Rock, juventud y política
El martes 23 en Plaza de Mayo se hizo un festival por Mariano Ferreyra. Tocaron Onda Vaga, Karamelo Santo, Calle 13 y Damas Gratis, entre otros. La consigna, clarita y al pie: juicio y castigo por el crimen de Mariano Ferreyra. Fue la primera vez que un partido trotskista argentino pensó en grande no el sentido de la convocatoria, sino del instrumento. Ese día, por todas las redes sociales, circuló uno de los hechos culturales del año: la adhesión del enorme Carlitos Tévez al acto, solidarizándose con la familia y los compañeros de Mariano.
Un heredero modesto de Diego Maradona. Menos maldito, menos mito, menos gambeta, sin Nápoles encima, pero con una vocación de servicio sencilla: demostrar solidaridad en un momento donde necesitaban volver a poner en la vitrina la envergadura de la muerte del joven militante, luego del arrasamiento simbólico y material que naturalmente la muerte de Kirchner había producido.
Sin embargo, la relación entre política, juventud y rock, o música a secas, no es nueva. Sí era nuevo el salto hacia delante de una fuerza trotskista. Política, juventud y rock son las tres puntas de un triángulo urbano cuya superficie fue transitada cientos de veces: en marzo de 1973 cuando la Juventud Peronista invitó a los músicos de La Pesada junto a varias bandas de la incipiente escena local para festejar el triunfo del ?Tío? Cámpora en la cancha de Argentinos Juniors (de allí la genial frase de Charly García mientras hablaba Solano Lima: ?¿Qué hacemos acá??); cuando Viola en 1981 intentó dar señales de ?apertura moderada? y vio en el rock a un interlocutor válido para abrirse a la juventud y organizó una reunión con Charly García, David Lebón y Luis Alberto Spinetta que quedaría en la nada (de allí la genial canción de Charly después de la reunión mano a mano con el mismísimo Viola: ?Encuentro con el diablo?); o, más cerca de estos años, cuando en 1996, las Madres de Plaza de Mayo organizaron en Ferro dos días ?a puro rock nacional? para conmemorar el vigésimo aniversario del golpe de Estado de 1976.
La música, podríamos decir, tiene entre sus activos el de conformar una institución de esas cuyos contornos no son tan claros como los edificios de las escuelas, una fábrica o las universidades. Un recital se arma fácil y rápido en cualquier espacio público; bastan algunos músicos con sus instrumentos para definir un lugar diferenciado: el escenario de la banda. El rock, como música urbana, porteña, como alguna vez lo fue el tango, tiene otros méritos, puntualmente uno: la capacidad de aglutinar en un mismo momento, en un mismo lugar y por un mismo motivo a muchas, muchísimas personas de distintos lugares y clases sociales que, si no fuera por ello, no se hubieran reunido.
El festival, convocado para pedir justicia para una muerte joven (es difícil no pensar que en un ranking de muertes injustas, la de un joven militante desarmado se lleva uno de los primeros puestos), también fue una ocasión para volver a poner sobre la mesa las condiciones que llevaron a Mariano Ferreyra a estar presente aquella tarde en el barrio de Constitución. Acá van tres: la existencia de amplios sectores sociales a los que todavía no les llegó la bonanza y la formalización de los años de crecimiento a tasas chinas; la relación entre violencia y sectores sindicales, y la ausencia de vocación, voluntad y/o capacidad profesional de las fuerzas de seguridad para prevenir conflictos.
La muerte de Mariano Ferreyra obliga a la sociedad y a los poderes del Estado a que haya juicio y castigo, pero también, para que no haya sido en vano, obliga a atacar las condiciones que llevaron a un joven comprometido a estar peleando en vez de estar en la facultad, trabajando o simplemente con sus amigos disfrutando de la vida.