Publicado: 03/05/2008 UTC General Por: Redacción NU

Al Tío le llegó el humo

Alberto Fernández vive horas de desgaste y algunos hasta especulan con su renuncia a la Jefatura de Gabinete de la Nación. En la Ciudad de Buenos Aires le pasan facturas desde el peronismo. Mientras, el Frente para la Victoria tambalea y recibe oxígeno legislativo gracias a la pericia de los diputados porteños Juan Manuel Olmos y Diego Kravetz.
Al Tío le llegó el humo
Redacción NU
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No soplan buenos vientos en el Gobierno nacional. La causa es la misma de siempre, algo que se puede definir como crisis política, que no es más que medir en este punto una práctica que desde hace un tiempo viene siendo socialmente deficitaria y políticamente provocadora. El conflicto con el campo, la negación de un obvio proceso inflacionario, el daño provocado a Cristina Fernández de Kirchner por la potencia del andar de su marido, la salida del ministro de Economía Martín Lousteau y el ascenso de un no ministro, todo sumado a las grietas generadas tanto en el justicialismo como en los aliados radicales, no hacen más que marcar que la situación dista mucho de ser la ideal. Sin embargo, a diferencia de otras ocasiones críticas, Argentina no tiene un marco internacional que la presione sino más bien todo lo contrario, a pesar de los alineamientos zigzagueantes, con predominancia hacia el presidente de Venezuela, Hugo Chávez. Internamente, sólo el rebrote inflacionario y su negación permanente parecen poder complicar al Gobierno, al que el resto de las variables no deberían causarle mayores problemas. Para decirlo de otra manera, el Gobierno sólo tiene los problemas que él mismo provoca, cuando hace difícil lo fácil o logra irritar a sectores que tienen una historia poco conflictiva, como los productores agrarios, más allá de la progresía urbana que también se cansa de que le mientan o le digan qué es lo que tiene que hacer o decir.

Valga aquí una aclaración. Hay sectores reaccionarios de la Argentina que ven en el avance del campo y las heridas que aún sangran en el matrimonio Kirchner a la madre de todas las batallas, a la que dan por ganada y encima por paliza. Desde estas páginas no pretendemos hacer seguidismo de los Mariano Grondona y otros secuaces similares (aunque más jóvenes) de menor monta que pregonan el apocalipsis de los K en esta instancia. Es más, cuando todos callaban por miedo aquí se cuestionó el centralismo con que se manejaba el país, el pensamiento único, la confrontación permanente sostenida en la idea de que los triunfos parciales edifican procesos históricos, cuando en realidad son una fábrica de enemigos a corto plazo como a los que hacíamos referencia. Meses antes de las elecciones, reclamamos desde este semanario que el poder lo ejerciera plenamente Cristina, y le decíamos "perdón Néstor, nada personal". El poder no puede estar por fuera de la investidura presidencial. Sino, no hay Presidenta que valga. Y ni hablemos de los ministros y de allí para abajo, del resto de las instituciones. Si Cristina iba a ser el despegue de las mismas hacia una mayor calidad, no se le puede echar la culpa, ya que no pudo hacer pie hasta ahora ni con su cargo. Cuando asuma se verá, las intenciones las tiene. Pero está Néstor, caramba, siempre Néstor.

LAS ANDANZAS DEL TÍIO

Alberto Fernández es uno de los dos agraciados con el poder de este gobierno -junto con Carlos "el Chino" Zannini- más allá de la pareja real. Su influencia fue -y es- importantísima en la decisión de que Cristina fuera la candidata, y en cuanto se concretó la victoria electoral, pobló los principales centros de poder con gente de su confianza, en la que confió también la Presidenta. La cuestión es que desde su inicio, este período no tuvo descanso: lo embocaron de entrada con la valija "tramposa" de Antonini Wilson, en una operación de alto vuelo del imperio y la fuga de poder no paró hasta la fecha y nada indica que cese si el camino es siempre negar todo.

Alberto, sí, el todopoderoso Tío Alberto, está cansado. En el momento en que se escriben estas líneas arrecian las versiones de una inminente renuncia, ya que, según fuentes cercanas, lo único que está esperando es encaminar el "estofado" de los productores agrarios (a los que recibió sugestivamente en el edificio de Somisa de la Jefatura de Gabinete y no en la Rosada) y que la Presidenta o el ex Presidente le encuentren un reemplazo, algo que desde ya es difícil de lograr para un todo terreno de mil batallas. Las mismas fuentes desacreditan la opción Zannini para ese lugar, ya que "no sólo perderíamos a Alberto sino que desperdiciaríamos al Chino en una función que no la siente y abandonaría un lugar en el que tampoco hay sustitutos".

En realidad, la hiperconcentración de las decisiones clave tomadas en los últimos cuatro años y medio hacen que el banco de suplentes esté casi vacío o con jugadores de primera B. En ese marco, ese mal pagador que es Alberto tuvo ya sus primeros problemas en un distrito que, a pesar de haberlo comandado desde que asumieron los K, no sólo no logró un resultado positivo sino que le dio menos bola que al gobierno de Uribe en Colombia. Nunca tuvo un proyecto para una Ciudad que es la vidriera del país, en la que se dio el lujo de perderla en las elecciones de junio pasado por llevar al extremo un capricho personal con Jorge Telerman, dejándole libre el camino a Mauricio Macri para que maneje casi 15 mil millones de pesos por año, entre presupuesto y bonos. Y con ello financiar el ascenso de un dirigente que seguramente será una pesadilla en turnos electorales futuros.

Algunos recuperan la memoria y recuerdan que desde la cena de fines del año pasado, el comandante Tío no ve a sus soldados legisladores porteños y otros empiezan a hablar ya no entre susurros, sino abiertamente y por los medios. Es el caso del mandamás del SUTERH, Víctor Santa María, que furioso cuando vio cómo, en lugar suyo, pasaban José Ottavis, Mariana Grass y Dante Gullo como vocales del partido a nivel nacional y del PJ porteño que él había recuperado para el kirchnerismo (incluyendo el desplazamiento de Miguel Ángel Toma), entendió que era el momento de desandar el camino que había construido con el jefe de la campaña presidencial de Eduardo Duhalde, ya que la situación parecía terminal. Y dijo lo que nadie se anima, y luego Andrés Rodríguez de UPCN se animó a aceptar que estuvo dos meses llamando a Alberto Fernández para inaugurar la Clínica Anchorena con la Presidenta sin recibir fecha ni precisiones, y Kelly Olmos se quedó con el documento en la mano esperando que la llamaran en función de las promesas, y Alberto Iribarne fue ninguneado como si nunca hubiera sido ministro de esta administración, y el "leal" albertista Héctor Capaccioli, que debe lidiar en una relación nada amistosa con la también ultralbertista Graciela Ocaña, piensa lo mismo que todos pero no quiere hablar, mientras ve cómo el mendocino Celso Jaque ocupa el lugar de tesorero que le habían prometido.

Y falta el tema Ibarra. Alberto, quizás por falta de proyecto propio, quizás por su cercanía con los hermanos Vilma y Aníbal o quién sabe por qué, siempre falla a favor de ellos, quienes no gozan de la aceptación de la pingüinera. Aquí coinciden los pejotistas de la Ciudad, quienes juraron no ir nunca más con Ibarra a una elección y se horrorizan con la idea de que en lugar de uno solo vayan los dos. "Quieren hacer Perón-Perón, están locos", braman ante la idea de la doble postulación de Vilma y Aníbal. "Esa es la ruptura definitiva con Alberto, dinamitamos los puentes", rematan, sin saber a ciencia cierta si para ese tiempo todavía habrá puentes. En el Partido de la Victoria, hay voces de solidaridad hacia "la afrenta que le hicieron a Víctor (Santa María)", pero a su vez le critican el momento y la metodología de ir a la prensa para hacerse escuchar. Lo que no visualizan es que no hubo inocencia en esa maniobra. "Si nos cagan así, se la tienen que bancar", disparan desde el peronismo porteño, dudando si Alberto es el padre de la criatura o es cómplice necesario de una orden verticalista, a la cual no pudo o no quiso negarse.

LA TIERRA FÉRTIL DE LOS K

Mientras tanto, la dupla que integran los diputados kirchneristas Juan Manuel Olmos y Diego Kravetz logra desde la Legislatura, con otra muñeca, lo que el Tío Alberto no atiende ni de casualidad. Contienen permanentemente a sus compañeros de bancada y fueron interlocutores válidos cuando gobernaba Ibarra, cuando el jefe de Gobierno era Jorge Telerman y ahora con Macri. A pesar de estar en minoría, ya que la relación entre los bloques PRO y Frente para la Victoria es 27 a 12, Kravetz y Olmos logran imponer agenda a partir de virtudes propias y debilidades ajenas. El bloque mayoritario carece de una conducción sólida, son demasiados los primerizos en estas lides y pocos los hombres duros y con experiencia, no más de cuatro, entre los que sobresale el capo de la Legislatura, Diego Santilli.

Es allí donde los kirchneristas porteños se hacen fuertes, donde son derrotados pocas veces y donde acuerdan cada vez que lo creen necesario. Ambos líderes K son determinantes para cualquier decisión interna y externa en la Ciudad y fueron la llave para destrabar todos los pedidos que llegaban de la Rosada ante los ejecutivos siempre opositores. La historia no será igual de aquí en adelante, el desgaste del jefe porteño de la fuerza K provocará en el futuro cercano algunos realineamientos. Quizás, para empezar, el suyo propio. Y cabe la pregunta, ¿seguirá el Tío siendo el supremo porteño? Lo que hasta hace poco dependía de él, ahora es un poco más complejo. Esa decisión también puede depender de Néstor Kirchner, como todas las otras. Mientras, el Frente para la Victoria, se va haciendo añicos de a poco, cansado de tanto frente y ninguna victoria.

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