El peronismo se debate entre dos referentes que no quieren conducirlo
El peronismo atraviesa en los últimos años una crisis que se avizora casi idéntica a la que atraviesa la Argentina. Son tan parecidos el uno y la otra que se asemejan a aquella leyenda de los gemelos que, aunque estuvieran separados por la distancia, se enfermaban y se curaban al mismo tiempo de los mismos males.
Existe una crisis de identidad en el movimiento político más grande de la Argentina, aunque de todos modos sigue ejerciendo una influencia tan poderosa sobre la sociedad, que en los últimos 80 años -y, en especial, en los últimos tres- se gobernó y se hizo política a favor y en contra de su doctrina y de su ideario.
La derecha conservadora argentina fue siempre tan influenciada por la sombra del peronismo, que no hubo crisis en las que no se le echaran las culpas a éste, que desendeudó al país (excepto Carlos Saúl Menem, que fue alumno dilecto de los liberales), desarrolló el mercado interno e industrializó a una Argentina siempre agredida por el neoliberalismo, que entrega sus riquezas a cambio de nada.
Paralelamente, esta situación devino en la fragmentación social, la dependencia de créditos externos, una economía en la que los beneficios se concentran en pocas manos y un sistema educativo y una estructura de salud arrasados. Tanta adversidad, que no provocó la misma respuesta social de otras épocas, configuró un sálvese quien pueda, que llevó en estos días al surgimiento de una actitud de empatía con los agresores, similar a la que se describe en la definición del “Síndrome de Estocolmo”.
¿Una reacción?
En estos días se está reconfigurando hacia el interior del movimiento la definición del sujeto social que debe representar. El obrero sindicalizado es una minoría dentro de la clase trabajadora argentina. Quienes conforman este sector, incluso, son considerados por los trabajadores más jóvenes como privilegiados porque cobran un sueldo y tienen obra social, aguinaldo, vacaciones y hoteles del sindicato para veranear. De todos modos, en esta época estos “privilegios” escasean, aún para aquellos.
Tampoco los trabajadores “de cuello blanco” se sienten representados. Incluso, el secretario general de uno de sus sindicatos es radical y tiene discurso de izquierda, muy diferente del modelo tradicional peronista. Para mejor, su convenio laboral es bastante bueno, por lo que allí prende el lenguaje progresista.
Redefinir las prioridades exige, antes que nada, acordar entre distintos y eso no es tan fácil para los peronistas por estos días, concentrados como están en proyectos basados en caudillos y personajes y no en un modelo político para alcanzar la Justicia Social, la Independencia Política y la Soberanía Económica.
Más allá de las ambiciones de sus dirigentes, sería de sabios, en primer lugar, obturar el camino de la derogación de las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO), que será la primera misión del flamante jefe de Gabinete Diego Santilli. Milei es muy conciente de que si hay PASO, hay derrota.
También sería de sabios para el peronismo el hecho de sostener una alternativa unificada. Nadie sobra en esta época de vacas famélicas, en la que pareciera que la adversidad será eterna.
Las diferencias internas tienen que ver con la tormentosa vida interior del peronismo, que debió soportar primero el exterminio de su militancia en los ’70. Luego, en 1983 apareció en primer plano una generación de dirigentes, antes de segunda línea, que no estaban a la altura de las circunstancias. Después, en 1987, surgió la Renovación Peronista, que fue una mala versión de una corriente liberal izquierdosa, más cercana a la socialdemocracia que a la tradición peronista. El emergente de la Renovación fue, finalmente, Carlos Saúl Menem, que no era socialdemócrata, pero lo mismo aplicó políticas neoliberales y entreguistas como el peronismo no había visto jamás en uno de los suyos.
Luego, tras el breve interregno de Fernando de la Rúa, llegaron primero Eduardo Duhalde y luego Néstor y Cristina Kirchner. Aquí la ecuación cambió. Hubo políticas de defensa de la soberanía, de desendeudamiento y, en especial, la oficina del Fondo Monetario Internacional fue clausurada y sus funcionarios, invitados a retirarse hacia sus lejanos aposentos.
La economía, entretanto, transcurrió entre aciertos (algunos) y errores (algunos más). La gran diferencia se notó en la inversión pública. Se construyeron hospitales, escuelas, centrales eléctricas, se terminó Yacyretá, se promovió el mercado interno, se mejoraron los salarios y el Producto Bruto Interno creció “a tasas chinas”. Otro punto sobresaliente fue el alza de los salarios, que comenzaron a llegar a fin de mes y hasta existió ahorro y desendeudamiento de los hogares.
Todo proceso político carga, atado al éxito, con su propio fracaso. En 2015, con Mauricio Macri, volvió a tomar vuelo el proyecto de regresar al preperonismo, un problema que nunca fue resuelto. El bloque de poder siempre siente nostalgias por los tiempos gloriosos (para ellos) de la Década Infame. El problema del peronismo fue hacer una Revolución Industrial sin burguesía nacional.
Desde su irrupción en 1945, el bloque sabotea sus proyectos políticos y busca su derrocamiento o su derrota, apelando a duras campañas de desprestigio, utilizando las malas artes que mejor les sirvan.
En 2026
El peronismo está dividido en estos días entre dos líderes a los que no les interesa conducirlo. Cristina y Kicillof jamás intentaron jugar dentro del Partido Justicialista. Por más que hayan integrado sus cuerpos orgánicos, nunca intentaron hacer política desde allí. Su acción dentro de la estructura partidaria fue para neutralizar el partido, más que impulsarlo a la conducción del movimiento, que en estos momentos es un archipiélago de agrupaciones de reivindicación social, pero no de acción política.
Al no proyectarse políticamente desde la orgánica peronista, a ambos líderes les costó demasiado construir poder y sin poder, sus enemigos, que son ricos y poderosos, lograron siempre neutralizar sus políticas.
Desde 1974, el subsuelo de la Patria sublevado -tal como denominó Raúl Scalabrini Ortiz a las masas que irrumpieron el 17 de octubre de 1945 en la historia argentina- volvió a sumergirse, para emerger desde entonces en contadas ocasiones, algunas veces desconectadas de la política, al menos en su formato tradicional. La última vez que resurgió fue el ocho de junio último, en el velorio del Indio Solari.
Antes, entre 2007 y 2015, se los vio apoyando muchas de las políticas que implementó Cristina Kirchner, aunque no siempre fueron a sus actos. Sólo Kirchner, cuatro años antes, fue capaz de atrapar el sentimiento colectivo.
En estos días, el bloque de poder se encuentra en plena tarea de desnacionalización de la economía, de entrega de los recursos naturales y de abrir el mercado argentino a las empresas transnacionales, destruyendo con esta permisividad a la industria nacional.
El peronismo nunca tuvo dirigentes, tuvo referentes, que fueron los que emergieron de las luchas populares y representaron a sus bases. Cuando esto no ocurre y toman los lugares de poder partidario las oligarquías provinciales y municipales, el peronismo cae en la fragilidad política y en la derrota.
Eso es lo que está ocurriendo ahora. El único referente que tiene el peronismo, que es Axel Kicillof, está bajo fuego amigo y enemigo en estos momentos. Quizás sea la hora en que el peronismo convoque a una elección interna hacia marzo o abril de 2027 y que de allí salga el candidato. Los candidatos no definen la construcción, la construcción la definen las negociaciones con el bloque de poder. Y en esa tarea es cuando se conocerán las limitaciones que tendrá el próximo gobierno. No existe romanticismo en la política, adonde el corazón es solamente un músculo que bombea sangre.