Publicado: 25/08/2026 UTC Nación Por: Carla Lunatti

La historia de Giselle Continanzia y el hogar que abraza bebes vulnerables

Con la premisa de que el amor es sostén, la dirigente creó el Hogar Mahatma para bebés bajo medidas de protección excepcional.
La historia de Giselle Continanzia y el hogar que abraza  bebes vulnerables
Carla Lunatti
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giselle continanzia

La historia de Giselle Continanzia está atravesada por el dolor, pero también por una decisión: transformar las experiencias difíciles de su propia vida en una oportunidad para proteger a otros. A los 48 años, esta mujer está al frente del Hogar Mahatma, una institución creada en Mar del Plata que recibe exclusivamente a bebés de cero a dos años que se encuentran bajo medidas de protección excepcional. Su compromiso con la primera infancia nació de una trayectoria marcada por pérdidas familiares y experiencias dolorosas durante su niñez. “Algo que aprendí a través de sus partidas, es a encontrarle el para qué a la vida. El por qué no lo vamos a saber nunca”, explica.

Continanzia perdió a cuatro de sus ocho hermanos y lleva consigo un colibrí cuyos colores representan a sus familiares fallecidos y a su abuela. También reconoce haber atravesado durante su infancia situaciones de abuso y ausencia de protección. Esa experiencia terminó convirtiéndose en una motivación para intervenir en la realidad de otros chicos que atraviesan situaciones de vulnerabilidad. En marzo de 2020 creó el Hogar Mahatma, después de haber sido voluntaria en un asilo y de realizar una pasantía en el Hospital Materno Infantil de Mar del Plata. Allí conoció a bebés que permanecían sin visitas y necesitaban cuidados básicos y afecto. “Había cuatro bebés a los que las mamás no venían a ver y había que darles la mamadera, estimularlos, acompañarlos”, recuerda.

Uno de esos bebés generó un vínculo especialmente fuerte con Giselle, que junto con su entonces marido intentó adoptarla. El trámite finalmente no prosperó, pero aquella experiencia la llevó a investigar qué sucedía con los niños que quedaban bajo protección judicial. “Me explicaron que esos nenes después se iban a un hogar. Empecé a investigar y a averiguar qué era un hogar, me empecé a involucrar, y eso me fue llevando por este camino”, relata.

Con la ayuda gratuita de un estudio de abogados, fundó la ONG Poniendo el Alma, consiguió una casa en el centro de Mar del Plata y reunió al equipo necesario para poner en marcha el proyecto. El nombre Mahatma significa “alma grande” y remite a la figura de Mahatma Gandhi.

El hogar funciona como refugio para bebés que, por decisión judicial, no pueden permanecer con sus familias de origen. Allí llegan niños cuyos padres no pueden garantizar los cuidados necesarios, atraviesan situaciones de violencia o adicciones, o bebés que son dejados en hospitales sin que nadie los reclame. Continanzia evita definirlos como “abandonados” y plantea otra mirada: “Para mí un niño que se deja en el hospital es un niño que se pone a resguardo, no es un niño abandonado”. Actualmente, según el artículo, Mahatma es el único hogar del país dedicado exclusivamente a niños de cero a dos años.

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Una de las particularidades del proyecto es el cuidado de la historia personal de cada bebé. Giselle decidió que el hogar no debía convertirse en un espacio precario y que los niños debían contar con objetos nuevos y un ambiente digno. “Desde mi mirada de niña, me planteé: ‘¿qué es lo que a mí me faltó y yo puedo ofrecer?’ A partir de ahí es que arranqué”, explica. También creó cajas personales donde se guardan recuerdos y pertenencias de cada niño, desde un mechón de pelo hasta la pulsera utilizada durante su paso por neonatología. “Tratamos de tener todo ese registro que una mamá tiene de su hijo, para que tengan su historia contada. Eso construye su personalidad desde otro lugar”, sostiene.

Para sostener esa tarea, Mahatma cuenta con un equipo técnico integrado por una abogada, una médica, una trabajadora social y una psicóloga, además de catorce cuidadoras o referentes afectivas que se ocupan de alimentar, bañar, acompañar y dormir a los bebés. La organización busca además mantener cierta estabilidad en los vínculos: cada niño tiene asignada una cuidadora por turno y son siempre las mismas tres personas las que se ocupan de él. “Cada nene tiene asignada una cuidadora por turno, que son siempre las mismas tres, para que se acostumbren a sus tonos de voz, a cómo los agarran”, explica Continanzia.

El vínculo construido durante esos primeros años parece permanecer incluso después de que los chicos dejan el hogar. Continanzia cuenta que algunos regresan tiempo después y reconocen inmediatamente las voces y a quienes estuvieron a cargo de sus cuidados. Uno de los recuerdos que más la conmueve es el de una niña que volvió a visitarla a los cinco años. “Entró, se me subió a upa y no la podían sacar. Ese abrazo para mí es todo lo que está bien y resume todo lo que ella vivió acá. Es como un gracias eterno que quedará en ella y en mí también”, relata. El hogar también organiza encuentros de egresados para reunir a los niños y a sus familias adoptivas.

Sin embargo, el principal desafío para Mahatma continúa siendo económico. El aporte estatal no alcanza para cubrir todos los costos y la institución necesita recurrir a donaciones y solidaridad para mantener su funcionamiento. Continanzia busca visibilizar la problemática de los niños institucionalizados y cuestionar los prejuicios que existen alrededor de la adopción y de quienes crecen en hogares. Su objetivo, asegura, es continuar mientras pueda y dejar un camino para quienes quieran seguirlo. “Lo único que ellos desean en la vida, es tener una familia”, afirma.

Y resume su filosofía con una definición contundente: “Me gustaría que la gente tenga una mirada más compasiva de los chicos que están en los hogares, que se entienda que son iguales a todos y que, si bien es verdad que tienen una historia de vida difícil, esa historia de vida se puede cambiar con amor, porque el amor construye siempre y es lo único que les va a dar una posibilidad”.

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