Publicado: 23/08/2026 UTC Nación Por: Horacio Ríos

El Cabildo Abierto del 22 de agosto: cuando Evita tuvo que decir que no

Una gigantesca asamblea la plebiscitó, pero el Pueblo no siempre triunfa. Dicen que fue por el cáncer, pero su reemplazante murió antes de asumir por la misma razón. Fue una enorme derrota que, de todos modos, la proyectó hacia la inmortalidad. El peronismo ya no fue igual desde entonces.
El Cabildo Abierto del 22 de agosto: cuando Evita tuvo que decir que no
Horacio Ríos
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El 22 de agosto de 1951 se produjo un hecho jamás repetido posteriormente en la historia argentina. Ese día, más de un millón de personas se reunieron -convocados por la CGT- para debatir sobre la candidatura a vicepresidente que debía acompañar a Juan Domingo Perón en las elecciones que se habían convocado para el 11 de noviembre de ese mismo año.

Evita fue el centro de la demostración. El Pueblo la quería en la fórmula, pero nada era seguro allí. Los obreros son siempre soldados, pero pocas veces son estrategas. Nadie los entregó ese día, pero la voluntad general pasó primero por un filtro. Así, la calle habló, pero el palacio decidió, sin tener en cuenta los rostros rugientes, los puños en alto y las voces duras de los cientos de miles de asambleístas.

No fue una concentración. No fue un acto. No fue una marcha. Fue una asamblea. Una asamblea con un millón de concurrentes, que opinaron y dialogaron con su conducción política y en la que la mayoría expresó su voluntad de que la fórmula fuera, finalmente Perón-Perón. Una fórmula que finalmente no fue la que se eligió para representar al peronismo.

Los trabajadores que estuvieron presentes opinaron, con una contundente ovación, que Evita debía acompañar al presidente en la fórmula para su reelección. El desenlace negativo, que impuso el veto a su postulación, tuvo que ver con circunstancias de trastienda nunca del todo aclaradas, aunque estaba claro que Evita contaba con la oposición a su candidatura por parte de la Iglesia, las fuerzas armadas y las “fuerzas vivas”, a los que Arturo Jauretche, calificó como “los vivos de las fuerzas”. Pero el hecho decisivo fue que un cáncer estaba devorando a la mujer más amada de la Argentina.

Evita, en otro hecho sin precedentes, dialogó por momentos en forma directa con el Pueblo. En su alocución, Evita dijo que “es el pueblo, son las mujeres, los niños, los ancianos, los trabajadores que están presentes porque han tomado el porvenir en sus manos y saben que la justicia y la libertad las impondrá únicamente teniendo al General Perón dirigiendo a la Nación. Ellos saben bien que antes del General Perón vivían en la esclavitud y, por sobre todas las cosas, habían perdido la esperanza de un futuro mejor”.

La multitud le contestó: "Evita con Perón, Evita con Perón", aludiendo a las próximas elecciones, para las que faltaban apenas 81 días.

Evita, tratando de postergar su decisión, prosiguió: “yo les pido, a la Confederación General del Trabajo y a ustedes, por el cariño que nos une, por el amor que nos profesamos mutuamente, que, para una decisión tan trascendental en la vida de esta humilde mujer, me den por lo menos cuatro días para pensar mi decisión”.

La respuesta fue contundente: "No, no, no. . . Paro, paro, paro general", le contestaron desde abajo. El Pueblo se expresaba con claridad, pero en las salas palaciegas se rosqueaban otras opciones.

Dudando aún, Evita intentó ser clara. “Compañeros, compañeros compañeros, compañeros. Yo no renuncio a mi puesto de lucha, renuncio a los honores. Yo me guardo, como Alejandro, la esperanza, que es la gloria de servirlos a ustedes y al general Perón”.

Pero el Pueblo no quería saber nada de contubernios y roscas extrañas. Entre gritos y aplausos, empezaron a gritar: "no, no, no".

Abrumada, Evita les pidió encarecidamente a sus manda tes: “compañeros, compañeros, yo les pido a los compañeros de la Confederación General del Trabajo, a los descamisados aquí presentes que me escuchan, que, ante esta decisión, es que yo tenía tomada otra posición …y yo voy a hacer al final lo que diga el pueblo, que...

La interrumpieron miles de voces, sólo para reafirmar su posición. "Que sí, que sí”, es decir, que aceptara la candidatura que el Pueblo le entregaba para que los representara.

Ante esta respuesta, Evita volvió a poner paños fríos a una caliente concurrencia. “Compañeros, yo les pido una sola cosa ¿cuándo Evita los ha defraudado? ¿Cuándo Evita no ha hecho lo que ustedes desean? Yo les pido una sola cosa, esperen a mañana...

El Pueblo volvió a dejar claro lo que deseaba, con mucha simpleza y claridad: “no, no, no…”, siguieron gritando.

Evita no podía dejar las cosas como estaban, pero tampoco podía definirse en ese mismo momento. Ya dolorida, antes de echarse a llorar en el hombro de Perón, rogó a su gente: “¿Pero no se dan cuenta de que este momento es para una mujer como para cualquier ciudadano, muy trascendental, y que por lo menos se necesitan unas horas de tiempo...?” 
La multitud no transaba: "que sí, que sí", le contestaban.

Reflexionando en voz alta, ella volvió a hablarles, intentando mostrar entrelíneas que las cosas no eran tan fáciles ni sencillas. “Les aseguro, les aseguro, que esto no me toma de sorpresa, que ya hace mucho tiempo que yo sabía que mi nombre andaba de boca en labio y por Perón, porque no había ningún hombre que pudiera acercarse a distancias siderales de él y por ustedes, porque así ustedes podían ver a los hombres con vocación de caudillo y el general, con mi nombre, momentáneamente, se podía amparar en las disensiones partidarias, pero jamás, en mi corazón de humilde mujer argentina, pensé que podía aceptar este puesto, no, porque…”

Pero el Pueblo no iba a dejar pasar la ocasión de opinar. Empezaron a exigirle: "acepte, acepte, Evita, Evita…”

Ella volvió a intentarlo: “compañeros, compañeros… compañeros, a las nueve y media de la noche…”

La respuesta que llegó desde las bases se repitió: "no, no, no…"

Sin saber más que decir ya, Evita lo intentó de nuevo: “compañeros, lo menos que puedo pedirles, es que, en cadena por todo el país, yo pueda anunciarles mi decisión”.

La Avenida Nueve de Julio fue nuevamente un solo grito: "no, no, no…", mientras que en el palco se escuchaban las voces de los dirigentes que estaban con ella. Todos hablaban, mientras que Evita, angustiada le decía a Perón: "no aceptan".

Tomó entonces la palabra José Espejo, secretario general de la CGT, para interceder. “Compañeros, la compañera Evita nos pide dos horas de espera. . . Pero la multitud permaneció inflexible: "no, no, no…"

Espejo, haciendo gala de su sensibilidad política, decidió esperar: “nosotros nos quedamos aquí. Aquí esperamos su decisión. No nos movemos hasta que nos dé la respuesta favorable a la decisión del pueblo”, exclamó.

En esos momentos, los asistentes a la asamblea, en la creencia de que Evita había aceptado su exigencia, comenzaron la desconcentración. Así, Evita salió del edificio y regresó a su casa, el Palacio Álzaga-Unzué, que era la residencia presidencial en aquel tiempo. La Revolución Libertadora, poseídos sus esbirros por el odio y un gran temor hacia el peronismo, demolieron en 1956 el edificio para evitar que se convirtiera en objeto de culto de los simpatizantes del “tirano depuesto”, como lo calificaba la prensa republicana y democrática de la época.

El Renunciamiento

Evita quizás supo en esos días de la gravedad de su estado de salud, que Perón le reveló, ante la extrema situación de tensión que se generó durante la asamblea de la CGT. Así, nueve días después, el 31 de agosto, se dirigió al Pueblo argentino a través de la cadena nacional de radiodifusión para anunciar su renunciamiento.

Transida de dolor, explicó las razones que la llevaron a declinar su candidatura. “No tenía entonces, ni tengo en estos momentos, más que una sola ambición. Una sola y gran ambición personal: que de mí se diga, cuando se escriba este capítulo maravilloso que la historia seguramente dedicará a Perón, que hubo al lado de Perón una mujer que se dedicó a llevarle al presidente las esperanzas del pueblo, que Perón convertía en hermosas realidades y que a esta mujer el pueblo la llamaba cariñosamente Evita. Nada más que eso.

Evita quería ser cuando me decidí a luchar codo a codo con los trabajadores y puse mi corazón al servicio de los pobres, llevando siempre como única bandera el nombre del general Perón a todas partes.

Si con ese esfuerzo mío, conquisté el corazón de los obreros y de los humildes de mi patria, eso ya es una recompensa extraordinaria que me obliga a seguir con mis trabajos y con mis luchas. Yo no quiero otra cosa que este cariño.

Aceptar otra cosa, sería romper la línea de conducta que le impuse a mi corazón y darle la razón a los que no creyeron en la sinceridad de mis palabras, que ya no podrán decir jamás que todo lo hice guiada por mezquinas y egoístas ambiciones personales. Yo sé que cada uno de los descamisados que me quiere de verdad, ha de querer también que nadie tenga el derecho a descreer de mis palabras y ahora, después de esto, nadie que no sea un malvado podrá dudar de la honradez, de la lealtad y de la sinceridad de mi conducta. Estoy segura que el Pueblo Argentino y el Movimiento Peronista que me lleva en su corazón, que me quiere y que me comprende, acepta mi decisión porque es irrevocable y nace de mi corazón. Por eso ella es inquebrantable, indeclinable y por eso me siento inmensamente feliz y a todos les dejo mi corazón”.

Llegan las elecciones

Finalmente, las elecciones se realizaron en la fa prevista y la fórmula Perón-Hortensio Quijano se impuso con un 63,40%, frente al binomio radical que conformaron Ricardo Balbín y Arturo Frondizi, que obtuvieron un magro 32,28%.

Como curiosidad, el conservador Vicente Solano Lima se presentó como candidato a vicepresidente de Reynaldo Pastor, del Partido Demócrata. Otra curiosidad fue que la izquierda mitrista llevó como candidatos en distintas fórmulas a dos hermanos. Rodolfo Ghioldi fue candidato a presidente por el Partido Comunista, mientras que su hermano Américo se postuló como vicepresidente en la fórmula del Partido Socialista que encabezaba Alfredo Palacios.

¿Por qué Evita fue proscripta?

Como colofón, es necesaria una reflexión con respecto a la postulación de Evita. Se conjeturó que su enfermedad fue una de las causas principales del desistimiento de su candidatura, pero Hortensio Quijano, un exradical antipersonalista correntino que había acompañado como vicepresidente a Perón desde 1945, fue reelecto como vicepresidente el 11 de noviembre de 1951, pero falleció de cáncer antes de asumir su cargo.

¿Machismo? ¿Temor a su popularidad? ¿Odio por una mujer que no era parte del decorado, sino que se había constituido como protagonista de la política de su época? ¿Excesivo compromiso con el Movimiento Obrero? Todas son conjeturas, pero con toda seguridad hubo mucho de esto, sin ignorar el odio que guardaban contra ella los enemigos del peronismo.

La mujer más importante de su época falleció el 26 de julio de 1952, un mes después de haber votado por primera vez, ya que las mujeres no votaban hasta entonces.

¿El principio del fin?

A partir de la derrota política que supuso el renunciamiento de Evita a su candidatura y su fallecimiento casi inmediato, el peronismo fue perdiendo lentamente la iniciativa. Fue un progresivo declive,que culminó con sangre y violencia, casi cuatro años después. Desde entonces, la Argentina vive una democracia tutelada, con algunos atisbos de rebeldía frente a los ajustes que promueven los gobiernos democráticos y republicanos, que endeudaron el país hasta límites insoportables, como en el presente.

Es que nada se decide teniendo en cuenta la voz del Pueblo, sino la voz de los poderosos. Ya no hay asambleas, en las que se deciden las cosas por la positiva o por la negativa y después se paga el precio de los errores y se cosecha el mérito de los aciertos. Lo que pasa es que, “Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor
Ignorante, sabio o chorro, pretencioso o estafador
Todo es igual, nada es mejor
¡Lo mismo un burro que un gran profesor!

Vuelva, don Discépolo. Todos sus defectos hoy serían virtud, por muy graves que hayan sido. El perdón lo aguarda.

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