La derecha, sus contradicciones y el mal de una receta que sólo mira los números
El triunfo de Flávio Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil, que lo ubica en la antesala del Palacio de Planalto, sumada a la competitividad electoral que muestra La Libertad Avanza en los días que corren, a pesar del desastre económico que descargó sobre la Argentina, obligan a definir con mayor profundidad al fenómeno de las nuevas derechas, que encontraron en el mencionado y en Javier Milei una expresión política que estuvo ausente -o en vida larvada- en la Argentina durante 70 años, entre 1945 y 2015.
Las simplificaciones en las que abundan muchos analistas aficionados sobre este fenómeno, como que “incomprensiblemente, la gente vota contra sus propios intereses” o “no me explico cómo se puede votar a este demente”, eluden la comprensión acerca de los cambios que se produjeron en el país en los últimos años.
De los márgenes al centro
En una interesante investigación en busca de respuestas, que se tradujo en “El libro negro de la nueva derecha” (Siglo XXI Editores), Ezequiel Safferstein planteó que “el triunfo de la derecha radicalizada en la Argentina no es un proceso que comienza -dicho de manera apresurada y generalizada- ‘desde arriba’. Difícilmente un movimiento político pueda ser explicado sólo a partir de la injerencia de ideólogos, plataformas e instituciones bien financiadas a nivel global. Pensar que estos actores coordinan y planifican candidatos outsiders con propuestas que ‘bajan’ hacia los votantes es una simplificación. Los sujetos -el electorado, los sectores populares, el público masivo- no son contradictorios con sus intereses. Esta es una mirada problemática en términos empíricos, analíticos y estratégicos para quienes buscan proponer una alternativa política democrática. ‘Para que un discurso sea aceptado, debe tener sentido, debe tener algún grado de afinidad con la experiencia’, plantean Ferro y Semán (2024). Por eso, debemos entender las experiencias de los jóvenes y de sus referentes, que protagonizaron un proceso que comenzó en los márgenes y llegó al centro”.
El votante de derecha es preferentemente un hombre suburbano joven, de entre 18 y 35 años, de clase popular, captado por los gobernantes de derecha que administran sus ciudades, que soporta la exclusión, ya que muchas de sus relaciones no son presenciales, sino digitales. La política le interesa muy poco porque no le resuelve sus problemas. Sus vínculos familiares son precarios y suelen ser miembros de tribus aisladas, que no se relacionan con otras, sino excepcionalmente.
Estos votantes son la libra de carne ideal para los candidatos de derecha, que no explican sus políticas, sino que simplemente las enumeran, a modo de profecía mística, a modo de combate contra los pecados del populismo, que concentra todos los males de la Tierra. La pandemia fue su época de siembra en Argentina. Fue entonces cuando encontraron los pecados contra los cuales se debía luchar: el encierro, las vacunas, las prohibiciones de circulación.
A su vez, si los protagonistas de sus afanes son Milei y Bolsonaro, sus enemigos se extienden también hacia la derecha. En el caso argentino, contra Macri y el Pro. Hasta tal punto que la actual senadora y exministra de Seguridad de Milei, antes de convertirse en su aliada era acusada por éste de ser una asesina de niños y una mentirosa serial. Sus seguidores, en consonancia con su jefe, consideran al Pro como “cobardes” o, en el mejor de los casos, los acusan de “tibios”.
Los simpatizantes del campo popular, por el contrario, se consideran “limpios” o voceros del Pueblo, a la vez que tratan a sus enemigos de derecha como “representantes de los ricos”. De todos modos, esa superioridad a menudo se puede poner en duda, pero en cierto sentido, si no se mira a la calle, no les falta razón. Dentro del palacio, los representantes de la derecha favorecen a los más ricos, pero en la calle, la extracción social del votante de derecha no se diferencia casi en nada del votante del campo nacional y popular y la superioridad moral de los “nac & pop” es, al menos, incierta. La política es un algoritmo muy accidentado.
La batalla cultural
Este ítem es una espada de doble filo, que corta tanto hacia la derecha como hacia la izquierda. La inspiración de los popes culturales de la derecha es, aunque abominen de reconocerlo, Antonio Gramsci. Ellos disimularán lo más que puedan sobre su influencia, pero no pueden negarla.
Volviendo a Safferstein, “la batalla cultural es el marco común, el pegamento de causas y tendencias que buscan una articulación propia. Lo reactivo no contradice la construcción, porque en ese ‘nosotros’ (‘la gente de bien’) radica el fundamento de su lucha”. Para los teóricos de Milei, la batalla cultural reconoce como sus enemigos al feminismo, al progesismo “woke”, al socialismo y a las élites.
La derecha, por primera vez en muchos años, pelea su espacio en el mundo académico, antes en manos de los progresistas, los “woke” y en el caso argentino, de los radicales, esa mezcla rara de médicos y abogados que fluctúa entre el progresismo cultural y la derecha liberal. Entre Silvio Rodríguez y Mario Brodersohn.
El estereotipo que existe en el mundo “progre” sobre la derecha está lleno de prejuicios. Esto no significa que para los intelectuales de derecha no ocurra algo similar. Lo que pasa es que, en estos días, ellos son los recién llegados y están obligados a ganar su espacio y por ello deberían -al menos en teoría- mostrarse receptivos al pensamiento de los demás. Ganar adeptos no es fácil en estos días de incertidumbre. Tan difícil es que hasta Agustín Laje, uno de sus teóricos, dijo alguna vez que “necesitamos a todos teniendo varias cuentas de Twitter, militando en esa nueva Sierra Maestra”, buscando un paralelismo con aquellos denostados, pero respetados, barbudos cubanos.
El mundo líquido de la infocracia
En esta recientemente alumbrada realidad digital, según advierte el filósofo coreano Byung-Chul Han, “el tsunami de información desata fuerzas destructivas. Entretanto, se han apoderado también de la esfera política y está provocando distorsiones y trastornos masivos en el proceso democrático. La democracia está degenerando en infocracia”.
En esta infocracia, las redes sociales -la Sierra Maestra de Laje- transmiten, convencen, rechazan y difunden verdades y mentiras casi en igual medida. Las teorías conspirativas reemplazan a la información veraz y permiten esparcir toda clase de justificaciones para acciones que retroceden a la sociedad hasta la etapa preperonista.
De todos modos, a pesar de los cuestionamientos, la derecha argentina logró, por estos días, reunir a todas sus tribus dispersas, que flotaban cada una en su espacio particular, lo que le permitió a Mauricio Macri ganar en 2015 y a Javier Milei hacer lo mismo en 2023, en una versión más radicalizada y efectiva.
Los ricos ganaron la batalla, por esta vez, pero habrá otras. Para 2027 se avizora a una derecha competitiva, aunque golpeada por la regresión económica que ejecutaron. Quizás el candidato no sea Milei (Patricia Bullrich acecha desde las sombras), aunque no está dicha la última palabra.
Si en Europa se adelantan algunas veces las protestas que le dan forma a una época, en estos días hubo mucho de eso. En Alemania, más de 45.000 personas se manifestaron contra en regreso del servicio militar obligatorio, ante la posibilidad de otra guerra, esta vez contra la Rusia post-comunista. Al mismo tiempo, Francia arde en revueltas contra los recortes en la educación, en los planes sociales y en la baja de salarios. En España, por su parte, miles de manifestantes se pronunciaron en las calles contra los desalojos, mientras Maricarmen, la víctima del desahucio que provocó las protestas, moría presa de un cuadro de agotamiento severo y stress. Simultáneamente, en Grecia 25.000 personas salían a las calles para protestar contra el alza en el costo de vida, la baja de salarios y la quita de derechos laborales. Finalmente, en Irlanda, uno de los países más ricos de Europa, miles de personas se volcaban a las calles para cuestionar las altas tasas universitarias, la crisis de vivienda, el costo de vida y la caída salarial.
¿Así se verá el futuro de la derecha en Argentina, más allá de las batallas culturales, las polémicas acerca de su apego a la democracia y de los recortes de todo aporte que tenga que ver con una vida mejor para los ciudadanos de a pie? ¿Morirá la derecha, abatida por los males nacidos de sus propias recetas?