Publicado: 15/05/2011 UTC General Por: Redacción NU

El tiempo, esa cadena

Dramaturgia y dirección: Martín Flores Cárdenas. Con Ximena Banús, Laura López Moyano, Javier Pedersoli y Germán Rodríguez. Vestuario: Cecilia Zuvialde. Escenografía: Alicia Leloutre. Luces: Javier Casielles. Diseño sonoro: Leandro Cattani. Camarín de las Musas. Mario Bravo 960. Sábados, a las 23.30.
El tiempo, esa cadena
Redacción NU
Redacción NU

Martín Flores Cárdenas vuelve con una estructura de cuento pero, esta vez, como si fuera un rompecabezas en el cual no se respeta el tiempo porque todo sucede en diferentes momentos. La situación es de asesinato, de muerte y de cómo se entrecruzan las historias, con un rifle Winchester de por medio, en el que el testigo es culpable de otro crimen: la traición y el desamor. En los entrecruzamientos, la puesta resulta atrapante. Más aún con las actuaciones de un elenco sólido y versátil, que va cambiando de personajes constantemente, pero con tal solvencia que uno queda oculto delante del que aparece, como si el anterior no hubiese existido.

La escenografía es extremadamente sencilla, movible, con teléfonos y sillas, dotando a la obra del minimalismo necesario para que acompañe con prestancia las actuaciones, que son excelentes. La poética desplegada es de alta calidad, permitiendo situaciones para destacar: cómo una conversación telefónica puede ser a una distancia como la extensión de una mano pero con los corazones y sensaciones absolutamente lejanos, a millones de kilómetros. En estas situaciones es donde se destaca el aceitado triángulo de actores-dramaturgia-dirección, llevando a que cada espectador las procese con sus vivencias, resignificando las escenas.

El minimalismo ya mencionado, junto a la contundencia de las palabras y las actuaciones, conforma un cóctel explosivo que detonará en ese instante, o quizás más tarde. Por eso, el silencio de la atención constante invade la sala, creado por cada par de ojos (y de cerebros y corazones) que presencie lo que ocurra sobre tablas.

La iluminación marca la sutileza en medio de una vorágine absolutamente dinámica pero ordenada y rítmica. Y la duración es justa, para que el disfrute sea completo.
Mujer armada, hombre dormido es una obra de esas que se ven, pasan, terminan y se resignifican. Incluso, es de esas propuestas que, al volver a verlas, el disfrute es mucho más rico que esa tan intensa primera vez.

Noticias Relacionadas

Más de Redacción NU