Política primaria
El intento ?desestabilizador? de fin de año falló. Y falló porque no estaban dadas las ?condiciones objetivas? que se necesitan para hacer una revolución. Pero, como pensaba el Che Guevara Lynch, las condiciones subjetivas estaban.
Aclarando en primer término de qué revolución hablamos, las condiciones del desgaste institucional final sobre Cristina, sobre su gobierno, después de que el boom de la muerte de Kirchner migrara hacia el descenso a las cenizas de un mito módico, ahí, cuando Cristina ya es sólo una presidenta, estaban dadas.
Simultáneamente se produce el alumbramiento de una racionalidad férrea y más limpia que la del ?doble comando?, cuando los cambios vertiginosos (como el nombramiento reciente de Garré al frente de la nueva cartera de Seguridad) asoman con la virtud de una mayor profundidad y menor cálculo. Pero se trata de un escenario transicional más frágil mientras se despeja la niebla espesa del llanto de la muerte y la violencia de fin de año.
Puede decirse que algunas fuerzas ?invisibles? intentaron y pusieron mucho para construir un escenario artificial que oliera a 2001, a crisis y desmadre social, a corralito furioso. Porque, ¿qué es un argentino adentro de un cajero vacío? La imagen final. La película del miedo. Un día de furia.
En este contexto, emerge una razón secreta de las batallas públicas: la adaptación a la Ley de Reforma Política, la Ley Nº 26.571, que reza por la ?Democratización de la Representación Política, la Transparencia y la Equidad Electoral?. También la crisis social es un modo o una excusa (si se la amplifica) de cerrar el paso al esperado ordenamiento de la política. (¿Esperado por quién? Ok, corrijamos la frase: ?Al conservadurismo al que debe tender todo sistema?).
De eso se trata. De que los partidos políticos trasunten el ripio de un camino donde deben transparentar sus metodologías de selección de candidatos. En ese contexto el manoseo de las fechas electorales suele no tener demasiadas excusas, más allá del tacticismo obvio al que responde. Macri lo sabe.
Al paquete de elección de comunas, municipio y nacionales se suman las primarias obligatorias. Y muchos, como los de Proyecto Sur, amenazan con ir a sus propias internas previamente para llegar con lista única a esas primarias.
¿Qué dice la ley? Según Pino Solanas, la ley no aclara que no se pueda ir con lista única a las primarias. Por lo tanto, con sus propias internas encima, llegan unidos, limpios y asegurados a las primarias abiertas que consideran una amenaza (como todo según su visión en esa ley) a las ?fuerzas emergentes?.
Digamos, en desmedro de esta ley, que desde el vamos fue vista como una norma que venía a fortalecer y a reponer un esquema bipartidario y que corría en deterioro de los partidos chicos. O sea: PRO, Proyecto Sur y demás emprendimientos. Hasta Martín Sabbatella hizo público en aquellos días de votación su disidencia con el oficialismo nacional.
Pero el objetivo de la ley es crítico y a la vez sensato: atacar la atomización política, la fragmentación, el ?show de siglas?, ese derecho espontáneo de que cada figurón político, cuando pega algún hit, erige su cuchitril político desde el cual lanzarse.
Sin embargo, esta actitud forzada que compromete la ley (con las primarias abiertas y obligatorias a la cabeza) quizás no pueda dar una solución al problema profundo y de base que explica esa situación de archipiélago electoral pos-2001: la intensa crisis de representación política.
Sí puede, a lo sumo, generar una tendencia de mayor solidez orgánica para las estructuras partidarias. Pero esas estructuras amenazan con ir a internas, desconociendo el llamado legal a primarias, advirtiendo un desacato desde el vamos. Digámoslo así: la ley salió, fue en su momento denunciada como un no sé qué número de nuevo ?Pacto de Olivos? y se pondrá a prueba en este difícil año.
El joven politólogo Alejandro Sehtman (habitué escriba de los blogs Artepolítica y La Barbarie) dice al respecto en un razonamiento global que sirve de conclusión: ?En un país en el que la política siempre ha excedido largamente a la representación partidaria, la polémica en torno a la nueva normativa que ordena esa esfera tiene una ambición excesiva. La mayoría de las intervenciones parecen ignorar (o pretenden ignorar) que lo que está en juego no es más que una necesaria redefinición de las reglas que regulan las prácticas internas y la interacción de una de las instituciones políticas que más se desgastaron en estos años de democracia. En ese sentido, no puede sino saludarse que la reforma de la representación partidaria y la competencia electoral no se haya realizado al calor del sentimiento antipolítico sino en un momento en el que los agrupamientos partidarios recuperaron una buena parte de su capacidad de articular las demandas de la sociedad?.