Publicado: 15/03/2026 UTC Nación Por: Horacio Ríos

Hay robos, pero la Justicia Social no es uno de ellos

El Estado debe impartir justicia, pero hoy, por el contrario, sólo favorece a los más ricos. Hubo frases que sellaron épocas. Es de esperar que no se vuelva a la frase del Obelisco.
Hay robos, pero la Justicia Social no es uno de ellos
Horacio Ríos
javier milei

Existen ciertos clichés que marcan épocas.

“El silencio es salud” amenazaba ominosamente un cartel que colgaba del Obelisco en 1978, mientras la dictadura saqueaba la conciencia nacional, asesinaba a 30.000 argentinos y destruía el país.

“Con la democracia se come, se cura y se educa” rezaba su credo laico Raúl Alfonsín en 1983, aportando doctrina a su fe -a todas luces excesiva, como se vio después- en la naciente democracia.

“Síganme, no los voy a defraudar”, mentía Carlos Saúl Menem, que defraudó, mintió, estafó y estableció la pauta de lo que debe ser un gobierno liberal en serio, legando una herencia desastrosa a sus sucesores.

“El 2001 será un gran año para todos” pronosticaba a fines del año 2000 Fernando de la Rúa, antes de que el inevitable desastre lo alcanzara, tras una serie de actos fallidos que le valieron la renuncia de su vicepresidente, Chacho Álvarez y algunos escándalos como la Ley Banelco, el recorte del 13% a los jubilados y a la educación y los 35 muertos que dejaron sus últimos dos días en el poder.

“El que depositó dólares, recibirá dólares”, prometió el presidente provisional argentino Eduardo Duhalde y destapó una Caja de Pandora que nunca se terminó de clausurar de nuevo. A pesar de su acto fallido, su gobierno logró detener la caída de la Argentina hacia un vacío que prometía un negro porvenir.

“No voy a dejar mis convicciones en la puerta de la Casa Rosada”, advirtió Néstor Kirchner el día que asumió. Parecía una promesa vana, como las de tantos otros, pero cumplió mucho más que esos otros con lo que propuso. Negoció, combatió, acordó y no dejó batalla sin pelear. Se fue rápido, siete años después, sin poder completar un proyecto político que prometía mucho más. Esa muerte temprana fue su mayor error.

“No habrá extorsión, insulto o amenaza que me aparten del camino”, arriesgó Cristina Fernández de Kirchner. Con aciertos y errores, completó dos mandatos presidenciales y en estos días cumple un arresto que equivale a una revancha y a una sanción política, más que a un fallo judicial ajustado a derecho.

Su situación es el reflejo de aquel apotegma que reza que la corrupción es peronista. El resto de los presidentes nada todas las mañanas en agua bendita, incluso Javier Milei y Mauricio Macri, dos de los epítomes de la corrupción gubernamental que asumieron deudas impagables, que luego impactaron -y seguirán haciéndolo por años- sobre los ingresos de todos los argentinos, condenándolos a una vida cada vez más precaria.

"Lo peor ya pasó y ahora vienen los años en que vamos a crecer. Las transformaciones que hicimos empiezan a dar frutos, a sentirse”, decía Mauricio Macri en marzo de 2018, ejerciendo un optimismo que luego decaería hasta la depresión. En mayo, corrigió. "Pusimos metas demasiado optimistas", se lamentó. En ese contexto, el ocho de mayo de 2018 Macri anunciaba, en un mensaje de tres minutos, que “he decidido iniciar conversaciones con el FMI para que nos otorgue una línea de apoyo financiero". Dándole carnadura a la depresión, continuaba informando que "hace minutos hablé con Christine Lagarde, su directora, y nos confirmó que vamos a arrancar hoy mismo a trabajar en un acuerdo". Un optimismo asesino.

“Manga de ignorantes, la Justicia Social es un robo, por eso tienen a la jefa suya presa”, lanzó el presidente Javier Milei en su estrafalaria alocución debida a la inauguración de las sesiones ordinarias del Congreso. El concepto define la era en la que vive la Argentina, nuestra Patria. Además, libera a Cristina de culpas, si la afirmación de Milei es verdadera. Estar presa por estatuir la Justicia Social no pareciera ser un delito, prima facie.

Milei se alinea con la línea más extremista del libertarismo, en la línea del filósofo estadounidense Roberto Nozick, que en su libro Anarquía, Estado y Utopía afirmó que “gravar los ingresos del trabajo equivale al trabajo forzado”. Al tiempo, el mandatario argentino elige ignorar la propia definición del capital. “Acumulación de trabajo” fue la caracterización que realizó Karl Marx, el que mejor lo analizó.

Justicia Social: ¿La Utopía del Siglo 21?

En su libro El Camino del Libertario, Milei profundiza el concepto de no justicia social. “Las políticas redistributivas representan una seria amenaza para la libertad, espeta y continúa: La idea de justicia social es una idea de resentidos y envidiosos. Para lograr esa política distributiva le tienen que robar a otros”.

Al mismo tiempo, hasta el propio Milton Friedman, el padre del neoliberalismo, aceptaba la existencia de un impuesto negativo a la renta para ser utilizado para la asistencia social. El objetivo era evitar el colapso social del sistema, que al aplicar sus principios monetaristas generaba colosales ganancias para el sector empresarial.

Milei, que lo menciona a menudo en sus soliloquios, funciona como un ratón de laboratorio, que expone teorías que muestran serias carencias al estar al frente del accionar del Estado, que es un mecanismo complejo que, para ser conducido, exige aplicar algo más que utopías liberales extremas.

Lo que es cierto es que el concepto de Justicia Social, tal como fue aplicado en nuestro país, debe ser redefinido. Ya no basta con redistribuir el ingreso, que fue la base de las políticas implementadas hasta ahora.

Las huellas de la agresión social que dejaron en la sociedad las políticas neoliberales fueron profundas y esas heridas deben ser, además, reparadas. La redistribución debe estar flanqueada por el reconocimiento a los nuevos actores sociales, que deben ser aceptados y deben ser empoderados. La representación política de éstos debe ser reconocida. Las voces deben estar representadas de manera que estas políticas sean políticas de estado, que sobrevivan a los gobiernos temporalmente.

El mercado no resuelve las injusticias, más bien las promueve y la resolución de los problemas debe ser ajena al manejo de la economía. La ausencia del Estado permitió la implementación de la precariedad laboral, la existencia de una gran masa de trabajadores sin beneficios sociales de ningún tipo y un racismo y una discriminación social que llevó a que sean habituales los crímenes de odio, por ejemplo, contra mujeres y homosexuales.

Los jóvenes de hoy piensan diferente a sus mayores cuando piensan en la Justicia Social. Encuestas que rodaron por los medios hace poco tiempo revelaron que algunos jóvenes piensan que la Justicia Social era atacar a los delincuentes, la “justicia por mano propia”.

Otra medición encontró que sólo un tercio de los jóvenes de 16 a 30 años encuentran que “la Justicia Social” es la bandera principal del peronismo, contra el 64% de los encuestados de 30 a 50 años y el 84% de los mayores de 50 que piensan que sí lo es.

Lo que es seguro es la crisis de representación que sufre el peronismo en este rabioso cambio de época. La clase trabajadora organizada es en estos días una minoría en la sociedad. El objetivo del ascenso social que representó el peronismo durante 75 años se encuentra en crisis, ante la precarización laboral, la extendida informalidad, la discriminación, la violencia del Estado y la fragmentación, ya que tienden a desaparecer las grandes fábricas y las grandes oficinas. Ahora el trabajador está solo en algún lugar, librado a su propia iniciativa, compitiendo por un pedido o por una aplicación que da y quita obedeciendo a razones que nada tienen que ver con la equidad.

Por estas razones, el ataque contra los principios de igualdad, que esconden la codicia empresarial, proclive al despojo de los derechos y a la estigmatización de todo lo que signifique una disminución de sus beneficios, se apoya en la propia situación a la que se llegó a causa de esas políticas de apropiación del ingreso por parte de estos depredadores de salarios, derechos y toda razón de justicia.

La ferocidad con la que atacaron al concepto de Justicia Social tiene que ver con una guerra por la apropiación del ingreso. Eso es la inflación, la reforma laboral, el ataque contra la acción sindical y la estigmatización contra el peronismo, de la cual es apenas un símbolo más la tobillera electrónica que se le impuso a la expresidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner.

Los nuevos conflictos que están en pleno desarrollo generarán -así fue a lo largo de la historia- una nueva dirigencia. Así como Carlos Menem fue el heredero de la Renovación Peronista en los 90 y Néstor Kirchner fue el hijo de la crisis del 2001, posiblemente surja de las luchas sociales de estos días un nuevo liderazgo que se encarne en nuevas formas de hacer política, sea del signo político que sea.

El nuevo cliché que surgirá del fin de la tercera década del Siglo 21 va a redefinir la política, es de esperar que sin obedecer sólo a las políticas del mercado. Es imprescindible que exista equidad en una pecera en la que hoy los peces grandes depredan a los más pequeños sin soportar sanciones. Que la sanción sea hija de la justicia es necesario.

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