"Se apoderan de lo que es de todos”
La situación del espacio público de la ciudad de Buenos Aires, en sus diferentes superficies y modalidades, en especial las zonas de circulación tanto vehiculares como peatonales, constituye un aspecto crucial de la calidad de vida de sus habitantes, tanto de los residentes en diferentes barrios, como para aquellos otros ciudadanos que se desplazan por diferentes motivos de la actividad urbana, sean laborales, estudiantiles, recreativos, etc.
En los últimos años, se asiste a un crecimiento descontrolado de las llamadas áreas gastronómicas, también aludidas como terrazas o “decks”, en el marco de una competencia que en ciertos barrios es cada vez más intensa, exasperada por la aparición de numerosos pequeños “cafés de especialidad” y también la conversión a este rubro de kioscos de diarios y revistas que se ven obligados a abandonar sus actividades tradicionales, a lo que se suman algunas panaderías que agregan pequeños bares para no perder ningina demanda.
En el marco de semejante competencia, poco menos que salvaje, sin ninguna regulación urbanística que la modere, por cada nuevo emprendimiento o franquicia que se inaugura, cae otra preexistente. Es lo que algunos economistas han llamado, no se sabe si con ánimo científico o simplemente cínico, la “destrucción creativa” del neoliberalismo.

Las llamadas áreas gastronómicas han ido demasiado lejos, pues han distorsionado la tradicional costumbre que, en los sitios apropiados, permitía la simple colocación de mesas y sillas en las veredas, eventualmente acompañadas de alguna oportuna sombrilla, para disfrutar como en los salones, pero al aire libre, especialmente en los meses de clima atractivo.
Las facilidades otorgadas sensatamente en circunstancias más apremiantes, como fue la pandemia y la urgencia de disponer de áreas al aire libre, sea para el distanciamiento o para los fumadores, se han aprovechado para convertirlas en una descarada ocupación del espacio público con todas las características de permanencia (pisos, techos, cerramientos, macetas, aire acondicionado, estufas, etc.) que además de convertirse en una lisa y llana ocupación ilegal del espacio público terminan siendo completas negaciones de su propósito original, que estaba vinculado a la experiencia del aire libre.
Tampoco este fenómeno abarca parejamente a toda la ciudad, pues es especialmente agudo en ciertos barrios, como Belgrano, Palermo y Recoleta, en los cuales amenaza con cancelar el espacio público peatonal, o llevarlo a su mínima expresión.
A ninguna otra actividad urbana se le permitiría aprovecharse de la misma manera de la desidia municipal. ¿Sería aceptable que una peluqueria hiciera un deck en la vereda, y más tarde también en la calzada, argumentando que sus clientes son demasiados para sus locales y qur además disfrutan de ser atendidos al aire libre?

En algunos casos roza el escándalo que, a las superficies ocupadas en las veredas, ahora se han ido agregando decks de los mismos negocios que bajan a las calzadas, eliminando espacios para el estacionamiento, que a veces se transforma en una doble fila, estrangulando al límite la amplitud de la calle. En algunos casos, se llega al mismo y lamentable efecto por la invasión de decks desde ambas veredas. Suman caos los decks que invaden las esquinas obturando las visuales de las ochavas, en trechos que nunca se admitieron para estacionamiento y por eso tenian pintura amarilla. Habiendo en los mismos sitios alguna bicisenda, las incomodidades de los vecinos y transeúntes llegan a un límite exasperante.
Para peor, la mayor parte de los negocios que cierran, dejan tranquilamente sus decks vacíos en las calzadas, sin desmantelarlos, como si ya formaran parte de sus posesiones e imaginaran negociarlos como tales en el futuro. Todo les resulta muy conveniente ya que a diferencia de sus locales propiamente dichos logran agrandar sus superficies sin comprar ni alquilar ni un metro cuadrado más: simplemente se apoderan de lo que es de todos, como si fuera tierra de nadie.
Y todo ello, para colmo, sin pagar un solo peso por el privilegio: la Ciudad eliminó en 2019 el canon que gravaba la ocupación de la vía pública con mesas, sillas y plataformas de esparcimiento, y nunca lo repuso, de modo que el permiso para apropiarse de la vereda y de la calzada es hoy, oficialmente, gratuito. Mientras cualquier vecino paga por estacionar su auto en la misma cuadra, el comercio que convierte ese espacio en salón no tributa nada por él.
Incluso se puede ver actualmente el acarreo de gigantescas estructuras metálicas, con aspecto de haber sido producidas en un astillero naval, como soporte para nuevos decks en las calzadas, dando toda la impresión de que se prevén como ocupaciones definitivas.
Una sencilla observación de tales áreas permite además concluir que subsisten mayormente desocupadas en la mayor parte del día y luego durante las madrugadas, revelando que no son indispensables para el habitual funcionamiento de los comercios sino que están pensadas exclusivamente para captar momentáneos picos de la demanda.
Bien se han expresado las autoridades de la Ciudad en cuanto a su voluntad de hacer cumplir las leyes y eliminar las ocupaciones ilegales, objetivo que como es notorio se ha cumplido ya en numerosos casos. Mejor sería aún si tal voluntad se extendiera a una esfera, como el espacio público, para cuya usurpación debería imperar el mismo o, si se quiere, aun mayor rigor administrativo.

Peor aún, nadie está en condiciones de afirmar cuántos de los decks que hoy ocupan las calles cuentan efectivamente con un permiso vigente, ni si alguien los inspecciona alguna vez. Los listados oficiales de permisos no coinciden entre sí ni distinguen la plataforma construida de la simple demarcación pintada, no existe un padrón único que permita saber qué es legal y qué no, y las inspecciones, cuando ocurren, parecen responder más a la denuncia insistente de algún vecino que a un control sistemático. Así, la ocupación con permiso y la lisa y llana usurpación conviven en la misma cuadra sin que el transeúnte, ni al parecer la administración, pueda distinguirlas.
Las continuas molestias infligidas a los ciudadanos por estas descontroladas áreas gastronómicas ameritan una descripción y ponderación detallada de la situación por parte del Ejecutivo y sus dependencias específicas, a fin de proceder a una optimización de sus muy inconsistentes procedimientos de inspección y sanción, y por parte de la Legislatura a una imprescindible revisión y modificación de la normativa vigente.