La plaza que dejó la muerte de Néstor
Están los que andaban lejos. Y en su muerte sintieron temor a que todo ese piso se perdiera. En el fondo, los simpatizantes lejanos confiaban también demasiado en él. Y sentían que no hacía falta el ejercicio de sobreactuar un respaldo que no consistía necesariamente en una demostración pública. Porque, al revés de su encíclica de ?la vuelta de la política?, el kirchnerismo y su desierto de lo real pulverizaron eso que se llama espacio público. ¿De qué modo? ¿Reemplazando política por Estado de una manera tan profunda y concreta? Pero esa periferia ?que sí, que no? amaneció y fue a la plaza porque más que el kirchnerismo lo que no está dispuesta a tolerar es su ausencia. La ausencia del kirchnerismo es peor que el kirchnerismo, mascullan.
Están los que simplemente hicieron las cuentas de estos siete años y evaluaron (más que antes de votar) cómo les fue en este tiempo: sus jubilaciones, su formalidad laboral, su lista de electrodomésticos comprados, sus viajes, las mieles de las tasas chinas.
Hay que decir también que transcurríamos ahora una segunda mitad de año marcada por un fuerte estallido de contradicciones al interior del kirchnerismo: la elección trabada de la CTA, la central cuya bandera es la democracia, obturada hace meses por una indefinición donde se cruzan acusaciones de todo tipo; la contradicción de Milagro Sala en esa misma elección ofreciendo un costado ambiguo de autonomía y sujeción al proyecto de Estado; la ?rebelión invisible? de Scioli, mostrando una especie de amenaza de la ?sensatez? del peronismo; la muerte del militante Mariano Ferreyra, ocurrida en un flanco no iluminado del entramado de relaciones que hacen al proyecto y que ponen bajo la luz al sindicalismo peronista?
La muerte de Kirchner trasciende esta seguidilla pero no puede ser narrada por afuera de esta línea. Es su tiempo, su clima, aunque lo haya roto en la fuerza de la caída. Pero los escombros de estos días tienen esos nombres: dicen Ferreyra, dicen Scioli, CTA, Moyano. La muerte de Kirchner permite leer el mensaje del cuerpo de Kirchner. No hay cuerpo que aguante.
Están los que no fueron a la plaza pero que se amuchan en ese grueso y gaseoso 70 por ciento que ahora (y hay que ver hasta cuándo) apoyan a Cristina y que es una enorme demostración de amor, porque es una energía producida por una muerte cardíaca, es decir, por algo que ocurrió ?más allá? de las querellas y ?a la vez? sólo a causa de ellas; y es en esta señal, en este plus afectivo, en esta comprensión final de una figura medular, donde deben encontrarse algunas claves de cómo seguir, sin bajar banderas, sabiendo que no se puede ir el cuerpo en esto, que Néstor Kirchner demostró, una vez más en la historia argentina, lo al pedo que es morir.
De su muerte tienen que volver más sabios. Y están los que fueron a la plaza, y que reflejan la imagen de la crisis de 2001, de donde también nació el proyecto kirchnerista: la plaza de estos dos días de despedida que dialoga subterráneamente con aquella vieja del 19 y 20 de 2001, hoy vista como bisagra entre dos épocas.
La misma plaza llena de jóvenes para pedir que se vayan todos ahora despide a un líder justicialista de 60 años.
La minoría que fue a la plaza tiene que dispersarse en la inmensa mayoría que no fue. La minoría de la plaza del adiós al líder no tiene que creer en su representación. Es una avanzada hermosa que camina más allá de los efectos materiales de la época, aunque su vigor los exprese. Hay millones que miran por tevé el acting afectivo de miles. Puentes ya.