El último mensaje de Alfonsín
Los rostros y su expresión de tristeza, la cantidad impresionante de gente que asistió en cada uno de los momentos de la ceremonia ?velorio, traslado, entierro-, la dimensión nacional e internacional en las coberturas de los medios del mundo, así como las visitas de dirigentes de muchos rincones del planeta, debiera hacer reflexionar a la actual dirigencia argentina y preguntarse el porqué de tamaña magnitud.
Todos recordamos en la Argentina y por lo visto también en la región y otros lugares del mundo, el momento político en el que tocó dirigir los destinos del país a Raúl Alfonsín. La peor dictadura de las tantas que tuvo la Argentina había dejado gravísimas secuelas sociales en la comunidad y el ?Partido Militar?, custodio en el siglo XX de la ?reserva moral de la patria? todavía tenía cierta fortaleza a pesar del fracaso en Malvinas, su último manotón de ahogado tras la debacle económica en ciernes. Era un momento que el dolor de la tragedia se continúa con la salida hacia su gobierno y así el fin de la misma. Una sensación inigualable.
Alfonsín fue un Presidente con claroscuros en la gestión pero lo que nos queda claro a partir de la movida social que encarnó su desaparición es que su forma de ser encarna el tipo de dirigentes que la gente quiere ahora. Como en aquél momento de 1983 en el que indiscutidamente su convicciones fueron las que eligió el pueblo argentino para transitar la transición democrática, ahora su ida refleja la carencia de personajes políticos que demuestren en la actividad política algunas de las virtudes que supo tener el dirigente radical.
Tenía el valor agregado de un estilo campechano que acercaba y no alejaba, más allá de haber conseguido a través del diálogo permanente sus principales logros. Todos siempre pensamos que Alfonsín sería recordado en el tiempo por el ya legendario ?Juicio a las Juntas? pero quedó claro estos días que ese fue sólo un eslabón de la cadena del -respetuoso hasta las lágrimas- recuerdo popular. Hasta por ósmosis hoy se reconoce el Pacto de Olivos como un acierto de dos grandes dirigentes y no un oscuro entendimiento de espaldas al pueblo.
Los radicales era absolutamente lógico que estuvieran en este momento. Se trata de la desaparición física de su último líder, ya que después, con el siguiente presidente de ese signo llegaron prácticamente a la descomposición como fuerza política, reteniendo algunas pocas provincias e intendencias, muchas de ellas con el discurso y el dinero K de la concertación, que fundió biela con el voto no positivo. Mientras que algunos peronistas, y hablo de la gente y no de su dirigencia, entendieron que había que cambiar hoy al famoso ?gorila de Alfonsín? de los cánticos de la época por un respetuoso aplauso (o al menos silencio) hacia un militante de la política que más allá de aciertos y errores, el tiempo -y la gente- demostró que cumplió con creces el mandato de la historia para ese período. La moraleja sería que en democracia no hay que demonizar nunca -y menos a destiempo-, aunque le convenga al poder de turno.
Resulta cada vez más simple darse cuenta que donde se moviliza la gente por estos días no hay estructuras partidarias que las contengan ni que las convoquen. La gente sale a la calle cuando se le da la gana y lo hace por razones válidas algunas veces (y más banales o estúpidas en otras) pero es soberana ante la oferta de clientelismo. Ya se pueden distingir nítidamente ?y no es precisamente la diferencia entre radicales, peronista u otros- las movilizaciones que son clientelistas de las que no la son.
Cuando le tocaron el bolsillo con el corralito salió la gente en los centros urbanos y la historia terminó con decenas de muertos, cuando se lo tocaron al campo las movilizaciones rurales prácticamente paralizaron al país y licuaron de poder político a un gobierno recién electo casi con la mitad de los votos. Y ahora ésta.
Si tanta gente habló maravillas de las virtudes de un gobernante que se fue en medio una crisis hiperinflacionaria y de saqueos, las virtudes de aquella persona debieron ? y deben- ser mucho más importantes que sus desatinos, si no es difícil explicar lo que vivió este país las últimas 48 horas. Algún reclamo, alguna bandera, más convicciones y una dosis de honestidad, discusión hasta la pelea, pero de ideas, alguna actitud presidencial se debe haber llevado a la tumba ese animal político que fuel el gallego Alfonsín, para que existan estas líneas tras el reconocimiento social. Seguramente estemos necesitando en este momento político de la Argentina de todas esas cosas. Esa es la percepción de muchísima gente que lo votó en el 83, lo descartó en el 89, le respetó su retiro activo, su estilo de perfil militante y hasta sus nuevas amistades extrapartidarias hasta el 2009, y hoy lo acompañó a su descanso en paz, envuelto en el cariño popular. Quizás esa misma paz sea el norte de lo que necesitamos hoy y la gente marca el camino.