Publicado: 18/04/2026 UTC Nación Por: Redacción NU

"El verdadero problema no es vivir más, es vivir solos"

Por Laura Alfonso, especialista en Generación Silver y Longevidad. Especial para Noticias Urbanas.
"El verdadero problema no es vivir más, es vivir solos"
Redacción NU
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solos

Vivimos más años que cualquier generación anterior. Pero seguimos organizando la vida como si el tiempo fuera corto.

Diseñamos carreras, ciudades y vínculos bajo una lógica de adultez acelerada: estudiar, producir, retirarse, desaparecer. Ese guión todavía ordena nuestras instituciones, aunque la biología ya lo haya dejado obsoleto.

Diseñamos sociedades para adultos jóvenes autosuficientes: departamentos mínimos, trayectorias lineales, redes digitales que reemplazan encuentros reales. Familias más pequeñas y dispersas. Un mundo donde las conexiones se miden en “likes” y los vínculos se desvanecen con el “scroll”.

Eso no es longevidad. Es soledad disfrazada de progreso. El resultado es brutal. Personas activas, lúcidas y con experiencia pasan abruptamente del centro al margen. Se retiran del trabajo, se retraen del espacio público y quedan atrapadas en una vejez pensada desde la asistencia, no desde la pertenencia.

No envejecemos mal porque vivimos más. Envejecemos mal porque vivimos aislados. Por eso aparecen alternativas como el cohousing: Vivienda privada con vida compartida. Cada persona tiene su casa, pero comparte espacios comunes —cocina, jardines, salas de encuentro— y forma parte activa de una comunidad que se organiza para cuidarse entre pares. No hay pacientes. No hay internos. No hay encierro asistido. Tampoco lujo aislado. Hay autonomía con red. Es pasar del “arreglate solo” al “nadie queda afuera”. Es entender que envejecer no significa retirarse de la vida, sino seguir habitándola con otros.

Pero si decir que el cohousing es una puerta implica pensar la vida de otra manera, entonces hay un edificio completo que tenemos que rediseñar.

Porque el problema no es habitacional. Es el descarte con buena prensa. No alcanza con cambiar la forma de vivir si no cambiamos la forma de trabajar, de circular, de aprender y de pertenecer. Trabajo multigeneracional real —no cosmética de diversidad etaria—. Barrios que convoquen encuentros, no viviendas que aíslen. Cuidado organizado en redes, no tercerizado en instituciones opacas ni descargado sobre mujeres agotadas.

Formación continua después de los 40. Sentido compartido. Propósito. Comunidad. Mientras tanto, apostamos a soluciones tecnológicas: sensores, apps, robots asistentes. Muy eficientes. Muy solitarios. Ninguna máquina reemplaza un abrazo, una charla, una mano que sostiene. La tecnología puede asistir pero no puede amar. No es longevidad. Es abandono con Wi-Fi.

Lo que hacemos hoy con la vejez podría llamarse “parking social”: lugares donde se estaciona a la gente que ya no encaja en el ritmo productivo. No son hogares. Son depósitos de invisibilidad.

Y seguimos descartando experiencia, energía y vida útil como si vencieran con la edad: A los 45, caro. A los 50, prescindible. A los 60, invisible. Eso no es una falla. Es una elección. Y tiene consecuencias profundas.

Es una realidad que vemos todos los días: una sociedad que envejece aceleradamente, pero conserva estructuras pensadas para cuerpos jóvenes y trayectorias cortas. Personas que todavía pueden aportar quedan desconectadas del mundo productivo y del tejido social justo cuando más desean —y pueden— participar.

La longevidad no es el problema. El problema es la forma en que elegimos vivirla. Y acá viene lo incómodo: No estamos fallando porque no sepamos qué hacer.

Estamos fallando porque seguimos sosteniendo un modelo que expulsa cuando se establece con un número arbitrario que alguien deja de ser “productivo”.

Creamos ciudades que aíslan. Mercados que descartan. Sistemas que infantilizan. Políticas que llegan tarde. Familias agotadas. Instituciones indiferentes. Después nos sorprende la soledad.

Podemos seguir diseñando vidas individuales que terminan en soledades colectivas. Podemos seguir tercerizando el cuidado. Podemos seguir estacionando personas. O podemos asumir, de una vez, que vivir más exige vivir distinto.

Porque el futuro no se juega en edificios inteligentes. Se juega en vínculos reales. No se juega en más dispositivos. Se juega en más comunidad. No se juega en llegar a viejos. Se juega en no llegar solos. Y eso —aunque incomode— no es un ideal. Es una deuda social. Y la estamos pagando con soledad.

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