Insensibilidad
El reciente veto de la ley de emergencia habitacional pasó como un hecho más y natural que muestra la nula reacción del gobierno macrista a tomar conciencia práctica de la gravísima crisis institucional y social que atraviesa la Ciudad en materia habitacional? como en otras materias.
Una triste consigna de la revista El Caudillo decía ?las palabras son hembras, los hechos son machos?. Menos sexista es la conciencia legítima de la sociedad: los hechos dicen más que las palabras. Un gobierno habla en sus realizaciones, dice su verdad en los números presupuestarios. Allí se fijan las prioridades y las aspiraciones que envuelven a su colectivo político.
El discurso de la xenofobia sobre el que pesan las raíces sociales en el relato del PRO (que fue vetado y negado a la vez por el gurú de Macri, Jaime Durán Barba) tiene un trasfondo más: la Ciudad de Buenos Aires sufre una crisis identitaria que viene de antes, que viene de hace mucho, donde se siente ?invadida? por los pobres, por los inmigrantes, por los provincianos, etcétera, y siente con mortificación el desborde social de una población que ?a eso apuntan? no le pertenece.
Esa sensación de invasión prefigura un estereotipo previsible del ?invasor? pero también elabora un rostro ?de sí mismo? del porteño medio. Se trata de un argentino que identifica sus logros y ascensos sociales con sus virtudes (?yo pude solo?); se trata de un argentino que identifica el progreso con la posibilidad de privatizar su vida, es decir, de acceder al crédito privado de un banco o de poder pagarse una prepaga que atienda su salud y la de su familia y se trata, a la vez, de un lobo incomprendido que da todo de sí, que ?paga impuestos? y que mantiene con sobresaltos algunos de los principios básicos de lo que podríamos llamar ?conciencia universal?, aceptando que lo público (la educación y la salud sobre todo) forman parte de un resto que debe administrar el Estado con los recursos que él aporta con su sacrificio.
Es un tributario de un Estado que odia. Con ese sentido común, un poco radicheta, un poco frepasista, muy conservador siempre, se administra el caos de esta Ciudad. Pero este buen vecino, de clase media, no es el lobo del hombre y no merece el desprecio seissieteochista habitual. No.
Este vecino medio que caceroleó y que guardó la cacerola y que cada tanto la hace temblar, ese vecino, es esta tierra. Es con lo que hay que lidiar. Somos nosotros. Nuestro espejo. ¿Existen? ¿Existe ese porteño que odia a los bolitas, a los paraguas, a los negros? Existe, como todo lo que existe en el descorazonado desierto de lo real de una ciudad cada vez más a la intemperie. Y que halló en el macrismo un modo torpe de ser interpretado en hechos.
Lo cierto es que este número de Noticias Urbanas nada contra la corriente y se ocupa de uno de esos temas que llenan la ?urna de quejas? de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad con los aullidos y reclamos de los ciudadanos de segunda, es decir, los pobres. O sea, los que esperan que sus remedios sean entregados y así ganarle el tiempo a la parca que no distingue clases ni razas.
Estamos rodeados. Estamos rodeados de necesitados. Gente miserable que golpea a veces el mundo de Legislandia donde todos los pelotudos nos agolpamos a ver de qué se trata la rosca de ayer.
Macri está demostrando ser un político con poca sensibilidad, del que Durán Barba nos da una tenue garantía: dice que él nunca asesoraría a un xenófobo. Lo esencial es invisible a los ojos. Si un ?progresista? ultimó detalles de su caída sobre cientos de cadáveres de jóvenes, si el propio ex presidente Kirchner mandó a medir el impacto cuando Cromañón aún humeaba en la ronda de esos cuerpos, este gobierno de derecha elige modos menos espectaculares: asume, como la lenta agonía, el modo de producir la muerte.
Y la muerte es una administración lenta, es la exhalación de una jeringa vacía y un conjunto de odiosas formas en las que las venas abiertas de la ciudad latina se cierran. Se abren. Se cierran. Hasta que ocurre lo de siempre.