Federico Andahazi: Pasión por bares y libros
Nací y me crié por Callao y Corrientes. Aún considero al Centro como mi barrio. Es mi lugar natural aunque cada vez lo visite menos. Mi primera casa estaba en Ayacucho y Corrientes. Es un barrio raro para criarse (NdR: la zona en la que limitan los barrios de San Nicolás y Balvanera). Por ejemplo, no había plazas. La más cercana era la de Congreso y jugábamos al fútbol adentro, cuando estaba seca. El lugar más preciado era el terreno baldío. El grupo tomaba un baldío y lo colonizaba para jugar a la pelota. Si venía otra barra del barrio, se lo defendía a trompadas.
Vivía con mis abuelos. Mi abuela siempre me mandaba a buscar al abuelo al bar La Academia, porque estaba timbeando. De él heredé mi pasión por los bares y los libros. Tenía una biblioteca política fantástica, que tuvo que destruirla por el golpe del 76. Recuerdo perfectamente el 24 de marzo cuando embaló los libros, cruzó al terreno baldío y los prendió fuego. Eso fue una bisagra en su vida. De hecho, sobrevivió pocos años a este acontecimiento. Aún hoy, al terminar de escribir un libro, me ilusiono con estar restituyendo un volumen a esa biblioteca. El presenciar la destrucción voluntaria de la biblioteca de mi abuelo me condujo por diferentes caminos a lo que soy yo.
No era la idea escribir Historia sexual de los argentinos. Estaba trabajando en un policial negro, cuyo escenario era el submundo prostibulario de la Buenos Aires colonial. Al buscar bibliografía sobre esos temas, encontré que existía un vacío enorme referido a información sexual. Ante semejante vacío y dado que los escritores escribimos sobre lo que queremos leer y no existe, asumí el desafío de la Historia sexual de los argentinos. Es mi primera obra no-ficción, y te aseguro que en la historia, la verdad supera a la ficción. Es el caso de Rosas. Si dijera que existió un padre que tuvo a su hija adoptiva enclaustrada en su casa, que no le dio educación y la violó sistemáticamente, con la que tuvo seis hijos, uno piensa en el caso de Austria o el de Mendoza... pero era Juan Manuel de Rosas.
Me sorprendió mucho la repercusión que tuvo. Salieron grupos ultramontanos a reivindicar a Rosas y querían sepultarme vivo por decir estas cosas, que son de conocimiento público y están en Tribunales. Uno de estos grupos de derecha es la revista Cabildo, dirigida por un tal Antonio Caponnetto. Fueron los que destrozaron la muestra de León Ferrari. Caponnetto no tiene entidad intelectual o moral pero es el vocero de monseñor Aguer. El presidente de una sociedad belgraniana pidió que me fusilen aunque ¡el libro deja bien a Belgrano! La literatura debe generar debates, pero estos personajes no tienen nada que ver con el debate democrático, sino todo lo contrario.
Sarmiento tenía varias ideas sobre la sexualidad. Se conoce la cantidad de escuelas que se abrieron en su época pero pocos saben que los prostíbulos las superaban. Y él era un visitante asiduo de ambos. En el libro, reproduzco los gastos que le pasó al gobierno chileno, que lo había enviado a Europa. En París era un café, tanto; un museo, tanto y orgías, tanto. ?¿Orgías?? le preguntaban. ?Sí, sí?, respondía. En Roma fue más recatado; un retrato del Papa, un recuerdo del Vaticano pero al final del día, ?gran orgía?. Así, hallé un titular de La Nación de la época: ?Sorprenden a Sarmiento volviendo de madrugada, de una orgía, completamente borracho?. También narro cuando le cuenta a un amigo la erección que tuvo al ver a Mariquita Sánchez de Thompson. Sarmiento fue la excepción a la regla de la hipocresía que imperó en la historia en materia de sexualidad.
Pasé por varias etapas en relación al escándalo con El anatomista (NdR: el libro ganó el concurso de la Fundación Fortabat, pero Amalia Fortabat se negó a darle el premio). Esta señora dijo que el libro no exaltaba los valores del espíritu humano, ¡como si ésa fuera la función de la literatura! Hay que ver cuáles son esos valores. Por un tiempo, confieso que sentí que le estaba debiendo un favor porque, a raíz de ese escandalete, el libro se vendió mucho. Ahí me di cuenta de que no le debía nada porque no tuvo influencia fronteras afuera y el libro se hizo por las suyas. Nunca tuve trato con ella. Sólo mandaba abogados para que no le inicie una querella, cosa que no estaba en mi ánimo.
Acaba de editar Argentina, con pecado concebida.