La filosofía hoy, y cómo enseñarla
El ensayista José Luis Pardo es una de las figuras importantes -junto a Eugenio Trías, Xavier Rupert de Ventós, Enrique Gil Calvo, José Luis Sádaba, Antonio Escohotado y pocos más- en el rubro ensayo filosófico en España. Autor de un volumen imprescindible sobre el estatuto de la intimidad en el mundo contemporáneo, sobre “La regla del juego” (Premio Nacional de Ensayo 2005), su último trabajo, a punto de llegar a la Argentina, conversó desde Madrid -vía mail- con Noticias Urbanas.
-En su libro hay referencias a la escritura y el amor. ¿Cómo se relacionan estas cuestiones con su modo de entender la filosofía y su enseñanza?
-En primer lugar, la escritura, creo que es una de las preocupaciones que siempre he tenido, y que no sólo es formal. Se trata de pensar cómo se puede y se debe escribir un libro de filosofía hoy, sin ceder a las presiones que tienden a confundirla con la autoayuda pero también sin encerrarse en los vocabularios especializados o en un tipo de discurso excluyente. En ese sentido, creo que la escritura si no es la dimensión central, es fundamental. Hay filosofía porque se enseña, pero también porque se escribe. El acceso a la filosofía es inseparable del acceso a sus grandes obras. Creo que el destino de la escritura y de los libros, sea cual sea, está ligado al destino de la filosofía.
-¿Y el amor?
-Es libro empieza con un análisis del Fedro de Platón, donde el amor es de lo primero que se habla. Pero también creo que el amor es un paradigma de ese tipo de desajuste entre el tiempo y el sentido que es propio de la filosofía. De pronto parece que no hay tiempo suficiente para todo el sentido del que habría que disponer. Y eso es característico también del amor: se pierde un poco la noción del tiempo.
-Usted denuncia la “escolarización” de la filosofía.
-Bueno, es que a mi modo de ver, la filosofía es una reflexión sobre la acción. Esta no es una idea mía, hay escuelas de pensadores Las categorías filosóficas son prácticas, extraídas de esa reflexión sobre la praxis. Eso es una cosa que no debe perderse de vista. Luego está el riesgo de anquilosarse por la escolarización, como de perderse por la banalización. Es una disciplina que siempre está un poco mal acomodada en los sistemas académicos, y por eso en discusión. El filósofo es un personaje incómodo, parece demasiado académico cuando está en la calle, y parece mundano cuando está en la academia. Esa es la gracia y la desgracia de la filosofía: recordarle a la academia que tiene algo que ver con el mundo y, a la vez, recordarle al mundo que hay una rigidez conceptual a la que no se puede renunciar.
-Entre sus referencias, siempre hay una ineludible: la literatura.
-Es que una traducción de lo que los antiguos llamaban amor al saber, hoy lo llamamos amor a la literatura. Para mí, la literatura, las artes en general, representan una dimensión privilegiada para la reflexión. Pero no hay que confundir filosofía y literatura. Este libro es producto de ciertas cuestiones que me habían quedado en el tintero de un libro anterior, “La intimidad”, con el cual inauguré una etapa que tiene que ver con un acceso personal a los problemas de la filosofía. En “La intimidad” se abrió la posibilidad de tratar ciertos temas no tanto desde fuera, sino más bien desde dentro.
-¿Piensa usted que la división en “escuelas” filosóficas entorpece la reflexión general?
-Mire, lo que creo que hay que tener siempre en cuenta, es que si uno está interesado en Platón, o en Aristóteles, o en Leibniz, no es solamente por el hecho de estar interesado en esos autores. Hacer filosofía no es dedicarse a investigar si Giordano Bruno dijo tal o cual cosa en tal carta que escribió a no sé quién, sino interesarse en los problemas que interesaban Platón, Aristóteles o Leibniz, que no son académicos o escolares. Uno comprende a Aristóteles cuando se libera del vocabulario escolar sobre Aristóteles. Entonces, la división en escuelas, como la división en períodos históricos, es una manera de tratar un problema que en su totalidad, sería gigantesco. Lo que no hay que perder nunca es el hilo que vincula esos pensamientos con los problemas que se tratan y que no se dejan subdividir en escuelas ni en períodos.