El 16 de junio de 1955, en Plaza de Mayo comenzó el terrorismo de estado
E l 16 de septiembre de 1955, llegaron por el aire, anunciando un futuro que estaría plagado de vuelos mortales durante veintiocho años más. Eran 40 aviones de la Aviación Naval y de la Fuerza Aérea Argentina, que se lanzaron en oleadas sobre la Casa Rosada -sabían que allí estaban el presidente Juan Domingo Perón y parte de su gabinete- y la Plaza de Mayo, adonde se congregaba el Pueblo. Luego, algunos se dirigieron hacia la Confederación General del Trabajo; el Departamento Central de Policía y el Palacio Álzaga Unzué, que oficiaba en aquel tiempo como residencia presidencial.
Los objetivos ya estaban trazados. Dispararon sus ametralladoras y sus bombas sobre el despacho presidencial para asesinar a Perón. Bombardearon la Plaza de Mayo para asesinar y atemorizar a los seguidores y simpatizantes del peronismo. La Policía Federal, compuesta en esos tiempos por hombres de pueblo, era una fuerza de seguridad que defendería al presidente en la medida de lo posible, por lo que también recibieron ataques aéreos. Finalmente, su objetivo principal fue el movimiento obrero, por lo que ametrallaron y lanzaron varias bombas sobre la sede de la CGT. Su propósito más siniestro era el de arrasar con las conquistas sociales que había obtenido la clase trabajadora en los diez años en los que Perón había estado en el poder.
Disimulado tras el odio gorila, en realidad existía un proyecto económico, que después se convirtió en el Plan Prebisch. Éste, diseñado por el titular de la “izquierdista” Comisión Económica para América Latina (CEPAL), Raúl Prebisch, que dependía de las Naciones Unidas, simuló una crisis inexistente para ejecutar un brutal plan de ajuste, siempre bajo la excusa de que había existido un derroche de los dineros públicos y un fuerte desequilibrio fiscal, provocado por “la demagogia del dictador depuesto”. Acá no hubo honor, no hubo valor, no hubo ni siquiera patriotismo. El vil metal fue el ordenador de los insurrectos. Sólo lo hicieron por dinero.
Al fin y al cabo, tres meses más tarde, el 16 de septiembre de 1955, el golpe de estado autodenominado “Revolución Libertadora” tomaba el poder para cambiar de manos los fondos del presupuesto nacional y depositarlos en las arcas de quienes los requerían en nombre de “la civilización, la república y las instituciones de la democracia”. Es decir, de los eternos bucaneros de la soberanía nacional. Primero entregaron los recursos del subsuelo y luego vendieron a bajo precio los cereales y las carnes, para la contenteza de las mesas pantagruélicas del Primer Mundo. Luego, los minerales pasaron a manos de empresas transnacionales, que aún hoy, 71 años más tarde, son dueñas de todas las cosas que valen algo en la Argentina. Así, en un proceso escalonado, hasta las empresas nacionales de alimentos, las metalúrgicas, las metalmecánicas, las automotrices, las textiles, las golosinas y el acero fueron a parar al día de hoy a manos de empresas norteamericanas, europeas y asiáticas.
El objetivo real de aquellos aviadores era el de saquear al Pueblo para despojar a la Patria de su soberanía. Esa misma Patria en la que la burguesía industrial había crecido y la oligarquía ganadera y cerealera se había estancado, tecnológicamente y empresarialmente. Para regresar a la Argentina preperonista todo valía.
Asesinos del aire: Plaza de Mayo, Trelew y los vuelos de la muerte
Los hechos del 16 de junio de 1955 significaron el lanzamiento del Terrorismo de Estado, que se cobró entre 1955 y 1983 entonces las vidas de más de 35 mil argentinos que buscaban construir una sociedad con Justicia Social, con una industria pujante y un mercado interno activo. Es sencillo ver que este modelo económico significaba lo contrario, exactamente, de la vida que se vive en estos días, plena de injusticias, el resultado de una sociedad que fue doblegada a sangre y fuego durante 70 años.
En especial, es de destacar la actuación represiva descollante de la Aviación Naval durante los años de plomo. Abastecidos por el dinero de los contribuyentes, que los dotaron de poderosas máquinas voladoras, asesinaron, ametrallaron, bombardearon y masacraron a miles de argentinos. Hay tres episodios que los pintan de cuerpo entero: el bombardeo al que nos estamos refiriendo, la Masacre de Trelew y su participación protagónica en los vuelos de la muerte, durante la última dictadura.
Aquel día de 1955, los aviadores habían pintado un pérfido símbolo en sus máquinas. Era una cruz sobre una V, que quería significar “Cristo Vence”. En realidad, no se podían titular como cristianos quienes bombardeaban al Pueblo, más aún cuando casi todos los pilotos navales eran masones, los enemigos más acérrimos del catolicismo. Una Iglesia católica manipulada por una cúpula reaccionaria, que lideraba el cardenal Santiago Luis Copello, fue cómplice de esa tragedia.
Costumbres homicidas
Apenas 17 años después, el 22 de agosto de 1972, los aviadores navales, esta vez en tierra, repitieron sus códigos sangrientos. Después de una fuga de la cárcel de Rawson, 19 guerrilleros fueron apresados en el aeropuerto de Trelew y trasladados a la Base Aeronaval Almirante Zar. Allí, después de tres días de torturas, un grupo de al menos siete marinos, liderados por el capitán Luis Emilio Sosa, fusilaron a sus prisioneros, de los cuales sobrevivieron solamente tres, salvados a causa de que comenzaron a llegar otros oficiales, que no estaban en la conspiración asesina.
Desde 1955 en adelante, el objetivo de las Fuerzas Armadas, en connivencia con alguna embajada extranjera, fue la represión contra el Movimiento Obrero y los jóvenes organizados, que eran los grupos más combativos. Dictadura tras dictadura, fueron formándose en los métodos de la escuela francesa, que fue derrotada en dos ocasiones, en Indochina (hoy Vietnam) y Argelia, no sin antes masacrar y cometer todo tipo de desmanes contra ambos pueblos, que luchaban por su independencia.
Los militares argentinos también tomaron lecciones de la escuela norteamericana, cuyas tropas debieron retirarse ignominiosamente de Saigón, en Vietnam del Sur, tras la ofensiva del Vietcong y del Frente de Liberación Nacional. Lo mismo que los franceses, los norteamericanos cometieron todo tipo de tropelías contra los vietnamitas. En esta materia, los argentinos fueron de los mejores alumnos.
De esta manera, destruyeron a generaciones enteras, vendieron el país al mejor postor (o al peor, los traidores son baratos) y fueron los padres de la última etapa de endeudamiento con el extranjero, que sus mejores alumnos, Carlos Menem, Fernando de la Rúa, Mauricio Macri y Javier Milei emularon con gran enjundia. De construir un país, nada
Pequeñas historias de un día trágico
El día del bombardeo, el jefe de la Armada, almirante Benjamín Olivieri, que fue uno de los complotados, al notar que la inteligencia de la Fuerza Aérea había detectado la asonada, se internó en el Hospital Naval. De todos modos, para no ser detenido, después del mediodía, cuando el bombardeo arreciaba, el oficial logró llegar al Ministerio de Marina a través del puerto, que aún no había sido ocupado por el Ejército. En su huida del hospital fue escoltado por el entonces teniente de navío Emilio Eduardo Massera, que siempre militó en el lado oscuro de la historia, hasta que 21 años después sería uno de los protagonistas del golpe de estado más sangriento de la historia argentina.
La única razón de Olivieri para llegar hasta allí fue la de negociar la rendición. No temían tanto a las balas de los demás militares, como a la reacción de la masa peronista. Temían ser linchados, por lo que apuraron la rendición. En esa ocasión, el Ejército no se había plegado a la asonada, lo que apuró el fracaso de la sangrienta asonada. Tradicionalmente, la fuerza terrestre no apoyó conspiraciones que no hubieran sido organizadas por sus propios miembros. Tres meses después, las cosas cambiaron y se produjo la Revolución Fusiladora, pero ésa es otra historia. Además, volvió a demostrarse como cierto el apotegma que reza que no se gana una batalla en el aire solamente. Los aviones son una fuerza de apoyo. Sin ocupación territorial no hay victoria.
La siguiente historia tiene como protagonistas al propio Olivieri, al almirante Samuel Toranzo Calderón y al vicealmirante Benjamín Gargiulo, los oficiales de más alta graduación complicados en el levantamiento. Ya fracasada la operación y habiendo sido apresados, los tres oficiales fueron visitados por el mayor del Ejército Pablo Vicente, que les advirtió que se les formaría consejo de guerra y que la pena sería casi seguramente la de fusilamiento. Antes de retirarse, Vicente le dejó un arma a cada uno, para que tomaran su destino en sus propias manos, si así lo decidían. Olivieri y Toranzo Calderón se negaron a ejercer tal honor. Sólo Gargiulo, que era el jefe de la Infantería de Marina, utilizó el arma. Quizás equivocado, pero valiente.