Publicado: 08/06/2026 UTC Nación Por: Antonio Lizzano

Mi genio amor, música para pastillas y la rebelión eterna

Una crónica singular de una época en la que Patricio Rey se hizo masivo y políticamente peligroso.
Mi genio amor, música para pastillas y la rebelión eterna
Antonio Lizzano
indio solari

Para Claudio.

Todo se oscurecía de golpe, la adrenalina a punto de estallar, era el comienzo de un ritual de guerra y arrancaba una hiriente guitarra y una machacante batería que hacían que el público explotara y comenzara a saltar al grito de “hey, hey, hey”. “Nuestro amo juega al esclavo” era la canción manifiesto con la cual Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota arranca los conciertos en Obras Sanitarias a comienzos de los noventa.

“Mucha tropa riendo en las calles, con sus muecas rotas cromadas y por las carreteras valladas escuchás caer tus lágrimas”, cantaba el Indio Solari y era imposible no pensar en esa “maldita” policía que rondaba en el AMBA y que la premonición de “los redonditos de abajo” ya vislumbraba como el brazo ejecutor y represor de un sistema que te cura o te mata y que para finales de los 90 iba a dejar por el camino a miles de luzbelitos suburbanos.

“Nuestro amo juega al esclavo de esta tierra que es una herida que se abre todos los días a pura muerte, a todo gramo”, continuaba el Indio y remataba con una frase que era un estandarte de lucha y una definición implacablemente cierta: “Violencia es mentir”.

Los 90 marcaron un quiebre en la historia ricotera. No solo por la masividad, hubo varios cambios casi al mismo tiempo. Con la controversial llegada de la banda al “templo del rock” de la Avenida Libertador, el sonido del grupo también pasó a ser más duro al dejar de lado las dos guitarras de los dos primeros discos y Skay hacerse cargo de todo. Los climas hipnóticos de la combinación de violas de Tito Fargo y Skay que lograban un sonido hipnótico y perturbador, ideal para los sitios donde tocaron en los 80, en los 90 el rock para los dientes cambio el sonido ricotero. Una prueba de eso es el tema “Camila” luego rebautizado “El rock del Negro Atila”. La hechicería pasó y llegó la dureza del rock visceral sin perder el estilo ricotero. Y a eso, hay que sumarle el asesinato de Walter Bulacio a manos de la policía durante un procedimiento que se hizo en un recital en Obras a principios de los 90.

El público también cambió. De esa troupe de locos, intelectuales, bandidos, etc, se pasó a unos chicos huérfanos de casi todo que seguían a la banda como un ritual profano y futbolero.

Pero en la esencia, el Indio Solari nunca cambió y Patricio Rey menos.

Para entender la multitud que despidió al Indio hay que entender en lo que se transformó la banda (desde los 90 en adelante) para esos chicos y para los que vendrían. Solari fue para ellos “el único héroe en este lío”. Y lo fue porque el sistema desató toda su crueldad con los que menos poseían.

Todo salió a la luz y ya no había vuelta atrás. La política, la sociedad, los medios, el mundo en general, se convirtieron en lo peor de los peor. Por eso, “violencia es mentir” se transformó en una bandera que el Indio, como pocos, logró, en esa definición, resumir el estado de situación de las cosas.

Esos shows de Obras fueron un nuevo principio que ya no se detendría más. Los que fuimos testigos de eso lo vimos venir con los ojos ciegos bien abiertos. Y por eso, fueron más que una banda y el Indio más que un poeta cantante.

Con la independencia para moverse en la industria del rock, con letras y músicas únicas, con su no aceptar tocar en la televisión y sus punzantes declaraciones, los Redonditos de Ricota rompieron los esquemas y el molde y se transformaron en leyenda, mitos, religión, fanatismo y sobre todo honestidad, en un mundo donde esa palabra ya no existía para los jóvenes ricoteros.

En los 80, Solari escribió un texto en la icónica revista “Cerdos y Peces” del imprescindible Enrique Symns que definió, aún sin quererlo, a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota de una manera magistral: “Somos el miedo de los gobiernos que mienten en nombre de la verdad. El miedo del poder militar, económico y jurídico que impide la comunicación humana de pueblo a pueblo. Somos el miedo de la soberanía de los piratas del mundo que mutilan el estado de ánimo e impiden las emociones reveladoras. Somos el miedo del poder de los déspotas que reside en mecanismos impersonales. El miedo de las estructuras burocráticas que desalientan las conductas exploratorias. El miedo de las grandes fortunas que se robaron de los derechos naturales. El miedo de los centros de poder que amenazan con la destrucción total. El de esos varones sensatos y ‘prácticos’ que desean dejar su huella en la historia y creen solamente en lo que pueden forzar y controlar. Somos el miedo de quienes nos adiestran a ser corteses cuando alguna institución nos pisotea. El miedo de quienes temen a los cambios pues su status depende de la rutina y del tiempo de otras personas. El miedo de las tecnologías caprichosas que nos obligan a valorarlas adoptando siempre sus supuestos básicos. Somos el viejísimo miedo agazapado en todos los rincones del Imperio y estamos encantados… ¡encantados!”.

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