturalmente una baja calidad de ocio, pero hablar de calidad en la cultura carece de sentido, puesto que la cultura es la cultura. La cultura es lo que hay. Y siempre en detrimento de la etapa anterior. Con algunos de los hijos de la generación del 68 concluye la era de la cultura-culta, basada esencialmente
en el código escrito y en los modos literarios.

En adelante, cuando luzca esta forma de cultura, será exclusivamente un vintage. La cultura en sentido amplio, el signo cultural del tiempo, se confunde ya con el estilo. No habrá, nuevos ateneos, ni cenáculos, ni grandes bibliotecas, a no ser que se quiera distraer a los turistas.

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