Publicado: 16/08/2006 UTC General Por: Redacción NU

La oposición es una falsa presencia

La particular coyuntura política del momento se caracteriza también por la ausencia de un proyecto ideológico de oposición al actual, lo que vuelve muchas discusiones estériles, por voluntarismo o por encubrimiento de alianzas a futuro
La oposición es una falsa presencia
Redacción NU
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La oposición política, económica e ideológica que hoy busca recuperar fuerza y terreno frente al “buen tiempo” que atravesaría el kirchnerismo en la encrucijada, expone de distintas maneras cómo se ha instalado en la escena nacional. Escena con sus características nativas clásicas y posmodernas. Con sus renovadas formas opositoras de actuación e interpretación de sí misma. Fenómenos difíciles de leer de una vez. Mucho menos de situar con precisión.

Se trata de una pura actualidad histórica de mutaciones y reciclados discursivos de impacto y olvido, donde salvo la temeridad “científica” de las encuestadoras (escudadas en el mito de los 1200 casos) ni los propios referentes y figuras políticas de esa oposición saben en realidad donde están parados (…)

Peligro de los “oposicionismos”

Las elecciones del 2003 corroboraron que la crisis estallada no volvería a encontrar el estilo de negocios entre sus dos grandes partidos. Pero las elecciones tampoco abrieron con claridad un nuevo campo: tres peronismos y tres radicalismos derivados mezclaron memorias, acusaciones y versiones autobiográficas absolutorias.

Los mundos simbólicos se desplegaron como una caja de Pandora que en muchos casos imposibilitó distinguir jueces y culpables. En este tiempo de opositores, el juego político de la autenticidad devino rápidamente en todos ganan, todos pierden. Cuando el gobierno, surgido en el 2003 desde este clima, se situó como oficialismo y a la vez como opositor (a una historia y a poderes sobrevivientes de la catástrofe) la oposición perdió papel y brújula: fue una oposición dificultosamente enmarcables en un proyecto alternativo.

Peligro de una antipolítica

La oposición y el oficialismo no pudieron escapar, en estos años, a un juego de deslegitimación recurrente, también en gran parte producto del 19/20 de diciembre, donde para defender la política contra sus formas corporativas y corruptas, se atacó a la política, llevándola a noticia judicial o delictiva para alcanzar audiencia.

Atacando a la política, quedaba confirmada la crispación antipolítica que dio pie al fin de la Alianza, y en donde seguirían todos incluidos: gobierno y oposición. Por lo cual la escena nacional es un sinfín que empieza donde termina y termina donde empieza. Un perpetuo grado cero de la credibilidad.

El gesto de irreconocimiento y destitución del otro (desde el gobierno como desde la oposición) resultó la forma en que derivó aquel diciembre del 2001, cosa que básicamente perjudica a la oposición, porque no tiene, como contrapartida, un poder hacer afuera de las palabras.

Peligro de virtualización

El cada vez más notorio descentramiento entre una democracia política institucional y una democracia mediática, gesta otra oposición. Una cosa pasaron a ser las cifras de los escrutinios cada dos años y los votos de las sesiones legislativas: esto sería la política gris, antigua, reducida al evento representativo de determinadas jornadas ubicadas en una suerte de autismo social.

Luego, lo mediático hegemónico constituye diariamente otras votaciones de las cosas, donde todo se vuelve equivalente al melodrama. Esta disparidad entre las dos democracias, cada vez más acentuada y también asumida por el gobierno con su interpelación áspera a los medios, aflige sobre todo a la oposición.

Porque la lógica de los medios audiovisuales hace reinar siempre su fondo discursivo determinante: nunca deja de ser un mundo virtual, imaginario, aparente, que se traga a sí mismo y por eso entretiene. En esa diferencia entre dimensiones democráticas, el oficialismo extrae beneficio.

Por cuanto el gobierno más claramente viene de afuera: desde la política, desde el poder sobre las cosas. En tanto la oposición corre el permanente riesgo de no poder salir de la programación, del set, de la virtualidad, del centimetraje: cuanto más quiere situarse ahí para hacerse oír, más se aparta del mundo verdadero donde las cosas serían, por lo cual progresivamente cumplen en realidad una función de falsa presencia.

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