La memoria ardiente de Bonasso
«ÉSTA ES LA REALIDAD», se dijo. El Jumbo estaba suspendido en el abismo circular, indiferente a los propósitos humanos de volver, viajar o aterrizar. Pero no era a esta realidad transitoriamente eterna a la que se refería mentalmente mientras miraba por la ventanilla. Tampoco pensaba en la otra realidad de ese presente: la espesa carnalidad del tipo de al lado que roncaba con indiferencia no menos sideral, ni el ámbito previsible de la cabina en penumbras con cuatrocientos desconocidos que se resignaban a esperar o buscaban en una revista, un whisky o simplemente el sueño, la indispensable noción de normalidad que les permitiera seguir viviendo”. Así arranca en penumbras el último viaje del escritor Miguel Bonasso. Un traslado experimental que llevó a una platea completa a los confines de las almas.
Fue el martes 3 que se presentó en el Paseo La Plaza el concierto de rock y novela “La memoria en donde ardía”, con Bonasso y el grupo El juguete rabioso, que se reunieron especialmente para la partida. Una historia sobre los argenmex, el exilio y el regreso. Una antigua idea de Bonasso y El juguete, que le dieron vida a la presentación de música y pasajes del libro “La memoria en donde ardía”. El diputado sentado en una mesa de cafetín sobre el escenario, encaró el micrófono que se le hizo carne, rodeado por la banda de rock que comanda su hijo Federico Bonasso.
Y así, entre música y literatura, se caminó por el exilio mejicano de más de una década del escritor.
“Era otra realidad, vuelta hacia los cristales del pasado o enfilada hacia un problemático futuro. Una realidad escindida que a fuerza de pérdidas, ausencias y derrotas, nunca lograba integrarse para cerrar un círculo y elevarse a la siguiente vuelta de la espiral. Le molestaba su propia falta de dolor, de alegría, de frenesí; ese proyectarse continuamente y hurgarse desde afuera como un entomólogo. Suspendido él también en un espacio esférico y lunar, se dejaba transitar por hilachas de recuerdos imprecisos que cabalgaban a gran velocidad hacia el poniente de su memoria”.
En 1990, el grupo que integra Federico, compuso una canción con el nombre de la novela de su padre, y la idea del concierto comenzó a gestarse, hasta su concreción muchos años después. A principios de 2006, estrenaron en el malecón de La Habana ante el disfrute atento del comandante Fidel Castro, que aplaudió de pie el convite. Después, fue el turno del concierto en el DF de México, con gran respuesta de público y prensa. Un largo recorrido hasta llegar a la calle Corrientes.
«No nos abandones, pinche argentino. No te olvides que has dejado de ser un porteño for export y te has convertido en un híbrido superior». Las despedidas todavía crepitan como chicharrones en sus intestinos fatigados por diez años de diarrea ininterrumpida y sus tripas macóndicas gimen y se retuercen a consecuencia de los litros de ron, la salsa verde y el mole poblano de los últimos días. Ni siquiera cuando se detienen en la escala de Lima logra cobrar conciencia, con el bobo y no con la “zabeca” de que está por regresar a su Buenos Aires, tras once años de obligada ausencia”.
La música de la banda sube el volumen y remata para darle paso a otro remate, el del escritor.
“Los miedos como negros aleteos en el corazón. Susana, la puta que lo parió, once años. Vuelvo desde vos, hacia vos”.
Existe un antecedente que dio origen a esta idea: el “Concierto para rock y novela policíaca” que El juguete rabioso realizó con el escritor mexicano Paco Ignacio Taibo II en 1990. El concierto de fragmentos de la novela y canciones escogidas, fueron intercalándose o sumándose en un mismo hilo conductor: la necesidad de memoria.
«Parece que estuviera refundando el Movimiento», pensó Sergio, mientras lo escuchaba hablar. Recorrió con la vista a todos los presentes: ya no era la Armada Brancaleone de otros tiempos, cómica y trágica a la vez; ahora se trataba de un grupito insignificante de náufragos desorientados y envejecidos, que nadaban desesperadamente contra las aguas del olvido cuando ellos mismos ya habían sido olvidados”.
El personaje de la novela, Sergio Di Rocco, es un argenmex. Ese híbrido cuyo corazón ha quedado dividido en dos patrias. Las canciones de El Juguete también son portadoras de esa nostalgia, primero heredada y luego propia de los trasterrados. Su coincidencia con los textos del libro permite la cohesión del espectáculo como si hubieran sido concebidas ex profeso para el mismo. Como Ulises, Di Rocco emprende un terrible viaje hacia las sombras, buscando finalmente el regreso a una Itaca que le han transformado o arrebatado, y que sin embargo representa, aun, la única redención posible.
Dos horas de pólvora pasaron entre abuelas, madres, hijos, compañeros desaparecidos, muertos, y animales.
“Al volverse modosos y atentos le cambiaron el ánimo. Entonces los apreció en la nueva catacumba, apiñados para darse calor, desamparados en la noche de los posibilistas y los bienpensantes, de los programados y los satisfechos, y empezó a intuir la índole final del rito que estaban celebrando.
Los comparó a los hombres-libro de Bradbury, que habían logrado cruzar el río, más allá de los perros metálicos y los bomberos incendiarios, para convertirse en El Quijote, en Papá Goriot o en Operación Masacre, para evidenciarles a otros lo que no querían recordar del Eclesiastés: que quien añade conciencia añade dolor, Bordenave, pero es ese dolor, querido amigo, el que mide la estatura del hombre”. La intensidad de la música sube teniendo en cuenta como límite la voz de Bonasso, en el embate final.
“Sergio rogaba para sus adentros por todos los Pablos y Valerias que esa noche había tenido la suerte de encontrar. Porque desde los Beatles hasta Silvio Rodríguez, desde Charly García o Leon Gieco hasta El Juguete Rabioso, habían inundado su vida de una música paria que atraviesa los grandes escenarios del mundo, de una nueva comunidad hecha con zapatillas de básquet, de pelos alzados en las madrugadas jodidas de todas las ciudades, de gritos pavorosos que atravesaban al final de milenio como el lamento de las yubartas, de baladas donde invertían su ternura rechazada. Carnaza fresca de las guerras y las transacciones, ahora convenientemente modernizadas, seguían siendo ¡carajo! sus hijos, la sal de los pueblos, el conjuro frente a los fracasos del siglo, la repetición subversiva de la esperanza”.
Final a voz en alto y pasional, con el puño cerrado. Miguel, el militante, el combativo, el escritor, el diputado, sale disparado de la silla, para pronto volver y fundirse en un emotivo abrazo con Federico. El Jumbo toca pista, y los dos, padre e hijo, son dos aparecidos que juntos y en lucha, bogan por la memoria en donde ardía.