Hombres de Negro
La primera imagen. Miles de ciudadanos movilizándose para oponerse a la venta del patrimonio territorial de la Argentina. Su consigna: La Patria no se vende. Los que se movilizaban lo hacían por derecho propio, sin dudas. Los avala el Artículo 14 de la Constitución Nacional, que es necesario recordar, dado que pulula tanto olvido y tanta memoria selectiva. “Todos los habitantes de la Nación gozan de los siguientes derechos conforme a las leyes que reglamenten su ejercicio; a saber: de trabajar y ejercer toda industria lícita; de navegar y comerciar; de peticionar a las autoridades; de entrar, permanecer, transitar y salir del territorio argentino; de publicar sus ideas por la prensa sin censura previa; de usar y disponer de su propiedad; de asociarse con fines útiles; de profesar libremente su culto; de enseñar y aprender”.
Otra imagen, ésta contrapuesta con la primera. Un hombre vestido con un gabán oscuro, una bufanda rayada y con una escopeta en la mano, disparando contra la multitud, que empezaba a dispersarse. Alguien dijo que el policía mostraba cara de placer, pero más bien parecía que su expresión era de furia. Si bien el protocolo le exigía que llevara prendida a su solapa su placa policial, es indudable que los protocolos son para los ciudadanos de a pie. Ellos son las armas del poder, por lo que están exentos de tales nimiedades.
Después, el público supo que se llama Gustavo Antonio Gauna, que es comisario inspector de la Policía Federal y que está al frente de la Dirección General de Organizaciones Criminales. La pregunta: ¿qué hace un jefe de lucha contra el delito en una movilización política? Es obligatorio, además, que vista su uniforme o que cuelgue su placa sobre el pecho si está de civil. Los agentes de civil que operan dentro de las manifestaciones sufren demasiadas tentaciones. Su anonimato les da carta blanca para arrestar, golpear o provocar a los manifestantes sin asumir las consecuencias de sus acciones. Por eso, deben estar identificados.
Lo que va desde Ubaldini hasta hoy
El nueve de septiembre de 1988 la CGT lanzó su duodécimo para nacional contra las políticas sociales regresivas y antisindicales que ejecutaba el gobierno de Raúl Alfonsín. Ese día, en medio de los gases, los palazos y las corridas, un policía de mucho menor rango que Gauna, el cabo Contreras, fue fotografiado por los manifestantes en las inmediaciones de la sastrería Modart, cuyas vidrieras fueron destruidas y saqueadas, de tal suerte que fue el jefe de la Policía Federal, el comisario Juan Ángel Pirker quien lo identificó, finalmente. Contreras vestía de civil y esgrimía una pistola, mientras que a pocos metros, algunos aspirantes a perfeccionar su elegancia se llevaban unos ambos, unos sacos o algún otro lujoso adminículo para vestir.
En los días posteriores, los medios de incomunicación se dedicaron a destacar el saqueo, la represión posterior y los incidentes que se suscitaron a partir del accionar de Contreras y sus secuaces. Nadie analizó las consecuencias del fracaso del Plan Primavera, que implementaba por esos días el equipo de Juan Vital Sourrouille, que autorizó un tarifazo del 30% en los servicios, promovió la apertura de la economía, propuso la privatización de empresas estatales y una devaluación del 11,4%.
Hace 38 años -en realidad, muchos más, pero nos referimos a los últimos tiempos en este caso- que la Argentina entra en crisis, propone las mismas salidas ultraliberales y fracasa lamentablemente de la misma manera. Luego, vuelta a empezar. En la historia quedaron varios apellidos ligados a la entrega ejecutada por los liberales: Federico Pinedo, Eduardo Roca, Adalbert Krieger Vasena, José Alfredo Martínez de Hoz, Domingo Felipe Cavallo. Hay más, pero éstos son algunos.
El 14 y el 18 de diciembre de 2017, el Congreso votó la Reforma Previsional, un mamotreto regresivo que permitía utilizar una fórmula de actualización de las jubilaciones que perjudicaba seriamente a sus titulares. La manifestación de quienes se oponían a la arbitraria medida fue multitudinaria y la represión fue aún más feroz que la del jueves seis de agosto pasado. Hubo 162 heridos y entre 50 y 68 detenidos, según quienes rendían los cómputos. Tal como ocurrió el jueves pasado, el proyecto fue aprobado el 18 de diciembre de 2017. Las circunstancias, de todos modos, no fueron exactamente las mismas, ya que la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada sufrió algunas mutilaciones en el camino, lo que no ocurrió en 2017.
Igual que había ocurrido en 1988, los medios de incomunicación se dedicaron a informar sobre la represión, negando los excesos, las provocaciones policiales y el evidente trabajo de agentes de inteligencia infiltrados entre la multitud, que fueron quienes actuaron como agentes de provocación, desatando con su accionar la proliferación de los gases y los garrotazos que se aplicaron contra el Pueblo. Así se justifica la represión. Habrá luego periodistas que dirán que “la policía se vio obligada a reprimir”.
Máscaras de gas, no lentes nuevas
Hay un reportero gráfico que resumió las circunstancias en las que transcurrió el seis de agosto último. Se llama Kaloian Santos y trabaja para El Destape. El fotógrafo aseguró que “por primera vez con este gobierno, en vez de comprarme una lente, tuve que salir a gastar parte de mis ahorros para comprarme un casco y una máscara antigás”.
La represión es, en sí misma, un componente importante de una campaña de desinformación. Oculta los hechos detrás de palabras falsas, desvía la atención de los problemas reales (en este caso, de la entrega de una parte importante del territorio nacional y antes, de conquistas sociales importantes). Las recetas se suceden, iguales unas a otras. Privatización de empresas estatales, endeudamiento externo, venta indiscriminada de tierras, devaluación, “inocencia fiscal” (o lavado de activos producto de la narcocriminalidad y de la evasión fiscal). La fórmula es siempre la misma y el fracaso es siempre el mismo.
Lo más llamativo es que la interacción de agentes vestidos de civil con la ciudadanía sólo trajo catástrofes en el pasado. La infiltración es una táctica tan vieja como el mundo, pero en nuestro país la han usado siempre las dictaduras. Parece que este jueves pudimos observar que “la mano de obra desocupada” no está ociosa. Desde Guglielminetti, hasta Aníbal Gordon, pasando por Rovira y Sánchez Reisse, las historias pasan, pero los métodos permanecen.
La derrota constante
Los liberales son la cara más visible de la derrota de la razón y su reemplazo por una serie de teorías que transitan entre grupos reducidos. Los liberales no comulgan con la ciudadanía, con los hombres y mujeres de a pie. “En un metaplano más esencial, la crisis actual de la acción comunicativa se debe al hecho de que el otro está en trance de desaparición. La desaparición del otro significa el fin del discurso. Este hecho priva a la opinión de la racionalidad comunicativa. La expulsión del otro refuerza la compulsión autopropagandística de adoctrinarse con las propias ideas. Este autoadoctrinamiento produce infoburbujas autistas que dificultan la acción comunicativa”. (Byung-Chul Han-Filósofo coreano residente en Alemania-Dicta la materia Filosofía y Estudios Culturales en la Universidad de las Artes de Berlín).
Ellos ganan siempre: se quedan con campos, mansiones, yates y viajes de lujo. La Argentina, en cambio, siempre pierde y paga con más pobreza, menos educación, menos salud y menos futuro.