Publicado: 13/06/2005 UTC General Por: Redacción NU

Juan José Saer en mi mente

Pluma fundamental de las letras locales, era el mayor escritor vivo de la Argentina, aunque muchos eruditos no lo supieran. Desde los márgenes, como le gustaba decir, llegó al centro de la buena literatura, esa que no figura en la lista de los más vendidos. Juan José Saer murió en París, a pocas semanas de haber terminado su novela más larga, "La Grande"
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Acaso parezca de mal gusto pero estoy absolutamente seguro que Juan José Saer, de escucharlo, se volvería a reír a carcajadas como la primera vez y como todas las posteriores que me lo escuchó contar. El día que falleció el uruguayo Juan Carlos Onetti, uno de sus maestros indiscutidos, en el fárrago de una redacción, buscábamos opiniones para completar una producción. Se me ocurrió llamar a Saer a París: ya conocía su bonhomía, su generosidad y su absoluta falta de divismo; le interesaba más la literatura que nada en este mundo y si encontraba un interlocutor con el que pudiera conversar sobre literatura, no importa que sea periodista, como me dijo tres o cuatro veces, escondiendo las cartas, como en el truco, acerca de lo que pensaba realmente sobre este oficio. Seguro que muchas o todas las cosas que se han dicho estos días sobre Saer ya se han dicho, así que no vale la pena repetir.

Esa tarde, casi noche en Buenos Aires, invierno, noche cerrada en París, el mismo Saer atendió el teléfono. Dije que hablaba desde Buenos Aires (parecía ponerse contento, siempre, de escuchar una voz que lo llamara desde acá). Dije quien era y preguntó: “¿Qué dice, cómo le va?”. “Acá estamos. Disculpas por la hora, lo llamo porque murió Saer”, disparé sin darme cuenta. Saer hizo un silencio que me dio a tiempo a respirar y contestó: “Pero si no me había enterado…”. Largó una carcajada que nunca voy a olvidar. De inmediato despejamos el malentendido y dio por teléfono una cátedra sobre la importancia que tenía Onetti no sólo sobre su obra (la de Saer) sino también sobre la de toda la literatura rioplatense, quiérase o no. Por supuesto, en su visión, el autor de “El astillero”, estaba varios escalones debajo de Borges y uno o dos debajo de William Faulkner, “pero no pienso decirle cuántos más arriba está de toda esa gente del boom”, dijo.

Antes de despedirnos, quedamos en vernos cuando llegara, dos o tres meses después, su peregrinación anual, que coincidiría con la salida de una de sus novelas, “La pesquisa”, de 1994, cuyo ejemplar atesoro con una dedicatoria que así dice: “Los muertos que vos matáis, gozan de buena salud”, fechada en octubre de aquel año.

Ni así, ni con este recuerdo siento menos ausencia que la de saber que ya no está, que no van a estar más esas charlas a la hora de la siesta, en el departamento de Nicolás Sarquís, donde no sólo me recibía a mí (todo hay que decirlo), pero inolvidables para mí, al menos serán por ese efecto espacial que producía, entre pregunta y respuesta, o por el discurrir mismo de la conversación, porque respiraba como conversaba, pautado, enfático, malicioso, preguntando al final de cada respuesta, como no dando por supuesto nada, como si todo lo que afirmara, también en sus textos, como si todo tuviera un margen de incertidumbre cierto, ese margen de opacidad, determinación, sobreimpresión, la claridad cristalina del fuera de foco. Preguntaba “¿y a usted qué le parece”?, no por quedar bien sino por interés, ¿quién sabe dónde podía encontrar una causa, algo que disparara una reflexión, una imagen, que era por donde empezaba hasta no terminar?

De su literatura es probable que a esta altura ya se haya dicho todo o casi todo también. En lo que a mí respecta, del impacto que me causó la lectura de “el entenado” no me recupero, aunque vuelva una y otra vez. Y acaso ese texto haya sido decisivo para decisiones futuras, que comprometían de una manera irrepetible, un modo de entender la narrativa, el mar al que finalmente van a dar todos los ríos, incluso los más caudalosos, los del ensayo especulativo o la filosofía. Y la poesía, no me explicaba, y se lo preguntaba, por qué no escribía más, decía que leía, que era muy compleja, que prefería que se entreviera en sus textos: lo escuchamos decir eso una noche, abochornados todos, con Fabián Casas, que es poeta, y de los buenos. Yo me tendré que acercar otra vez a ese mundo, al que Saer ya pertenece, para siempre y por derecho propio, aún ejerciendo una docencia involuntaria.

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