Lorenzo Quinteros
Hacer La Pecadora surge porque Romina Moretto y yo teníamos ganas de hacer algo juntos. Nos pusimos a buscar material. A ella le gustó, yo la conocía. La había visto hace doce años, con dirección de Cristina Banegas. Empezamos a armar el elenco y a pedir los subsidios para hacer la obra. Ahí ya nos embarcamos en los ensayos. La conformación del elenco no fue difícil. La pieza le gustó enseguida a la gente que se la mostramos para que forme parte del proyecto: tiene una buena distribución de los personajes, están bien construidos. Es fascinante, trata de la pasión. En cambio, en el Cervantes, estoy preparando Tango Turco, de Rafael Bruza. Ahí trabajan Rafael, Víctor Laplace y Claribel Medina. Las dos se estrenan para la misma época. Ésta primero y después La Pecadora, de Adriana Genta. En las dos trabajo con la misma escenógrafa, Gabriela Fernández, y con el mismo músico, Rick Anna. Es una especie de equipo que se armó. Voy a tener unas dos semanas muy tupidas de trabajo con los estrenos. Además, para complicarme la vida, que lo hago con mucho placer, me llamaron del San Martín para el Marqués de Sade.
Es un disfrute actuar y dirigir teatro. Es un desdoblamiento. Son funciones complementarias, que interactúan constantemente. Igual son funciones distintas y está bueno separarlas porque el actor, cuando actúa, no mide la escena desde afuera, ya que se requiere que esté muy metido en un trabajo específico, el actuar, el poner el cuerpo en escena. No quiere decir que no pueda estar al tanto de lo que sucede. Pero para llamarlo de una manera específica, es así y el director no debe competir con el actor cuando dirige, sino trabajar sobre la totalidad. Sobre aquellos elementos o mecanismos que sirvan mejor al actor con el que está trabajando y en todos los elementos que hacen a la puesta en escena.
Impasse 1: Lorenzo espera en un bar de la cuadra del Cervantes. Se pide un cuarto de pollo. Después tiene que volver al teatro para continuar con sus ensayos.
En Fin de partida hay actuación y dirección al mismo tiempo. Pero fue muy especial. Pompeyo (Audivert) y yo tomamos la obra como un desafío, que al final terminó siendo un disfrute absoluto. No caímos en un esquema competitivo: cuando uno actúa, el otro mira y dirige. Interactuamos todo el tiempo y la cosa se fue dando sola. Más que una dirección compartida hubo una ausencia de dirección, entendida como elemento jerárquico y jerarquizado. Primero está el texto, después está el director que lee el texto y le da un sentido, después los actores, el equipo de la puesta en escena que recibe las indicaciones de ese director y que se constituye, de alguna manera, en el gran diseñador del trabajo. Para romper eso nos sirvió la obra de Beckett.
Cuando me llaman de la televisión, si es algo que me interesa, lo hago: me llaman poco. Es un espacio que respeto pero nunca fui muy fanático. Podría buscar trabajo ahí, pero bueno... Pasa una cosa lógica (y no tengo nada contra eso): la gente que hace televisión trabaja más con los que se muestran interesados. Y yo anduve siempre en otra, desde que empecé en esto. Me acuerdo de compañeros míos que fueron a buscar trabajo inmediatamente a la televisión una vez que egresaron. Yo no. Hice teatro, armé grupos y demás. Tomé otro camino. La televisión me empieza a convocar cuando me hago conocido por el cine, con Hombre mirando al sudeste, pero ya tenía armada mi vida en el teatro y en el cine. Después se hizo menos frecuente. Pero siempre estuve en el teatro, ya sea actuando, escribiendo, enseñando. Son rumbos que uno toma.
Impasse 2: Hablamos de actuación y todos los ribetes que implica la misma. Parece un teórico de la facultad. Lorenzo es serio pero no parco. Es atento y respetuoso. Responde a todo e incluso se abre a cierta autocrítica sobre su carácter.
El hecho de que haya dos tendencias en la actuación es de siempre. En la época de Stanislavky, hubo un libro que trabajaba sobre la idea de si el actor era un artista que creaba o era una persona que era fotografiada. Ahí ya aparecía esta dicotomía. En el teatro siempre fue así, más en el teatro actual. Afloró la personalidad del actor y todas las metodologías que trabajan sobre la introspección y el trabajo de la persona. Yo creo que el actor siempre compone, pero se habla de la composición tomando en cuenta, únicamente, a la exterioridad, no la interioridad. Si convivo con emociones y sentimientos que no son míos sino productos de la dialéctica que se crea entre el actor y el personaje, resulta algo que no es uno. A esto lo llamo ?composición?. En la actualidad, hay un teatro que reniega del trabajo del actor más que de la composición. Al actor se lo ordena demasiado, como si fuera un servidor del autor. Ojo, no me parece mal pero lleva a que el actor tenga un rol de ?ejecutante?. Así, ves actuaciones chatas, de poco vuelo, pero que en alguna concepción pueden parecer muy buenas.
A veces pienso que no debería encerrarme tanto en mí mismo, abrirme a los demás. Aceptar más las críticas y asustarme menos. Soy provinciano y cuando vine acá lo era aún más. Esto me jugó en contra en mi carrera pero también a favor. Las cosas tienen una doble cara. En contra, porque tengo pocos amigos en el ambiente. Nadie me llama por amistad. Pero también a favor, porque me resguardo de cierto farandulismo e histeria que convive con esta profesión. Desprecio los vedettismos, el no valorizar el trabajo por pensar en estar en la tapa de. El éxito es lograr lo que uno se propuso y no es simplemente levantar buenas críticas o que vaya la gente porque, a veces, la gente va a ver obras carentes de valor artístico. Lo importante es que no hay que perder la visión de que el arte teatral es un campo de investigación permanente. sin que esto signifique solemnizarlo.