Publicado: 07/09/2009 UTC General Por: Redacción NU

El programa de Micky Vainilla

El plan de obras del PRO consiste en hacer y deshacer cosas que se vean, con resultados discutibles. Les mostramos lo que sucede en el sur, en los barrios de Barracas, San Telmo y San Cristóbal.
El programa de Micky Vainilla
Redacción NU
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Una de las banderas que enarboló y agitó el PRO en su victoriosa campaña electoral fue ?la recuperación del espacio público?. Muchos parecen haberle creído. Sin embargo, a esta altura de la gestión macrista, es notorio, al menos para todos los que no son ciegos voluntarios, que aquella consigna entrañaba una trampa semántica: porque no se trataba tanto de recuperar espacios comunes usurpados por personas o entes privados como, por el contrario, de privatizar el goce de bienes hasta entonces abiertos para el disfrute, uso y abuso de los vecinos. Y hacerlo de manera sumaria, inconsulta, ejecutiva.

La plaza Colombia

Véase, por ejemplo, lo sucedido en la plaza Colombia, erigida en terrenos que fueron la quinta del alcalde Martín de Álzaga, entre Montes de Oca, Brandsen, Isabel La Católica y Pinzón. A comienzos del siglo XX el solar pertenecía a la familia Guerrero, que se la vendió a la Ciudad en 1908. La plaza se inauguró en 1937 y era muy bella, de un estilo similar al impreso por Carlos Thays en el Jardín Botánico. Sin embargo, se produjo un proceso de deterioro durante la gestión de Jorge Telerman, especialmente desde la renuncia de la ministra Lía María: ese mismo día fueron retirados por obreros de Espacios Verdes las mesas y sillas de madera fijadas al suelo con pies de cemento so pretexto de repararlas, pero jamás se las volvió a ver. A partir de entonces tampoco se reemplazaron las luminarias quemadas, por lo que la plaza fue sumergiéndose en las penumbras. Mientras, echaron a rodar rumores acerca de la supuesta peligrosidad de las decenas de adolescentes que solían reunirse en ella: chicos de las escuelas y colegios aledaños, cultores del skate y de las bicicletas enanas, cuyo mayor crimen fue fumarse algún porro o escuchar música a volumen alto algún viernes o sábado. Por otra parte, a escasos metros se encuentra la Comisaría 26ª, por lo que solamente un delincuente ciego puede elegirla como escenario de sus correrías.

Por fin, a comienzos del verano pasado, la plaza fue cerrada. Como sucedió con tantas otras plazas, se privó así a niños, adolescentes, jóvenes, adultos y ancianos de su disfrute por espacio de siete meses. Al reinaugurarla, el Gobierno afirmó, con inexactitud, que ?se repararon los caminos internos, se construyeron rampas en todos los accesos y se instalaron dos patios de juegos integradores?, aunque en realidad, los caminos internos originales (en ?X?, que permitían la comodidad de cruzar la plaza en diagonal) de polvo de ladrillos fueron destruidos y en su reemplazo se construyeron otros de cemento y en forma de cruz. Los patios de juegos ya existían anteriormente. Tampoco fue repuesta una de las estatuas del conjunto donado por Darío Vergottini. Ahora la plaza sólo está abierta la mitad del tiempo, de 8 a 20. O menos. Tradicionalmente, muchos jóvenes y no pocos viejos solían pasar las noches de estío en ella hasta altas horas. Ahora, quienes abominan las rejas tanto como el Gordo Valor, tienen pichichos o son tan excéntricos de querer pasear por una plaza fuera del horario impuesto, no tienen otro remedio que cruzar Montes de Oca y rumbear por Brandsen hacia Hornos. Ahí, apenas a una cuadra, está la plaza Virrey Vértiz, más conocida como ?la plaza de Don Pepe?, y hacia el norte y hacia el sur hay otras plazoletas que jalonan la autopista Arturo Frondizi, más conocida como 9 de Julio.

Qué diría Don Pepe

Si el rediseño y enrejado de la plaza Colombia tiene sus partidarios, presumiblemente mayoritarios a la hora de votar (el vecindario es mayoritariamente de xeneizes que pelecharon y les gusta estar a tiro de la Bombonera pero en un barrio de clase media alta), no sucede lo mismo con lo hecho en la plaza Virrey Vértiz y sus alrededores. Y es que el estropicio realizado no tiene pretextos, como lo expresan las airadas leyendas pintadas in situ.

Comencemos por la plazoleta que está más al sur, sobre Hornos. Sobre la avenida Suárez había una huerta que utilizaban los alumnos de una escuela aledaña para cultivar todo tipo de plantas, frutas y flores. Las cuadrillas municipales derribaron el alambrado que la protegía. Luego seguía un bosquecito y un prado sin claros, donde pusieron unas barras de gimnasia sobre una enorme plataforma circular de concreto y una bicisenda, reduciendo a la mitad el verde.

Cruzando Brandsen hacia el noroeste estamos en la plaza ?Don Pepe? propiamente dicha. La plaza es conocida así en recuerdo de José Schiarrota, quien desde 1944 hizo un apostolado de repartir juguetes y golosinas entre el piberío dos veces al año, el día de los Reyes Magos y el Día del Niño. Y que hizo de ese baldío una plaza a partir de instalar en la esquina de Hornos y Aristóbulo del Valle una calesita que aún perdura, pero muerta, sin funcionar, dentro del polideportivo que el PRO quiere arancelar. La plaza fue primero destruida por la construcción de una bajada de la autopista en Suárez pero, todo hay que decirlo, fue reconstruida con bastante gracia. Aunque duró así apenas unos tres meses, cuando fue insólitamente rehecha otra vez. En esta ocasión, se la sembró de bancos de madera (muchos agrupados junto a la subida a la autopista, lugar de paisaje feísimo donde nadie se sienta ni para tomar resuello) y de plantas que nadie riega salvo los perros y que en gran medida ya han sido arrancadas, rotas o se han secado. Esta siembra sin ton ni son revela que su principal ?si no único propósito? ha sido el de facturar. Se da cumplimiento así a la segunda acepción de ?público? que da el diccionario de la RAE, esta vez como adjetivo: ?2. adj. Vulgar, común y notado de todos. Ladrón público? (sic).

Giménez, el supuesto ?usurpador?

Sobre la avenida San Juan, entre Piedras y Chacabuco, construida sobre los terrenos aledaños a la autopista 25 de Mayo hay una muy linda plaza confiada al cuidado de AUSA? que está cerrada desde hace meses a la espera de ser enrejada. Resultado: todos los dueños de perros de la zona van con ellos a otra, mucho más pequeña y encajonada, que se encuentra yendo por esa misma mano de San Juan un poco más de media cuadra hacia el río. Lleva el nombre de Cecilia Grierson, la primera médica argentina, obstetra ginecóloga y cofundadora de la Academia Nacional de Medicina. Pero el cartel que así lo indicaba ha sido arrancado y el Gobierno de la Ciudad no se molesta en reemplazarlo. Por el contrario, han puesto un alambrado con la intención de restringir el paso, que ha sido abierto por los dos lados, y no es de extrañar, ya que en la plaza, adentro de una de las casillas de ladrillo construidas originalmente para que guardianes y cuidadores guardaran sus cosas, desde hace casi 18 años vive una familia numerosa: los Giménez.

Hacia fines del milenio pasado, cuando era intendente Jorge Domínguez, un concejal oficialista le inició a Juan Domingo Giménez (59) una causa penal por supuesta intrusión en esas casillas construidas por orden del intendente de la dictadura, brigadier Osvaldo Cacciatore. El juez Francisco Carlos Ponte falló en abril de 2000 que Giménez no es usurpador sino un morador con derechos adquiridos. De hecho, los Giménez tienen teléfono, electricidad y agua corriente. Y han rodeado la construcción con una cerca de madera y sembrado de árboles y plantas de frondoso follaje que los sustraen de las miradas inquisidoras. Detrás de ellos, en los fondos, periódicamente hacen campamento linyeras, cartoneros y otras personas que intentan vender artesanías o chucherías en la cercana plaza Dorrego.

En marzo del año pasado, un grupo de empleados de la Dirección General de Higiene Urbana, al mando de un tal Christian López, intimó verbalmente a Juan Domingo Giménez a irse en 48 horas con su familia y petates porque de lo contrario, recuerda, lo sacarían de allí ?a patadas en el culo? y le tirarían ?todas las cosas a la mierda?.

Giménez resistió. Dijo que vivía ahí con su madre, Martina, de 86 años, y un hermano de 50 discapacitado, además de varios menores, y que un juez había fallado que no eran usurpadores. López dijo que su jefe se llamaba Daniel Esvora. El 9 de mayo, Giménez hizo sendas denuncias ante la Defensoría del Pueblo y en un juzgado y llamó a Esvora, quien se apareció por la plaza el pasado 4 de abril. ?Es un tipo grandote, fornido, de pelo blanco, y vino al frente de una patota, acompañado por dos policías que jamás había visto y un camión de Cliba en el que pretendía meter todas nuestras cosas. Por último, cayó un patrullero. ?Tenés que irte a la mierda. ¿Qué querés??, me apuró. Pero como me resistí y les expliqué que no me podían sacar así nomás, llamaron a la comisaría (2ª) y ahí les preguntaron si tenían orden de desalojo. Y como no la tenían, los de la comisaría les dijeron que no hicieran nada, así que se fueron con la cola entre las piernas?, relata Giménez.

?Desde antes, la UCEP y Esvora sacaban a patadas a los que se instalan en el fondo, pero después de eso, conmigo comenzaron a utilizar otro método?, sigue narrando Juan Domingo. ?Venían de noche, que sé yo, a la una, y me ofrecían algo de plata, una miseria, ponele 450 pesos, para que me fuera. Hasta que en febrero se apersonó nada menos que la directora del CGP Nº1, (Mirta) Seoane. Bueno, esta mujer, además de ofrecerme los 450 pesos de siempre, me ofreció un crédito para comprar una vivienda? Me tomó por tonto. Hasta el punto de decirme que al día siguiente vendría con el cheque (por esa cantidad) y los camiones. ?No es así, no tenés poder para eso?, la paré.?

?Por fin, en marzo, vino un chabón inmenso, de Acción Social, y me ofrecieron 10 mil pesos. Yo le dije que me dieran una casa o 120 mil pesos. Una plata con la que puedo irme a provincia, con la que puedo comprar una casa en Moreno, en Glew, en Guernica, donde sea. Porque somos muchos, tengo un montón de cosas, perros, y un departamento mucho no me sirve.?

Giménez muestra sendas cartas documento que le envió a Macri y al ministro de Ambiente y Espacio Público, Juan Pablo Piccardo. Los intima a que desistan de desalojarlo, ya que es curador de un discapacitado y cabeza de familia de cuatro mayores y siete menores, y que, caso contrario, iniciará acciones legales por daños y perjuicios. Piccardo se negó a recibirla. No así Macri.

Frente a la placita Cecilia Grierson se encuentra el exclusivo San Juan Tennis Club, reducto habitual de las reuniones de Eduardo Duhalde y otros políticos. Giménez ha escuchado rumores de que desde allí se alienta la estrategia de ?dejar pudrir la cosa? para luego ceder al ?clamor? de los vecinos para que se limpie y adecente la plaza ahora totalmente abandonada. ?Me dijeron que en mi casa quieren poner un bar, y en la plaza mesitas en medio de los árboles?.

Romper y que se vea

El plan de obras macrista suele romper y rehacer lo que está sano, siempre que sea visible, soslayando lo que habría que reparar. Y otras veces efectúa obras superfluas, cuando no contraproducentes. El martes
11 de agosto una cuadrilla instaló un baño químico en la calle Rincón, entre San Juan y la autopista, y, tras esperar a que los autos estacionados sobre la mano izquierda se fueran, comenzó a trabajar. A los vecinos que preguntaron les dijeron que estaban rehaciendo los cordones. A la tarde habían sacado una buena cantidad de adoquines y comenzaron a llevárselos. Como los vecinos protestaron, tuvieron que admitir que estaban haciendo una bicisenda. Muchos vecinos se pusieron de la nuca y amenazaron con llamar a los noticieros. Es que para entrar desde San Juan a ese tramo de Rincón hay que hacer una curva, y ya con la calzada como estaba era bastante habitual que hubiera accidentes, que algún coche se despistara y diera contra los estacionados. Es lo que le pasó al peluquero Eduardo De León, que tiene comercio y vivienda en el Nº 1232. Hace unos meses, una mujer se estrelló contra el Ford Taunus negro que el peluquero acababa de comprar. De León explica que en la zona no hay garajes, que el único que hay aumenta los precios todos los meses, que a media cuadra está el hospital Santa Lucía, que carece de estacionamiento, y que en esa cuadra estacionan muchos de los médicos. Si la bicisenda tiene el mismo (por ahora nulo) movimiento que la de Barracas, la obra habrá perjudicado a vecinos y galenos sin beneficiar a nadie más que los escasos dueños de garajes.

Conclusión: el macrismo no suele efectuar audiencias públicas para analizar las obras a realizar ni consulta a los vecinos. Su método es el de ordeno y mando, como si Buenos Aires fuera una sociedad anónima de tres o cuatro dueños. Su programa incluye expulsar a los pobres de los lugares públicos hacia los confines de la Ciudad. Es el programa de Micky Vainilla: negros afuera, que tantos apoyan sin atreverse a verbalizarlo.

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