Un Gobierno errático y una oposición destructiva
Que mal augurio para el futuro de la Ciudad trae la situación que estamos viviendo y lo que se vendrá en pocos días cuando empiecen a desfilar los ministros del Poder Ejecutivo a defender sus respectivas partidas presupuestarias en la Legislatura porteña. Resulta previsible darse cuenta que será muy difícil para ellos encarrilar la discusión en este mar de denuncias y sospechas (nunca aclaradas), que se colarán inevitablemente en la discusión. Para ejemplo de esto, ayer martes un legislador opositor solicitó la renuncia de tres ministros en un comunicado de sólo 15 líneas.
Es bueno dejar sentado en este punto que jamás este cronista estaría a favor de amordazar a cualquier oposición en cuanto ella entiende que se cometieron irregularidades de las más diversas índoles durante el período que transcurre. Todo, absolutamente todo, debe tener una explicación y un castigo ejemplar si se comprueba la veracidad y gravedad de la misma. Pero no es el tono habitual con que se tratan los legisladores o dirigentes de la oposición con los del oficialismo. Vuelan bajo.
Más allá del espíritu de cuerpo reinante en el palacio de Perú 130, no hay dudas que desde hace algún tiempo se pone más énfasis en la ventaja política que en la excelencia posible de lo que se vota. Si bien hubo leyes fundamentales que pudieron ver la luz este año gracias a algunos talentos legislativos excepcionales, hemos entrado tras las elecciones en una espiral de violencia verbal que desaconsejaría cualquier dirigente de fuste de la política. Y lo haría por improductivo, por más que uno se haga el gallito de riña. ¿De qué sirve la ventaja pasajera si la historia termina luego ?por poner un ejemplo- en un tres por ciento del favor popular?.
El poder central ha castigado políticamente a la Ciudad poniéndole un tope presupuestario de gestión acuerdo a sus ingresos (salvo los bonos votados) y evitando de ese modo que se pueda avanzar en los grandes emprendimientos a partir de un endeudamiento externo que por su calificación la Ciudad accedería sin ningún problema. El problema nos es la plata, el problema es político.
Sería de una madurez extraordinaria que este país, con amplia mayoría de dirigencia oportunista (ver últimas votaciones), entienda que por encima de toda especulación está la gente y que las obras y la gestión, las haga quien las haga, las disfrutará la sociedad metropolitana amén del turismo que llega. Los dirigentes de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires deben exigirle en su conjunto al Gobierno nacional que destrabe la situación financiera para después si evaluar al calor de la gestión que se podría hacer, si está bien, regular o mal. El crédito al conjunto vendrá solo, la gente se aleja de lo que no vale la pena, la política se reinventará a si misma si los objetivos apuntan a las grandes decisiones, las que necesitan mucho acuerdo y pocas chicanas.
Entiendo que es uno de los pocos países del mundo en donde el Gobierno federal le da la espalda al desarrollo de su capital. Es casi de una mezquindad ezquizofrénica. Me gustaría ver una conferencia de prensa en un futuro cercano a kirchneristas, macristas, ibarristas, gente de Pino Solanas, que tanto le pegó a Kirchner en la campaña y a la Coalición Cívica que hizo lo mismo. El reclamo se puede hacer con altura y sin bajezas, sin el show mediático con que acostumbran a realizar de uno y otro lado las denuncias y las defensa.
El reclamo no es en contra de Kirchner, es en contra de esa medida que tomó Kirchner, no se pretende cambiar la política global del gobierno nacional, se pretende darle herramientas a cualquiera que esté sentado en el sillón de Bolívar 1 desde ahora hasta siempre. Sentar un precedente histórico que la Ciudad es más importante que sostener una parcialidad política. Y el kirchenrismo hasta se empezará a amigar nuevamente con los porteños, que son jodidos pero agradecidos cuando se los contempla.
La necesidad colectiva atraviesa al electorado progresista y al liberal o conservador. Acá estamos hablando de la gente y uno termina imaginándose que, lamentablemente a todos estos tipos no les interesa nada más que el poder en sí mismo. Funcionan sin la menor autocrítica y, lo que es peor, sin defender las grandes causas (como ésta), con pocas ideas y menos grandeza.
Si la Ciudad se cae a pedazos no importa, si alguien de los que critica tuvo que ver en la desinversión pública que importa, los que defienden esta gestión intentan lo indefendible, igual la lejanía de las mayorías hacen poco visible este circo. Los porteños no son boludos como pensaba Alberto Fernández, no viven en una isla, van sabiendo y probando de a poco -ensayo y error- ya que saben que así no vamos a ninguna parte, que trascender así no tiene gloria, como diría el maestro Alfredo Zitarrosa.