Con la colita para atrás
La movida tropical es realmente una movida. Hay quienes hacen discos, quienes compran discos, están los que miran un largo programa donde desfilan bandas y los que, además de todo eso, van a bailar al ritmo de sus compases pegadizos.
La noche de cumbia (por englobar en un término conocido lo que es mucho más variado) goza en nuestra ciudad de una salud rebosante, es decir, de un público masivo y de ofertas en cantidad. Pero aventurarse en el mundo de las bailantas no sólo es salir a buscar un universo particular, sino que también implica superar una serie de prejuicios bien consolidados.
Las zonas que funcionan especialmente como el núcleo caliente del mundo tropical son Once y Constitución. Dos barrios que comparten una característica: tienen estaciones de tren y terminales de colectivos. De alguna manera, estos sectores actúan como ventanas y puertas abiertas hacia lo que por tradición viene de afuera de la Ciudad.
Más allá de toda ingenuidad, es importante recordar que para formar parte de una ciudad hay que hacerse escuchar. La cumbia y su universo es la música de lo que la Ciudad prefiere ignorar. Música a la que los propios, los que tienen su relato original en las afueras o en los países limítrofes, le suben el volumen para hacer sentir su marca territorial.
Vamos a las fuentes. Once, sábado, una y media de la mañana. Latino 11 es un boliche tropical con gran capacidad en la Ciudad. La cola en la puerta es larga, pero no hace justicia a lo que está pasando adentro, como si en ese simple hecho se expresara una versión diferente del típico boliche porteño: acá la apariencia no importa, lo que pesa es lo que pasa adentro, si bien esto no implica para nada la inexistencia de una estética (chicas: pelo húmedo, con dos trenzas y colitas coloridas; chicos: remeras grandes que recuerdan a los cantantes de rap, imagen de la que el mundo latino ya se hizo dueño). La mayoría de los que entran vienen de los barcitos, de tomar una cerveza o un vino, aunque no todo es previa, dado que en el interior, en cualquiera de las seis barras, se puede tomar hasta un fernet-cola por un precio ?popular?.
No sería justo dejar de nombrar otro clásico. En Rivadavia 3475 brilla Fantástico, quizás para muchos la bailanta más renombrada. Abrió sus puertas hace más de 20 años. Para llegar a los representantes del boliche pasamos por la página web oficial. Ahí no sólo hay un completísimo mapa musical, sino también un extenso informe sobre drogas (algo inhallable en las páginas web de los boliches de la costanera, aunque el consumo no sea menor) y hasta publicidades de organizaciones evangélicas. Siguiendo por Rivadavia, ya en Flores, hay otro boliche como Tabasco, pero que no es estrictamente una bailanta. Toda la noche suena cumbia, reggaetón y marcha, y el boliche se llena con racimos de chicos venidos de Lugano, Villa Soldati, Flores, Pompeya o Parque Patricios. La mayoría de los pibes entran a las 3 AM. Y es común que allí se pueda ver uno de los mas tristes espectáculos que la televisión volvió un ?género?: las agarradas a trompadas, incluso de chicas entre sí.
Otra historia es la de Constitución, donde lo que prima es, sin duda, la movida de la comunidad paraguaya. Acá la música responde a gustos más particulares y el guaraní se introduce en muchas conversaciones. La mejor opción es ir directamente a la puerta de alguno de los boliches y tomarse algo adentro, al calor de la música y las preciosas siluetas femeninas. Cada vez que el glorioso Lalo y Los Descalzos pisa esta tierra tiene su parada ahí: directo del país azteca hasta estas hogueras de sangre paraguaya, porteña y mesopotámica. Amigo, si vas para ahí en busca de la belleza de las mujeres paraguayas no te olvides de dos cosas: 1) que deberías dominar algo del guaraní; 2) que los paraguayos son bravos y orgullosos, por lo que antes de acercarte a alguna mujer te cerciores de que esté s-o-l-a. ¡Yo te avisé!
Una de las características fuertes de las bailantas es la idea del show, es decir, la presencia física de aquellos que grabaron los éxitos que chicos y chicas escuchan durante la semana. Raramente las presentaciones son ciento por ciento en vivo, salvando el caso de los históricos de la movida; pero, más allá del playback, es la aparición de los ídolos lo que marca la categoría de un boliche, es de alguna manera su capacidad de poner en el escenario figuras de carne y hueso lo que transforma un mero local en templo. ¿Quiénes bailan en las bailantas? Miles de chicos y chicas, en su mayoría humildes, que sazonan ahí sus días de trabajo precarizado, y que son los reyes de esas arenas calientes.
(NOTA PUBLICADA ORIGINALMENTE EN EL SEMANARIO NOTICIAS URBANAS Nº 202, DEL 20/08/09).